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1931 – En las Montañas de la Locura “HP Lovecraft”


– Capitulo 1 –

Me veo obligado a hablar, pues los hombres de ciencia han rehusado seguir mi consejo sin saber por qué. Expon­dré, contra mis deseos, las razones por las que me opongo a ese proyecto de invadir las tierras antárticas en busca de fósiles y de horadar y fundir las antiguas capas de hielo. Y me resisto sobre todo a hablar porque sé que mis adver­tencias serán inútiles.

Es inevitable, dada su naturaleza, que alguien dude de la verdad de estos hechos; pero si suprimiese lo que puede parecer extravagante e increíble no quedaría nada. Las fo­tografías que poseo, tanto comunes como aéreas, declara­rán a mi favor, pues son muy nítidas y reveladoras. Se ne­gará sin embargo su autenticidad a causa de la posibilidad de un truco. Los dibujos a tinta, naturalmente, serán con­siderados simples imposturas, a pesar de la rareza de una técnica que tiene que sorprender y asombrar a los expertos.

Deberé al fin remitirme al juicio de los pocos hombres de ciencia que tienen, por una parte, bastante indepen­dencia de criterio como para juzgar mi relato a la luz de sus propios méritos o en relación con ciertos primitivos y sorprendentes ciclos míticos, y, por otra, suficiente in­fluencia como para disuadir, al mundo de los explorado­res, de todo programa temerario, y por demás ambicioso, en la región de esas montañas alucinantes. Por desgracia, yo y mis compañeros somos hombres relativamente poco conocidos, pertenecientes a una universidad de menor importancia, y tenemos muy escasas posibilidades de que se nos preste atención en asuntos raros y discutibles.

Además, ninguno de nosotros es, en sentido estricto, especialista en lo más importante de estas cosas. En mi ca­lidad de geólogo, mi objeto al organizar la expedición de la Universidad de Miskatonic fue sólo el de procurarme algunas muestras de rocas y suelos profundos de varias partes del territorio antártico, ayudado por la notable ex­cavadora del profesor Frank H. Pabodie, de nuestro de­partamento de ingeniería. No tenía yo la ambición de convertirme en un pionero en otro campo que éste, pero esperaba que la utilización de un nuevo dispositivo mecá­nico en lugares ya explorados anteriormente sacase a la luz materiales no obtenidos hasta ahora con los métodos comunes.

La excavadora de Pabodie, conocida ya por el público a través de nuestros informes, única por su liviandad y fá­cil manejo, y que combinaba el principió de las excavado­ras artesianas con el de las perforadoras circulares de ro­cas, podía penetrar fácilmente en estratos de la más variada dureza. Pistón y bielas de acero, motor de gaso­lina, torre de madera desmontable, parafernalia dinami­tera, encordado, palas removedoras y una tubería seccio­nal con barrenos de diez centímetros de ancho y capa­ces de llegar a trescientos metros de profundidad; tres tri­neos de siete perros bastaban para arrastrar esa carga y los demás accesorios. Esto era posible gracias a la hábil aleación de aluminio con que estaban fabricadas la mayoría de las piezas. Cinco grandes aeroplanos Dornier, especialmente diseñados para volar a las grandes alturas del techo antár­tico, y provistos de ciertos dispositivos para encender el combustible y mantener su temperatura, inventados por Pabodie, podían transportas nuestra expedición desde una base en la gran barrera de hielo a varios puntos del continente; luego, nos serviríamos de los trineos.

Era nuestro propósito recorrer una región tan grande como lo permitiese una estación antártica -o más si fuese absolutamente necesario-, operando sobre todo en las cadenas de montañas y la meseta al sur del mar de Ross; regiones ya exploradas diversamente por Shackleton, Amundsen, Scott y Byrd. Cambiando frecuentemente de campamento gracias a nuestros aeroplanos e instalándo­nos en lugares separados por distancias bastante grandes como para que tuviesen significación geológica, esperába­mos extraer una cantidad realmente excepcional de mate­rial, especialmente de los estratos precámbricos de los que se conocen tan pocas muestras antárticas. Deseábamos también obtener la mayor variedad posible de rocas fosilí­feras superiores, ya que la historia de la vida primitiva en esos reinos de hielo y muerte es de una gran importancia para nuestro conocimiento del pasado de la Tierra. Se sabe que el continente antártico fue en un tiempo tem­plado y hasta tropical, con una abundante vida vegetal y animal de la que los líquenes, la fauna marina, los arácni­dos y los pingüinos de la zona norte son los únicos super­vivientes. Era nuestra esperanza ampliar esa información en variedad, precisión y detalle. Cuando la simple trepa­nación revelara signos de fósiles, aumentaríamos el diá­metro de la abertura mediante el uso de la dinamita con el fin de obtener ejemplares de condición y tamaño apro­piados.

Nuestras perforaciones, de variada profundidad de acuerdo con lo que prometiesen los estratos superiores, estarían limitadas a las superficies terrestres descubiertas o semidescubiertas, o sea, inevitablemente, faldas y ce­rros, a causa de la capa de hielo, de uno o dos kilómetros de espesor, que cubre las partes más bajas. No podíamos perder tiempo en excavar el hielo, aunque Pabodie había ideado introducir electrodos de cobre en las perforacio­nes y fundir así áreas limitadas con la corriente generada por una dínamo. Este mismo plan -que un grupo como el nuestro sólo podía llevar a cabo experimentalmente ­ha sido proyectado por la anunciada expedición Starkweather-Moore, a pesar de las advertencias que he lan­zado desde nuestro retorno a la Antártida.

El público ha sabido de la expedición Miskatonic gra­cias a nuestros informes radiofónicos al Arkham Adverti­ser y a la Associated Press, y a los artículos posteriores escritos por Pabodie y por mí. Nuestro grupo estaba for­mado por cuatro hombres de la universidad: Pabodie, Lake, del departamento de biología, Atwood, del departa­mento de física -y también meteorólogo-, y yo, geólogo y comandante nominal. Nos acompañaban dieciséis asis­tentes; siete estudiantes graduados de Miskatonic y nueve hábiles mecánicos. De estos dieciséis, doce eran califica­dos pilotos aéreos, y todos, excepto dos, radiotelegrafistas competentes. Ocho de ellos conocían el arte de navegar con brújula y sextante, lo mismo que Pabodie, Atwood y yo. Además, naturalmente, nuestros dos barcos -ballene­ros de cascos de madera reforzados para navegar entre el hielo y provistos de motores auxiliares- llevaban su tri­pulación completa.

La Fundación Nathaniel Derby Pickman, con la ayuda de algunas contribuciones especiales, costeaba la ex­pedición; de modo que pudimos prepararnos minuciosa­mente sin recurrir a la publicidad. Perros, trineos, máqui­nas, elementos de campaña, y los cinco aeroplanos des­montados fueron reunidos en Boston; allí cargamos nuestras naves. Para nuestros propósitos específicos es­tábamos muy bien equipados, y en lo que concernía a provisiones, transportes y campamentos aprovechamos la experiencia de nuestros más recientes y brillantes predecesores. Fue el número y la fama de estos mis­mos predecesores lo que hizo que nuestra propia expedi­ción -a pesar de su amplitud- pasara casi inadvertida a los ojos del mundo.

Como anunciaron los periódicos, partimos de Boston el 2 de septiembre de 1930, y luego de atravesar el canal de Panamá nos detuvimos en Samoa y luego en Hobart, donde completamos nuestras provisiones. Ningún miem­bro de la expedición había visitado nunca las regiones po­lares, de modo que teníamos que confiar enteramente en los capitanes de nuestros barcos: J. B. Douglas, que man­daba el bergantín Arkham, y George Thorfinnssen, co­mandante de la goleta Miskatonic, ambos balleneros vete­ranos en las aguas del sur.

A medida que nos alejábamos del mundo habitado, el sol se ponía más y más hacia el norte y permanecía en el cielo más y más horas. A los 62° de latitud sur vislum­bramos los primeros témpanos -lisos en su parte supe­rior y de lados verticales-, y poco antes de llegar al cír­culo polar antártico, que cruzamos el 20 de octubre festejando el acontecimiento con apropiadas ceremonias, nos encontramos en dificultades con unos campos de hielo. La temperatura, cada vez más baja, me molestaba bastante tras nuestra larga travesía por los trópicos, pero me preparé resignadamente a soportar otras peores. Los curiosos efectos atmosféricos me encantaban de veras; en una ocasión un espejismo particularmente vívido -el pri­mero que yo veía en mi vida- transformó unos témpanos distantes en las almenas de unos inimaginables castillos cósmicos.

Abriéndonos paso a través de los hielos, que no eran afortunadamente muy extensos ni de gran espesor, reen­contramos el mar libre a los 67° de latitud sur y 175° de longitud este. En la mañana del 26 de octubre apareció al sur una tierra fulgurante, y antes del mediodía nos senti­mos todos excitados- a la vista de una inmensa y nevada cadena montañosa que cubría el horizonte. Nos encon­trábamos al fin ante un puesto de avanzada de aquel gran continente casi desconocido. Estos picos eran parte, evidentemente, de la cadena del Almirantazgo, descu­bierta por Ross; teníamos ahora que doblar el cabo Adare y navegar hacia el sur por la costa este de la Tierra de Victoria hasta arribar a nuestra proyectada base en el es­trecho de McMurdo, al pie del volcán Erebus, a 77°9′ de latitud sur.

Esta última etapa de nuestro viaje sacudió vivamente nuestra imaginación. Altos picos misteriosos y estériles se alzaban sin fin hacia el oeste mientras el bajo sol septen­trional de mediodía y el más bajo aún de medianoche lan­zaban sus nublados rayos rojizos sobre la nieve blanca, los hielos azules y las rocas de granito negro. Por entre las ci­mas desoladas soplaban las furiosas ráfagas intermitentes del terrible viento antártico; sus cadencias sugerían a ve­ces vagamente el sonido de una flauta salvaje, con exten­sas modulaciones, y por algún motivo subconsciente me parecieron intranquilizadoras y hasta oscuramente horri­bles. Había algo en la escena que me recordaba los extra­ños paisajes asiáticos de Nicholas Roerich, y las todavía más perturbadoras descripciones de la legendaria meseta de Leng que se encuentran en el temido Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred. Lamento de veras haber hojeado ese libro monstruoso en la biblioteca de la uni­versidad.

El 7 de noviembre, ya perdida temporalmente de vista la cadena montañosa, pasamos junto a la isla Franklin, y al día siguiente aparecieron ante nosotros, en la isla Ross, los conos del monte Terror y el monte Erebus, y más allá la larga línea de las montañas Parry. Al este se extendía la baja y blanca barrera de hielo que se elevaba vertical­mente hasta casi cien metros de altura y señalaba los lími­tes de la navegación hacia el sur. En las primeras horas de la tarde entramos en el estrecho de McMurdo y echamos anclas al pie del humeante monte Erebus. El escoriado pico, de una altura de cuatro mil metros, se alzaba contra el cielo del este como el sagrado Fujiyama en una estampa japonesa; más lejos se veía la mole fantasmal y blanca del volcán apagado conocido como monte Terror, de tres mil doscientos metros de altura.

El humo surgía del Erebus intermitentemente, y uno de nuestros estudiantes -un joven brillante llamado Dan­forth- señaló lo que parecía un río de lava y nos dijo que esta montaña, descubierta en 1840, había sido sin duda motivo de inspiración de Poe cuando éste escribió siete años más tarde:

… las lavas que ruedan sin descanso con sus corrientes sulfurosas por las pendientes del Yaanek en los extremos climas del polo, que ruedan gimiendo por el monte Yaanek en los reinos del polo boreal…

Danforth era un gran lector de libros fantásticos y nos había hablado mucho de Poe. Yo mismo me sentí intere­sado a causa de la escena antártica de la única novela corta del poeta: Las aventuras de Arthur Gordon Pym. En la costa estéril, y en la alta barrera de hielo del fondo, miría­das de grotescos pingüinos chillaban y agitaban sus aletas, y en la superficie del agua numerosas focas nadaban o dormitaban en grandes bloques de hielo flotante.

El 9 de noviembre, poco después de medianoche, de­sembarcamos con dificultades en la isla de Ross. Dos líneas de cables unían nuestros botes con los barcos para utilizar la descarga. Nuestras impresiones al pisar por pri­mera vez el suelo antártico fueron muy fuertes y comple­jas, aunque este lugar ya había sido visitado por las expe­diciones de Scott y Shackleton. En la costa helada, al pie del monte Erebus, instalamos un campamento provisio­nal; los cuarteles centrales seguirían a bordo del Arkham.

Llevamos a tierra nuestras excavadoras, los perros, los tri­neos, las tiendas, las provisiones, los tanques de gasolina, los equipos experimentales para fundir el hielo, las cáma­ras fotográficas comunes y aéreas, las piezas de los aero­planos y otros accesorios que incluían tres transmisores de radio portátiles. El transmisor del barco enviaría co­municados a la estación del Arkham Advertiser instalada en Kingsport Head, Massachusetts. Esperábamos comple­tar nuestra tarea en un solo verano antártico, pero si eso fuese imposible invernaríamos en el Arkham, y enviaría­mos el Miskatonic al norte en busca de provisiones para otro verano.

No necesito repetir lo que ya ha publicado la prensa a propósito de nuestros primeros trabajos: la ascensión al monte Erebus; las exitosas perforaciones en la isla de Ross y la singular velocidad desarrollada por la excavadora de Pabodie aun a través de las rocas más duras; el ensayo preliminar del dispositivo para fundir el hielo; la peligrosa ascensión a la gran barrera con trineos y provisiones; y el agrupamiento de los cinco aeroplanos en la cima de la ba­rrera. La salud de los veinte hombres y los cincuenta y cinco perros de Alaska era verdaderamente notable, aun­que es cierto que hasta ese entonces no habíamos encon­trado temperaturas muy bajas ni grandes tormentas. El termómetro se mantenía casi constantemente entre los diez y los veinte grados bajo cero, y los crudos inviernos de Nueva Inglaterra nos habían acostumbrado ya a ri­gores parecidos. El campamento instalado en la barrera tenía carácter de semipermanente, y allí almacenamos los depósitos de gasolina, las provisiones, la dinamita y otros artículos.

Sólo se necesitarían cuatro aeroplanos para transpor­tar el material de las exploraciones; el quinto quedaría en el campamento con un piloto y dos marinos para que nos auxiliase si se perdían los otros. Más tarde, cuando ya no necesitásemos de los aparatos como medio de transporte, utilizaríamos uno o dos para que hiciesen de correo entre el depósito de la barrera y una base permanente que pen­sábamos instalar en la gran meseta del sur, situada a unos mil kilómetros, más allá del glaciar de Beardmore. A pesar de los casi unánimes informes sobre los vientos y tempes­tades que asolaban la región, decidimos prescindir de ba­ses intermedias, arriesgándonos en beneficio de la eficien­cia y la economía.

Los periódicos ya han narrado cómo el 21 de noviem­bre nuestra escuadrilla voló durante cuatro horas sobre las extensiones heladas, con aquellos inmensos picos que se elevaban al oeste, y los abismales silencios que devol­vían el ruido de los motores. El viento no nos molestó mucho, y los inconvenientes de aquella niebla opaca con que nos encontramos fueron subsanados con ayuda de las brújulas. Entre los 83° y 84° de latitud nos encontramos ante unas elevaciones; se trataba del glaciar de Beard­more, el valle de hielo más grande del mundo. El mar he­lado daba lugar ahora a una ceñuda cadena montañosa. Estábamos entrando al fin en el extremo sur: un mundo blanco, muerto desde hacía millones de años. Al este vis­lumbramos la mole del monte Nansen, de una altura de casi cuatro mil quinientos metros.

La exitosa instalación de la base del sur en el glaciar, a los 86°7′ de latitud, y a los 174°23′ de longitud este, y la rapidez y efectividad con que se efectuaron perforaciones y voladuras en diversos puntos alcanzados por trineos y aviones, son de todos conocidas. Lo mismo diré de la difí­cil y feliz ascensión al monte Nansen de Pabodie y dos de los estudiantes -Gedney y Carroll- entre el 13 y el 15 de diciembre. Estábamos a unos dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, y como las perforaciones experi­mentales revelaron en algunos sitios (a sólo cuatro metros de profundidad) la presencia de tierra firme, recurrimos frecuentemente a los dispositivos de fundición y hundi­mos barrenos y efectuamos voladuras donde los exploradores anteriores no habían pensado pudiera haber mine­rales. Los granitos y gredas precámbricos así obtenidos confirmaron nuestra idea de que la meseta era de la misma naturaleza que la gran masa continental del oeste, pero en cierto modo distinta de las partes que se extien­den hacia el este, bajo Sudamérica. Pensamos entonces que estas últimas formaban un continente independiente y pequeño, separado del mayor por ciertas regiones hela­das de los mares de Ross y Weddell; pero Byrd negó más tarde esta hipótesis.

En ciertas gredas, dinamitadas y trabajadas con el es­coplo luego de que los barrenos revelaron su naturaleza, encontramos algunas huellas y fragmentos fósiles del más alto interés: helechos, algas, trilobites, crinoineos, y mo­luscos tales como língulas y gasterópodos. Todos ellos pa­recían tener gran importancia para la historia primitiva de esas regiones. Descubrimos igualmente una huella muy curiosa, estriada y triangular, de unos treinta centímetros de ancho en su parte mayor, que Lake reconstruyó uniendo tres fragmentos de esquisto obtenidos mediante una voladura profunda. Estos fragmentos provenían de un punto situado al oeste, cerca de la cadena de la Reina Ale­jandra. Lake, como biólogo, pareció encontrar estos frag­mentos particularmente intrigantes y provocativos, aun­que para mis ojos de geólogo no presentaban sino ese efecto de rizo bastante común en las rocas sedimentarias. Como los esquistos no son más que formaciones meta­mórficas en las que un estrato sedimentario ha sido some­tido a presión, y como basta esta última para que cual­quier huella pueda ser curiosamente deformada, yo no veía motivos para sorprenderse ante esa figura con estrías.

El 6 de enero de 1931, Lake, Pabodie, Daniels, seis es­tudiantes, cuatro mecánicos y yo volábamos sobre el polo sur en dos de los aeroplanos cuando nos vimos obli­gados a descender a causa de un huracán repentino que, afortunadamente, no se convirtió en una tormenta típica.

Éste era, como dijeron los periódicos, uno de los varios vuelos de observación con que tratábamos de descubrir nuevos accidentes topográficos en áreas no alcanzadas por expediciones anteriores. Nuestros primeros vuelos fueron en este sentido decepcionantes, aunque nos sumi­nistraron magníficos ejemplos de los fantásticos y enga­ñosos espejismos de esas regiones, de los cuales nuestro viaje por mar ya nos había anticipado algo. Montañas leja­nas flotaban en el cielo como ciudades encantadas, y muy a menudo todo aquel mundo blanco se convertía en una tierra dorada, plateada y roja, como nacida de un sueño de Dunsany y plena de aventurera expectación ante la ma­gia del sol bajo de medianoche. En los días nublados nues­tros vuelos eran bastante dificultosos ya que la tierra ne­vada y el cielo se transformaban en un único abismo opalescente sin horizonte visible.

Al fin resolvimos trasladarnos en nuestros cuatro ae­roplanos y establecer una nueva base a unos ochocientos kilómetros al este, en un punto situado en la que conside­rábamos por error la división continental más pequeña. Las muestras geológicas que obtuviésemos servirían para establecer comparaciones. Nuestro estado de salud seguía siendo excelente -el zumo de limón bastaba para con­trarrestar los efectos de una dieta basada en alimentos en­vasados o salados-, y la no muy baja temperatura nos permitía prescindir de nuestros abrigos más gruesos. Está­bamos entonces en verano, y si nos dábamos prisa podría­mos terminar nuestras investigaciones antes del mes de abril y evitar así una fastidiosa invernada durante la larga noche antártica. Ya habíamos soportado algunas tormen­tas del este, pero no habíamos sufrido mayores daños gra­cias al ingenio de Atwood, que había hecho construir unos cobertizos rudimentarios para los aviones y había reforzado las principales instalaciones del campamento con muros de nieve. Nuestro éxito y buena suerte habían sido hasta entonces verdaderamente increíbles.

El mundo exterior conocía, por supuesto, nuestro programa, y supo asimismo de la curiosa y tozuda insis­tencia de Lake en hacer una incursión por el oeste -o más bien por el noroeste- antes de instalarnos definitiva­mente en la nueva base. Parecía que había meditado mu­cho -con una preocupación realmente singular- sobre la huella triangular del esquisto, y le parecía haber descu­bierto una cierta contradicción entre su naturaleza y el período geológico del terreno. Su curiosidad se había acrecentado sobremanera, y sentía los más vivos deseos de practicar nuevas perforaciones en la formación monta­ñosa que corría hacia el oeste. Tenía la curiosa convicción de que esa huella pertenecía a un animal voluminoso, des­conocido y del todo inclasificable; de una evolución nota­blemente avanzada a pesar de que la roca a que pertenecía, databa del período cámbrico, si no del precámbrico, lo que excluía la probable existencia no sólo ya de organis­mos del más alto desarrollo, sino también de toda vida ex­cepto en formas unicelulares o trilobíticas. Estos fragmen­tos y la huella debían de tener entre quinientos millones y mil millones de años.

– Capitulo 2 –

Supongo que el público debió de manifestar un interés muy vivo ante nuestro anuncio de que Lake partía hacia el noroeste internándose en regiones donde nunca había penetrado ningún ser humano, ni siquiera con la imagina­ción, y a pesar de que no mencionamos sus extravagantes esperanzas de revolucionar la biología y la geología. Sus primeras perforaciones, realizadas entre el 11 y el 18 de enero en compañía de Pabodie y otros cinco hombres -y durante las cuales se perdieron dos perros al cruzar una de las grietas abiertas en el hielo por la presión-, habían dado como resultado la obtención de numerosos esquis­tos arqueanos. Hasta yo me interesé por la evidente pro­fusión de marcas de fósiles en aquel estrato increíble­mente antiguo. Estas marcas, sin embargo, que eran de formas de vida muy primitivas, no encerraban ninguna extrema paradoja, salvo la novedad de la abundancia de fósiles en rocas precámbricas. Por lo tanto siguió pare­ciéndome inoportuno interrumpir nuestro programa para un intermedio que requeriría la utilización de cuatro aero­planos, muchos hombres, y casi todos los aparatos de la expedición. Sin embargo, no veté el plan; pero decidí no acompañar la expedición, a pesar de los ruegos de Lake, que quería contar con mis conocimientos de geología. Me quedaría en la base con Pabodie y cinco hombres prepa­rando nuestro viaje hacia el este. Uno de los aparatos ya había comenzado a trasladar una gran cantidad de gaso­lina desde el estrecho de McMurdo; pero este trabajo po­día interrumpirse por ahora. Conservé un trineo y nueve perros, pues no era prudente quedarse sin medios de transporte en aquel mundo muerto y desamparado.

La expedición de Lake hacia lo desconocido, como to­dos recordarán, envió sus comunicados desde los transmi­sores de onda corta de los aviones; estos mensajes fueron recogidos simultáneamente por el aparato de nuestra base y por el Arkham, anclado en el estrecho de McMurdo. De allí fueron enviados al mundo por la banda de cincuenta metros. El viaje se inició el 22 de enero a las cuatro de la mañana; dos horas más tarde recibimos el primer comuni­cado: Lake estaba efectuando algunas perforaciones y fun­diendo el hielo en pequeña escala en un punto situado a unos trescientos kilómetros de nuestra base. Seis horas después llegó un segundo y excitado mensaje en que se nos informaba que luego de dinamitar una abertura no muy profunda se habían descubierto varios esquistos con marcas aproximadamente similares a la que tanto nos ha­bía intrigado.

Tres horas más tarde un breve boletín anunciaba la re­anudación del vuelo en el seno de una furiosa tormenta. Envié inmediatamente un mensaje a Lake indicándole que no se arriesgase más, pero éste me contestó que las nuevas muestras autorizaban cualquier riesgo. Comprendí que su excitación era tanta que rehusaría obedecerme, y que yo nada podría hacer para impedir que junto con Lake fraca­sase toda la expedición. Me aterrorizaba la idea de que Lake y sus compañeros estaban internándose más y más en aquella blanca inmensidad de tempestades e insonda­bles misterios de una extensión de dos mil kilómetros y que llegaba hasta las costas casi desconocidas de la Reina Mary y de Knox.

Una hora y media más y llegó aquel nuevo mensaje de Lake que alteró totalmente mi ánimo y me hizo lamentar no haberlos acompañado.

«10.05. En pleno vuelo. Luego de una tormenta de nieve hemos vislumbrado las montañas más altas de todas las que hemos encontrado hasta ahora. Pueden igualar a las del Himalaya, si se tiene en cuenta la altura de la me­seta. Latitud probable: 76°15′; longitud este: 113°10′. Se extienden del este al oeste, hasta donde alcanza la vista. Hemos creído ver dos conos volcánicos humeantes. Picos oscuros y sin nieve. El viento que sopla entre ellos impide la navegación.»

Después de esto mis compañeros y yo no abandona­mos el receptor. La idea de esta titánica cadena monta­ñosa, situada a mil kilómetros de nosotros, inflamaba nuestros deseos de aventura. Nos regocijamos de que nuestra expedición, ya que no nosotros mismos, hubiese sido su descubridora. Media hora más tarde Lake nos llamó:

«El aparato de Moulton ha hecho un aterrizaje for­zoso; pero no hay heridos y creemos que es posible repa­rar los daños. Hemos trasladado lo más importante a los otros tres aviones para el momento del regreso o por si fuese necesario seguir adelante. Por ahora no hace falta utilizar los aviones como transporte. Las montañas sobre­pasan todo lo imaginable. Iré a explorar con el aeroplano de Carroll. Le hemos quitado la carga.

Esto es absolutamente fantástico. Los picos más altos deben de superar los diez mil metros de altura. El Everest no puede comparárseles. Atwood tratará de establecer la altura exacta con el teodolito mientras Carroll y yo reali­zamos nuestro vuelo. Quizá me haya equivocado a pro­pósito de los conos, pues el terreno parece estratificado. Posiblemente sean esquistos precámbricos junto con otras formaciones. Los contornos, recortados contra el cielo, tienen un aspecto muy curioso: secciones regulares de cubos que llegan hasta los más altos picos. Un espec­táculo maravilloso bajo la luz rojo-dorada del sol bajo. Como una tierra misteriosa de ensueño o el umbral de un mundo prohibido de maravillas vírgenes. Desearíamos que usted estuviese aquí para ayudarnos a investigar.»

Aunque era técnicamente hora de dormir, ninguno de nosotros pensó un momento en irse a la cama. Lo mismo debía de ocurrir en el estrecho de McMurdo, pues la base de aprovisionamiento y el Arkham recibían también los comunicados. En efecto, el capitán Douglas nos envió a todos un mensaje de congratulaciones por el importante descubrimiento, y Sherman, el operador de la base, nos dijo también unas palabras. Lamentábamos por supuesto los daños que había sufrido el aeroplano, pero teníamos la esperanza de que pudieran repararse con facilidad. A las 11 de la noche nos llegó otro mensaje de Lake:

«Estamos volando con Carroll entre los contrafuertes más altos. No hemos intentado acercarnos a los picos a causa del tiempo; lo haremos más tarde. La ascensión es difícil, pero vale la pena. Las montañas se aprietan unas contra otras; imposible ver del otro lado. Las cimas más altas exceden a las del Himalaya, y son muy curiosas. Per­tenecen seguramente al sistema precámbrico. No tienen nada de volcánicas. No hay nieve más allá de los seis mil metros de altura.

»En las faldas de los picos más altos hay formaciones muy raras. Grandes bloques cuadrados de lados verticales y alineaciones regulares cortadas a pico como los viejos castillos asiáticos en las montañas abruptas pintadas por Roerich. Impresionan sobremanera vistas desde cierta dis­tancia. Nos hemos acercado a algunas y Carroll cree que están formadas por fragmentos independientes, pero esto es sin duda efecto de la erosión. Las aristas parecen des­gastadas y redondeadas como si hubiesen estado expues­tas a las tormentas y a los cambios de clima durante millo­nes de años.

Algunas partes, especialmente las superiores, son de rocas más claras que los estratos visibles de las pendien­tes; origen cristalino, es indudable. Desde cerca se advier­ten unas cuevas con entradas de forma curiosamente re­gular: cuadradas o semicirculares. Tienen que venir e investigar con nosotros. Creo haber visto un macizo cua­drado en lo alto de una de las montañas. La altura parece variar entre los nueve mil y los diez mil metros. Hemos llegado a una altura de seis mil quinientos metros; hace un frío infernal. El viento pasa y silba por los desfiladeros y las entradas de las cavernas, pero volamos bastante lejos y no hay peligro.»

Lake continuó sus comentarios durante una media hora y expresó su intención de subir a pie a alguno de los picos. Le respondí que me uniría a él tan pronto como pu­diese enviarme un aparato, y que Pabodie y yo estudiaría­mos el mejor modo de concentrar la gasolina en vista del nuevo carácter que había tomado la expedición. Era evi­dente que las operaciones de Lake, lo mismo que las acti­vidades de sus aeroplanos, requerirían una gran cantidad de combustible, y era muy probable, después de todo, que el vuelo hacia el este no pudiera efectuarse durante un tiempo. Llamé al capitán Douglas y le pedí que con la ayuda de los perros que habían quedado con nosotros lle­vara todo el combustible posible a la barrera de hielo. Queríamos establecer una ruta directa entre Lake y el es­trecho de McMurdo.

Lake me llamó más tarde para comunicarme su deci­sión de establecer el campamento en el lugar en que el ae­roplano de Moulton se había visto obligado a descender y donde se estaban efectuando las reparaciones. La capa de hielo era muy delgada, y dejaba ver la tierra en algunos lu­gares. Antes de hacer algunas incursiones en trineo, o de intentar una ascensión, iban a hacer allí mismo varias per­foraciones. Nos habló de la inefable majestad del paisaje y de sus extrañas sensaciones al encontrarse al pie de aque­llos vastos y silenciosos pináculos que se alzaban al cielo como una muralla en el borde mismo del mundo. Las ob­servaciones de Atwood con el teodolito habían permitido establecer la altura de los cinco picos más elevados: entre los nueve mil y los diez mil doscientos metros de altura. Lake estaba indudablemente perturbado por la naturaleza del suelo, pues éste revelaba la existencia ocasional de prodigiosas tormentas, de una violencia superior a todas las que habíamos encontrado. Su campamento se alzaba a unos ocho kilómetros de los primeros contrafuertes. Me pareció advertir algo así como una alarma subconsciente en el mensaje -lanzado a través de un vacío de mil kiló­metros- en el que nos pedía que nos apresuráramos y terminásemos cuanto antes nuestros trabajos en aquella nueva región. Iba a descansar ahora, luego de aquella jor­nada de apresurada y dura labor.

A la mañana siguiente hablé por radio con Lake y el capitán Douglas. Decidimos que uno de los aeroplanos de Lake vendría a nuestra base y recogería a Pabodie, a otros cinco hombres y a mí, junto con toda la gasolina que pu­diese cargar. En cuanto al resto del combustible, todo de­pendía de que hiciésemos o no el viaje al este, así que po­día esperar. Lake tenía bastante por ahora para satisfacer a las necesidades del campamento. Habría que suministrar gasolina a la base del sur. Si posponíamos nuestra incur­sión por el este, no la usaríamos hasta el próximo verano, y, mientras tanto, Lake enviaría un avión para que bus­case una ruta directa entre esas nuevas montañas y el es­trecho de McMurdo.

Pabodie y yo nos preparamos a abandonar nuestro campamento durante un tiempo más o menos largo. Si in­vernábamos en la Antártida podríamos volar directa­mente de la base de Lake al Arkham sin volver aquí. Algu­nas de nuestras tiendas cónicas ya habían sido reforzadas por bloques de nieve endurecida, y decidimos completar el trabajo convirtiendo el campamento en una verdadera aldea. Lake se había llevado un número considerable de tiendas, así que nuestra llegada no aparejaría mayores in­comodidades. Comuniqué a Lake que Pabodie y yo esta­ríamos preparados para viajar hacia el norte al día si­guiente.

Nuestros preparativos, sin embargo, no comenzaron hasta después de las cuatro de la tarde, pues poco antes de esa hora Lake nos envió unos mensajes extraordinarios y excitados. El día había comenzado mal, pues no habían podido descubrir, en un vuelo de reconocimiento, los es­tratos primitivos que formaban la mayor parte de las ci­mas. Casi todas las rocas eran aparentemente jurásicas y cománchicas, y esquistos pérmicos y triásicos. De cuando en cuando algunas manchas brillantes y negras sugerían la presencia de carbón. Lake estaba descorazonado, pues te­nía la intención de desenterrar ejemplares de más de qui­nientos millones de años de antigüedad. Era evidente que si quería examinar los estratos en que había descubierto aquellas curiosas huellas, tendría que hacer un largo viaje en trineo hasta las faldas mismas de las montañas.

Resolvió, sin embargo, hacer algunas perforaciones como parte del programa general. Instaló, pues, la excava­dora y puso a cinco hombres en el trabajo mientras el resto aseguraba las tiendas y reparaba el dañado avión. Se eligió para extraer las primeras muestras una roca blanda -a unos centenares de metros del campamento- y la ex­cavadora hizo excelentes progresos sin necesidad de recu­rrir con mucha frecuencia a la dinamita. Tres horas más tarde, luego de la primera explosión verdaderamente fuerte, se oyeron los gritos del equipo de perforaciones, y el joven Gedney, que dirigía los trabajos, corrió al campa­mento con las sorprendentes noticias.

Habían descubierto una caverna. Después de las pri­meras perforaciones, la greda había dado lugar a una vena de terreno calcáreo cománchico en el que abundaban los fósiles diminutos: cefalópodos, corales y equinoideos, con algunos indicios de esponjas silíceas y huesos de animales vertebrados marinos -probablemente teleósteos, escua­los y ganoideos-. Esto tenía ya su importancia, pues eran los primeros fósiles vertebrados que había descu­bierto la expedición; pero cuando poco después la cabeza del trépano atravesó de parte a parte un estrato y encon­tró el vacío, una intensa y redoblada ola de excitación in­vadió a los excavadores. Una carga de dinamita había bas­tado para descubrir el subterráneo secreto; y ahora, a través de una abertura de un metro y medio de largo por un metro de ancho, los miembros de la expedición pudie­ron contemplar una cavidad abierta hacía más de cin­cuenta millones de años por las aguas de un mundo tropi­cal desaparecido.

La caverna no llegaba a los dos metros y medio de profundidad, pero se extendía indefinidamente en todas direcciones, y una fresca corriente de aire sugería que era parte de un extenso sistema subterráneo. El techo y el suelo estaban abundantemente adornados con estalactitas y estalagmitas, algunas de las cuales se unían y formaban columnas. Pero lo más importante era la abundancia de conchas y huesos que en algunos lugares casi cerraban el paso. El depósito contenía más representantes de los períodos cretáceo y eoceno (procedentes de las junglas des­conocidas de helechos arbóreos y hongos mesozoicos, bosques de cicadáceas, palmeras y angiospermas tercia­rias) que los que el más hábil de los paleontólogos pudiera reunir o clasificar en un año. Moluscos, armaduras de crustáceos, pescados, anfibios, reptiles, pájaros y mamífe­ros primitivos…, grandes y pequeños, conocidos y desco­nocidos. No era raro que Gedney corriera al campa­mento, dando gritos, y no era raro tampoco que todos dejaran inmediatamente el trabajo y se precipitaran a tra­vés de aquel aire helado hacia el lugar donde la torre per­foradora señalaba una nueva vía de acceso a los secretos del interior de la tierra y las desvanecidas edades.

Cuando Lake satisfizo su primer impulso de curiosi­dad, garabateó un mensaje en su libreta de notas y envió al joven Moulton al campamento para que lo despachara por radio. Así me enteré por primera vez del descubri­miento. Lake había identificado algunas conchas primi­tivas, huesos de ganoideos y placodermos, restos de laberintodontes y tecodontes, trozos de cráneos de mesosaurios, vértebras de dinosaurios, dientes y huesos de alas de pterodáctilos, fragmentos de arqueoptérix, dientes de escualos miocénicos, cráneos de aves primiti­vas, y otros huesos de mamíferos arcaicos como paleote­rios, xifodontes, eohippi, oreodontes y titanotheres. No había huellas de mastodontes, elefantes, camellos, ciervos o animales bovinos; por lo tanto, Lake concluyó que los últimos depósitos se habían producido durante el período oligoceno, y que la caverna había permanecido seca e inaccesible por lo menos durante treinta millones de años.

Por otra parte, la preeminencia de formas de vida muy primitivas era realmente sorprendente. No había duda de que los terrenos (como lo probaba la presencia de ciertos fósiles típicos como los ventriculites) eran cománchicos, y no más antiguos. Sin embargo, la caverna contenía un nú­mero sorprendente de organismos considerados hasta en­tonces como pertenecientes a un período muy anterior. Hasta había peces, corales y moluscos rudimentarios de períodos tan remotos como el silúrico o el ordovícico. Era inevitable concluir que en esta parte del mundo había habido desde hacía trescientos millones de años hasta treinta millones de años atrás, una notable y única rela­ción de continuidad orgánica. No era posible saber hasta qué punto se había mantenido esta continuidad una vez cerrada la caverna. De cualquier modo el advenimiento de los terribles hielos del pleistoceno -unos quinientos mil años atrás, y simplemente ayer comparado con la edad de esta caverna- tenía que haber puesto fin a cualquier forma primitiva que hubiese sobrevivido a su período común.

Lake no se contentó con enviar ese primer mensaje. Antes de que Moulton hubiese vuelto ya había escrito y enviado otro. Después de esto, Moulton se instaló en uno de los aeroplanos para transmitir al Arkham y a mí las nu­merosas posdatas que Lake enviaba con una sucesión de mensajeros. Los lectores de periódicos recordarán la exci­tación creada por los informes de aquella tarde, informes que tuvieron como consecuencia, luego de todos estos años, la organización de la expedición Starkweather­-Moore, a la que con tanta ansiedad quiero disuadir de sus propósitos. Será mejor que copie literalmente los mensa­jes, tal como los envió Lake y los transcribió taquigráfica­mente McTighe, el operador de nuestra base:

«Fowler ha hecho un descubrimiento de la mayor im­portancia en los fragmentos de greda y terreno calcáreo arrancados por la explosión. Unas huellas triangulares y estriadas, idénticas a las de los esquistos arqueanos, prue­ban que ese organismo sobrevivió durante seiscientos mi­llones de años sin más que unos pocos cambios morfoló­gicos. Estas huellas cománchicas muestran ciertas señales de decadencia que no había en las anteriores. Señálese la importancia del descubrimiento en la prensa. Quizá signifique para la biología lo mismo que la teoría de Einstein significó para la matemática y la física. Puede relacionar­se con mis trabajos previos y amplía las conclusiones posibles.

»Indica por lo menos que han existido en la Tierra ci­clos completos de vida orgánica anteriores a la aparición de las células arcaeozoicas. Estos organismos se desarro­llaron y especializaron en un pasado no inferior a mil mi­llones de años, cuando el planeta era joven e inhabitable para cualquier forma de vida de estructura protoplasmá­tica normal. Queda por saber cuándo, dónde y cómo se realizó este desarrollo.»

Más tarde: «Examinando fragmentos de esqueletos de ciertos saurios y mamíferos primitivos, marinos y terres­tres, he advertido unas curiosas lesiones locales que no pueden atribuirse a ningún carnívoro conocido. Son de dos clases: perforaciones penetrantes e incisiones que parecen talladas. En uno o dos casos, huesos cortados limpiamente. Pocos ejemplares afectados. He enviado a buscar al campamento unas linternas eléctricas. Extende­remos el área de expedición rompiendo las estalactitas».

Un poco más tarde: «Hemos encontrado un curioso fragmento de esteatita de unos quince centímetros de diá­metro y unos cuatro de espesor, totalmente diferente de todas las formaciones locales. Verdoso, de edad indeter­minada. Curiosamente liso y regular. Tiene la forma de una estrella de cinco puntas con los extremos rotos. En el centro y los ángulos interiores hay unas hendiduras. Difí­cil establecer su origen. Posiblemente efecto de la erosión. Carroll, con ayuda de una lupa, cree haber advertido otros signos de importancia geológica. Grupos de puntos minúsculos regularmente dispuestos. Los perros, cada vez más inquietos a medida que el trabajo avanza, parecen odiar esta piedra. Quizá tenga algún olor peculiar. Volve­remos a informar cuando Mills regrese con luces y co­mencemos a trabajar en el subterráneo».

«22.15. Importante descubrimiento. Orrendorf y Wat­kins encontraron bajo tierra a las 21.45 un fósil mons­truoso en forma de tonel, de naturaleza totalmente desco­nocida. Se trata quizá de un vegetal o de un ejemplar gigantesco de protozoario marino desconocido. El tejido ha sido indudablemente preservado por sales minerales. Duro como cuero, pero de una flexibilidad sorprendente en ciertos lugares. Señales de partes rotas en las extremi­dades y los costados. Un metro ochenta de altura; diáme­tro central: un metro; diámetro en los dos extremos: unos treinta centímetros. Como un tonel, con cinco notables salientes en lugar de duelas. Unas cisuras laterales, que podrían corresponder a unos tallos delgados, en la parte más ancha de esas salientes. En las hendiduras que sepa­ran las salientes hay unas excrecencias extrañas: crestas o alas que se abren y extienden como abanicos. Todas muy dañadas excepto una que alcanza extendida una longitud de dos metros. Me recuerda aciertos monstruos de las le­yendas primitivas, particularmente a los Antiguos del Ne­cronomicon.

»Estas alas, membranosas, están sostenidas por algo así como un armazón tubular. En los extremos del arma­zón parece haber unos orificios diminutos. Los extremos del cuerpo se han recogido sobre sí mismos y no permiten ver el interior ni adivinar si había alguna pieza anatómica. Haremos una disección cuando volvamos al campamento. No podemos decidir si es vegetal o animal; pero se trata indudablemente de un ser increíblemente primitivo. He­mos puesto a todos a la tarea de sacar estalactitas y buscar otros ejemplares. Encontramos otros huesos dañados, pero esto puede esperar. Tenemos dificultades con los pe­rros. No pueden soportar la presencia de este curioso ser. Si no los mantuviésemos a raya, lo harían pedazos.»

«23.30. Atención, Dyer, Pabodie, Douglas. Asunto de la más alta -debo decir trascendental- importancia. Que el Arkham transmita en seguida la noticia a la estación de Kingsport Head. El organismo en forma de tonel es el mismo que dejó las huellas en las rocas. Mills, Boudreau y Fowler encontraron un grupo de trece de estos seres a unos doce metros de la entrada del subterráneo. Estaban mezclados con fragmentos de esteatita curiosamente re­dondos, más pequeños que el anterior. Son también de forma de estrella, pero pocas de las puntas están rotas.

»De estos ejemplares, ocho se han conservado muy bien. No falta ningún apéndice. Los hemos traído a la su­perficie, manteniendo alejados a los perros. No toleran la cercanía de estos fósiles. Atiendan bien a nuestra descrip­ción y repitan para mayor exactitud. Los periódicos no deben cometer errores.

»Longitud total: dos metros y medio. Torso provisto de cinco aletas salientes de un metro ochenta de diáme­tro. Tejido exterior gris oscuro, flexible y de gran resisten­cia. Alas de dos metros de largo del mismo color; se re­pliegan entre las salientes. Armazón tubular, con orificios en los extremos, de un color menos oscuro. Las alas ex­tendidas son de bordes dentados. En el centro del tonel, en cada una de las partes similares a duelas, hay cinco sis­temas de brazos o tentáculos flexibles, de color gris. Se aprietan contra el torso, pero extendidos alcanzan un me­tro de longitud. Como los brazos de los crinoideos primi­tivos. El tallo principal, de unos ocho centímetros de diá­metro, se divide a los diez centímetros en tres secundarios de los que nacen a su vez, a los veinte centímetros, cinco pequeños tentáculos delgados, o sea un total de veinti­cinco tentáculos.

»En lo alto de la masa torácica hay un cuello bulboso, gris, provisto de una especie de agallas. La aparente ca­beza es una estrella de cinco puntas cubierta por un vello duro de unos ocho centímetros de largo y de todos los colores del prisma.

»Esta cabeza es gruesa, de unos sesenta centímetros de una punta a otra; de cada una de las puntas nacen unos tubos amarillos y flexibles. Hay una abertura en el centro mismo de la estrella; probablemente un órgano respirato­rio. Los tubos terminan en una protuberancia esférica y membranosa. La membrana se repliega con la simple pre­sión del dedo y permite ver un globo de iris rojizo; un ojo, evidentemente.

»De los ángulos interiores de la cabeza surgen cinco tubos rojizos más largos que terminan en unos sacos del mismo color. Si se presiona sobre estos sacos aparece una abertura en forma de campana de cinco centímetros de diá­metro con unas protuberancias blancas en forma de dien­tes. Cuando encontramos el ejemplar, los tubos, el vello y las puntas de la estrella se encontraban replegados contra el cuello y el torso. La flexibilidad es sorprendente a pesar de la naturaleza coriácea del tejido.

»En el extremo inferior del torso -contraparte gro­sera de la cabeza y sus apéndices-, un pseudocuello bul­boso, de color gris claro, sin agallas, sostiene una protube­rancia verdosa de cinco puntas.

»Brazos duros, de más de un metro de largo y con un diámetro de dieciocho centímetros en la base y tres en la punta. En ésta hay un triángulo membranoso de veinte centímetros de largo y quince de ancho. Se trata de la pala, aleta o pie que ha dejado sus huellas en las rocas de una época que se extiende desde mil millones a cincuenta o sesenta millones de años atrás.

»De los ángulos interiores de esta estrella nacen unos tubos rojizos de sesenta centímetros de largo, de ocho de ancho en la base, y de dos en la punta. Orificios en los ex­tremos. Todas las partes muy duras y correosas, pero extremadamente flexibles. Los brazos provistos de palas han servido indudablemente como medio de locomoción, marina o de otra clase. Cuando se los mueve dan la im­presión de una gran fuerza muscular. Estas protuberan­cias estaban replegadas sobre el cuello, lo mismo que las de la cabeza.

»No es posible discernir si este organismo pertenecía al reino vegetal o al animal, aunque nos inclinamos por la segunda hipótesis. Representa probablemente un radiado de increíble desarrollo que no ha perdido sus rasgos pri­mitivos. A pesar de ciertas características contradictorias es indudablemente similar a un equinodermo.

»Las alas nos desconciertan bastante a causa del posi­ble hábitat marino; pero quizá sirvieron para navegar. La simetría es curiosamente similar a la de un vegetal, pues su eje atraviesa horizontalmente el torso y no vertical­mente como en los animales. Fecha de aparición sobre la tierra, fabulosamente antigua, ya que precede hasta a los más simples protozoarios arqueanos hasta ahora cono­cidos.

»Los ejemplares intactos tienen una increíble simili­tud con ciertas criaturas de los mitos primitivos, de modo que es posible creer que en una época extremadamente re­mota existieron fuera de la Antártida. Dyer y Pabodie han leído el Necronomicon; han visto las pesadillas pintadas por Clark Ashton Smith, basadas en el texto, y compren­derán que hablo de esos Antiguos que, se dice, crearon toda la vida terrestre por broma o por error. Los entendi­dos han pensado siempre que esta concepción había na­cido de divagaciones enfermizas sugeridas por la existen­cia de ciertos protozoarios tropicales muy antiguos. Recuerdan igualmente a las criaturas prehistóricas de que suele hablar Wilmarth: seres de Cthulhu, etc.

»Se ha abierto un inmenso campo a nuestro estudio. Los depósitos pertenecen probablemente al período cre­táceo o al eoceno primitivo, a juzgar por los otros fósiles. Los trece ejemplares yacían bajo una masa de estalagmi­tas. Ha costado mucho desprenderlos, pero la dureza de los tejidos ha evitado daños irreparables. El estado de pre­servación es milagroso, debido posiblemente a la acción de la piedra caliza. No hemos encontrado más, pero luego reanudaremos la búsqueda. Por ahora tenemos que ocu­parnos en cómo traer los ejemplares al campamento sin ayuda de los perros, que ladran furiosamente, y a quienes es imposible dominar cuando están cerca de las criaturas.

»Tenemos que manejar los trineos con nueve hom­bres; tres tienen que ocuparse en cuidar los perros. Vamos a establecer un puente aéreo con el estrecho de McMurdo y comenzaremos a trasladar el material. Desearía que tu­viésemos aquí un verdadero laboratorio. Dyer puede avergonzarse por haber tratado de evitar esta expedición. Primero las montañas más grandes del mundo; luego esto. Si no se trata de nuestro mayor descubrimiento, no sé qué es. Como hombres de ciencia tenemos la gloria asegura­da. Felicitaciones, Pabodie, por el aparato que reveló la cueva. Que el Arkham repita ahora la descripción.»

Las sensaciones que Pabodie y yo experimentamos al recibir este informe son verdaderamente indescriptibles. El entusiasmo de nuestros hombres no era menor. McTighe, que había descifrado rápidamente algunos tro­zos a medida que llegaban, transcribió para nosotros la to­talidad del mensaje tan pronto como el operador de Lake cortó la comunicación. Todos comprendimos en segui­da la extraordinaria importancia del descubrimiento. Cuando el Arkham terminó de repetir la descripción, en­vié mis felicitaciones a Lake. Lo mismo hicieron luego Sherman, desde la estación del estrecho de McMurdo, y el capitán Douglas, desde el Arkham. Más tarde, como jefe de la expedición, escribí algunas notas para que el Ar­kham las transmitiese al mundo. Como era natural, nadie pensaba en dormir. Mi único deseo era el de trasladarme al campamento de Lake con toda la rapidez posible. Me sentí realmente decepcionado cuando Lake me hizo saber que una tormenta que venía de las montañas hacía impo­sible toda navegación aérea.

Pero una hora y media más tarde ya había olvidado mi decepción. Los nuevos mensajes de Lake informaban que los ejemplares habían sido trasladados al campamento con todo éxito. Había sido una tarea dura, pues aquellos seres eran sorprendentemente pesados. Ahora algunos de los hombres estaban construyendo un corral a una distan­cia conveniente del campamento para que los perros no molestasen. Los ejemplares, salvo uno que Lake trataría de disecar, quedarían afuera, sobre la nieve.

El trabajo resultó inesperadamente duro. A pesar del calor que reinaba en la tienda gracias a la estufa de petró­leo, los tejidos de engañosa flexibilidad del ejemplar ele­gido por Lake entre los ocho que se habían conservado intactos, no perdieron nada de su naturaleza correosa. Lake no sabía cómo practicar las incisiones necesarias sin dañar las maravillas internas que esperaba encontrar. Dis­ponía, es cierto, de otros siete ejemplares en buenas con­diciones, pero no podía dañar a uno tras otro. En conse­cuencia hizo trasladar a la tienda un ejemplar que, aunque conservaba parcialmente aquellos órganos en forma de es­trella de los extremos, tenía en muy mal estado uno de los surcos del torso.

Los resultados del examen (rápidamente comunicados por radio) fueron de veras sorprendentes y asombrosos. Sin instrumentos capaces de cortar aquel anómalo tejido era imposible efectuar una investigación minuciosa, pero lo poco que se obtuvo nos dejó estupefactos y con cierto temor. Era necesario revisar toda la ciencia biológica; la criatura no estaba relacionada con ningún sistema orgá­nico conocido. No había depósitos minerales, y, a pesar de una edad de quizá cuarenta millones de años, los órga­nos internos estaban absolutamente intactos. Aquella na­turaleza correosa y casi indestructible parecía ser inhe­rente a la organización de la criatura y provenía sin duda de algún ciclo paleógeno de evolución invertebrada que estaba más allá de toda posible imaginación. En un princi­pio, Lake no encontró sino una materia seca, pero a me­dida que el aire de la tienda se iba recalentando comenzó a aparecer un líquido verdoso de olor punzante y ofen­sivo. No era sangre, pero sí un fluido espeso que parecía cumplir las mismas funciones. Para ese entonces los pe­rros ya estaban en el corral, pero a pesar de la distancia sintieron aquel olor acre y difuso y se pusieron a ladrar furiosamente.

Lejos de ayudarnos a ubicar aquella extraordinaria criatura, esta disección no hizo más que aumentar el mis­terio. Todas las suposiciones acerca de los órganos exte­riores habían sido correctas, de modo que parecía induda­ble que se trataba de un animal. Pero el examen interno había revelado tantas características vegetales que Lake ya no sabía qué decir. Había un aparato digestivo y circulato­rio, y los desechos se eliminaban por los tubos rojizos de la estrella de la base. Se diría, curiosamente, que el aparato respiratorio exhalaba oxígeno y no anhídrido carbónico, y había unas cámaras destinadas en apariencia a almace­nar el aire que entraba en el organismo por otros dos sis­temas totalmente desarrollados: agallas y poros. Se tra­taba indudablemente de un anfibio, y parecía estar adaptado para pasar largos períodos de invernada sin ne­cesidad de aire. Había otras anomalías para las que no se encontró solución inmediata. Un lenguaje articulado no parecía posible, pero podía creerse en la existencia de toda una gama de sonidos musicales.

El sistema nervioso era de tal complejidad que Lake quedó estupefacto. Aunque excesivamente primitiva en algunos aspectos, la criatura tenía todo un sistema de cen­tros y prolongaciones ganglionares que llegaban al límite del desarrollo especializado. El cerebro, de cinco lóbulos, era de gran perfección, y había indicios de un sistema sen­sorial, del que formaba parte el vello de la cabeza, total­mente extraño al de los organismos terrestres. Había allí probablemente más de cinco sentidos, de modo que para conocer los hábitos de aquella criatura no era posible re­currir a ninguna analogía. Debía de haber gozado, pensó Lake, de una extraordinaria sensibilidad y de funciones altamente diferenciadas. Podía relacionársela, en este sen­tido, con las abejas y hormigas de hoy. Se reproducía, como las criptógamas, especialmente las pteridofitas, pues llevaba depósitos de esporas en las extremidades de las alas, y se desarrollaba evidentemente de un talo o protalo.

Pero por ahora no se le podía dar un nombre. Se pare­cía a un protozoario, aunque era indudablemente algo más complejo. Tenía ciertos elementos vegetales, pero en sus tres cuartas partes era de estructura animal. La sime­tría y algunos otros atributos indicaban claramente un origen marino: y sin embargo parecía capaz de adaptarse a cualquier ambiente. Las alas, sobre todo, hablaban de hábitos aéreos. Era imposible concebir cómo había lo­grado evolucionar de tal modo en un mundo recién na­cido. No era raro que Lake recordase la leyenda de los grandes Antiguos que habían venido de los astros, y el re­lato acerca de unas criaturas cósmicas que vivían en las colinas de Vermont contado por un colega de la Universi­dad de Miskatonic.

Naturalmente, Lake consideró la posibilidad de que las huellas precámbricas perteneciesen a una especie me­nos evolucionada, pero, luego de reflexionar acerca de las características de los distintos fósiles, rechazó rápida­mente esta teoría demasiado cómoda. En los ejemplares más recientes se advertían signos de decadencia antes que de evolución. El tamaño de los pies había disminuido, y el conjunto de la morfología parecía más grosero y simple. Además, los nervios y órganos recientemente examinados parecían haber retrogradado desde formas más complejas. Las partes atrofiadas eran numerosas. De todos modos poco podía averiguarse, así que Lake recurrió a la mitolo­gía en busca de un nombre provisional, y llamó jocosa­mente a sus hallazgos «los Antiguos„.

Hacia las dos y media de la mañana, habiendo deci­dido tomarse un pequeño descanso, Lake cubrió los restos del organismo con un lienzo, salió de la tienda, y estudió los otros ejemplares con renovado interés. El con­tinuo sol antártico había comenzado a ablandar los teji­dos, y las puntas de las estrellas y los tentáculos de dos o tres de aquellas criaturas parecían querer desenrollarse; pero Lake no creyó que hubiese un peligro inmediato de descomposición en aquellas temperaturas bajo cero. Agrupó sin embargo a las criaturas y tendió sobre ellas la lona de una tienda para evitar la acción directa de los ra­yos solares. Esto ayudaría además a impedir que los pe­rros sintiesen aquel posible olor. La inquietud hostil de estos animales se estaba convirtiendo de veras en un pro­blema, a pesar de la distancia y los muros de nieve levan­tados por los hombres. Lake tuvo que sujetar los extre­mos de la lona con unos grandes bloques de nieve. Las gigantescas montañas parecían estar a punto de librar una terrible tempestad. Los primeros temores acerca de los re­pentinos vientos antárticos revivieron otra vez, y bajo la supervisión de Atwood se aseguraron las tiendas, el nuevo corral para perros, y los toscos refugios de los ae­roplanos. Estos últimos, construidos con bloques de nieve, no tenían todavía la altura necesaria, y Lake ordenó a todos sus hombres que trabajasen en ellos.

Poco después de las cuatro Lake se despidió invitán­donos a descansar, tal como iban a hacer él y sus compa­ñeros cuando terminaran con las paredes. Habló un rato amablemente con Pabodie, alabando otra vez la maravi­llosa excavadora que había permitido realizar el descubri­miento, y Atwood envió también sus saludos y elogios. Yo le transmití mis calurosas felicitaciones, reconociendo que había estado acertado con respecto a ese viaje hacia el oeste, y acordamos que volveríamos a comunicarnos a las diez de la mañana. Antes de retirarme envié un último mensaje al Arkham pidiéndoles que escuchasen las noti­cias del exterior.

Nuestro informe debía de haber levan­tado una ola de incredulidad, y ésta se mantendría sin duda hasta que aportásemos pruebas más sustanciales.

– Capitulo 3 –

Ninguno de nosotros, creo, durmió muy continua o pro­fundamente aquella noche. Nos lo impidió tanto la exci­tación provocada por el descubrimiento de Lake como la creciente furia del viento. Tan terrible era el huracán en nuestro sector que nos preguntamos con inquietud qué fuerza tendría en el campamento de Lake, situado al pie de las montañas. A las diez de la mañana McTighe trató de hablar con Lake, según habíamos acordado, pero las con­diciones eléctricas de la atmósfera impidieron aparente­mente la comunicación. Logramos sin embargo establecer contacto con el Arkham, y Douglas me dijo que él tam­bién había tratado vanamente de comunicarse con Lake. Nada sabía de la tormenta; en el estrecho de McMurdo había una relativa calma.

Escuchamos ansiosamente toda la mañana y multipli­camos nuestras llamadas; todo fue inútil. Alrededor del mediodía una borrasca venida del oeste nos hizo temer por la suerte de nuestro campamento, pero se desvaneció en seguida. A las dos de la tarde reapareció un momento, y a las tres, vuelta ya la calma, redoblamos nuestros esfuer­zos para comunicarnos con Lake. Como éste disponía de cuatro aeroplanos, dotados de excelentes transmisores de onda corta, no podíamos imaginar que un simple acci­dente hubiese impedido el funcionamiento de todos los equipos. Sin embargo, aquel silencio de piedra continuaba allí e imaginábamos, alarmados de veras, la fuerza que ha­-iría tenido el huracán al pie de las montañas.

A las seis de la tarde nuestros temores habían crecido todavía más, y luego de hablar unos instantes por radio con Douglas y Thorfinnssen resolví iniciar una investiga­ción. El quinto aeroplano, que habíamos dejado en el es­trecho de McMurdo con Sherman y dos marineros, esta­ba listo para partir y todo indicaba que ésta era la emer­gencia para la que había sido reservado. Me comuniqué con Sherman y le ordené que viniera en seguida a la base del sur con los dos marineros. Las condiciones del tiempo eran aparentemente favorables. Discutimos luego quiénes formarían la patrulla, y decidimos que iríamos todos, junto con el trineo y los perros que habían quedado en la base. Nuestro avión, construido para transportar pesados aparatos, podía llevar fácilmente esa carga. De cuando en cuando tratábamos de ponernos en contacto con Lake, pero sin resultado.

Sherman, con los marineros Larsen y Gunnarsson, le­vantó vuelo a las siete y media y llegó a nuestra base, luego de un viaje feliz, a medianoche. En seguida nos pu­simos a discutir nuestro proyecto. Era bastante arriesgado volar sobre la Antártida en un solo avión y sin bases, pero nadie retrocedió ante lo que parecía ser una inevitable ne­cesidad. A las dos de la mañana, después de comenzar a cargar el aeroplano, nos retiramos a descansar, y cuatro horas más tarde estábamos en pie otra vez para terminar nuestro trabajo.

A las 7.15 de la mañana levantamos vuelo hacia el oeste con McTighe como piloto y diez hombres, siete pe­rros, un trineo, combustible, provisiones, y otros acceso­rios, incluso el aparato de radio. El aire estaba en calma y no muy frío, y pensamos que no tendríamos dificultades en llegar al sitio designado por Lake como base de su campamento. Pero temíamos lo que podríamos encon­trar, o no encontrar, al fin de nuestro viaje. Nuestras repe­tidas llamadas no obtenían respuesta.

Todos los incidentes de aquel vuelo de cuatro horas y media están profundamente grabados en mi memoria a causa de la posición crucial que ocupa en mi vida. Ese viaje señala la pérdida de la paz y el equilibrio con que una mente normal considera la naturaleza y sus leyes. To­dos nosotros -pero principalmente el estudiante Dan­forth y yo- íbamos a enfrentarnos a un mundo inmenso de acechantes horrores que nada podría ya borrar de nuestras mentes; y que nunca osaríamos compartir con la humanidad. Los periódicos han reproducido los mensajes que enviamos desde el aeroplano y que narraban nuestra lucha con dos traicioneras tormentas, el momento en que vislumbramos la superficie quebrada donde Lake había llevado a cabo una de sus investigaciones tres días antes, y el espectáculo de esos raros cilindros de nieve ya adverti­dos por Amundsen y Byrd y que ruedan con el viento a través de las interminables llanuras heladas. Pero llegó un momento en que nuestras sensaciones no pudieron ya ser transmitidas con palabras que la prensa pudiera entender, y otro en que tuvimos que aplicarnos una estricta censura.

El marinero Larsen fue el primero en avistar la que­brada línea de conos y pináculos que se alzaba ante noso­tros. Sus gritos nos llevaron a todos a las ventanillas. A pesar de la velocidad del aparato los contornos de las montañas crecían muy lentamente; comprendimos que estaban muy lejos, y que eran visibles sólo a causa de su extraordinario tamaño. Poco a poco, sin embargo, fueron levantándose ceñudamente en el cielo occidental y pudi­mos distinguir varias cimas desnudas y negruzcas. Recor­tadas contra unas nubes iridiscentes de polvo de hielo, y a la luz rojiza del polo, tenían un aspecto singularmente fantástico. Toda la escena parecía sugerir una secreta reve­lación en potencia. Se diría que esos picos de pesadilla eran los pilones de una puerta que daba a mundos de en­sueño y a unos complejos abismos de un tiempo y un es­pacio remotos que trascendían todas las dimensiones. No pude dejar de sentir que eran seres malignos, montañas alucinantes cuyas faldas extremas descendían a una hon­donada infinita. El fondo nublado y semiluminoso sugería vagamente un etéreo más allá, más espacial que terrestre; un testimonio de la desolación, la total lejanía y la muerte inmemorial de este mundo abismático y virgen.

Fue el joven Danforth quien nos hizo notar las curio­sas regularidades que coronaban las montañas más altas. Como Lake había mencionado en sus mensajes, estas re­gularidades parecían ser unos bloques cúbicos, y justifica­ban de veras que se los comparara con las visiones de unos templos primitivos en ruinas o las nubladas cimas asiáticas tan sutil y curiosamente pintadas por Roerich. Había de veras algo muy similar a las obras de Roerich en estas tierras misteriosas. Yo lo había sentido por primera vez cuando vislumbramos la Tierra de Victoria, y ahora resucitaba en mí aquella misma impresión. Sentí también que había allí algo inquietantemente parecido a los mitos arqueanos; de un modo perturbador este reino de muerte recordaba la temible meseta de Leng tal como se la des­cribe en algunos escritos primitivos. Los mitologistas han situado Leng en el Asia Central; pero la memoria racial del hombre -o de sus predecesores- es larga, y es muy posible que ciertos relatos se hayan originado en otras re­giones y templos donde reinaba el horror, anteriores a Asia y todas las tierras conocidas. Algunos místicos osa­dos han sugerido que los Manuscritos Pnakóticos tienen un origen prepleistoceno, y han insinuado que los devotos de Tsathoggua eran tan extraños a la humanidad como Tsathoggua mismo. Leng, cualesquiera que fuesen el tiempo y el espacio en que había existido, no era una re­gión en la que me hubiese gustado habitar. Del mismo modo nada me complacía la proximidad de un mundo en que se habían desarrollado las monstruosidades que Lake nos había descrito. Lamentaba yo en esos momentos ha­ber leído el horrible Necronomicon o haber hablado tanto con el folclorista Wilmarth, desagradablemente erudito, en la universidad.

Todo esto no hizo sino agravar la sensación de males­tar que me inspiraban aquellos curiosos espejismos que estallaban sobre nosotros, en el cenit cada vez más opales­cente, mientras avanzábamos hacia las montañas y co­menzábamos a distinguir sus ondulaciones.                Yo había visto docenas de espejismos polares en las últimas semanas, al­gunos de ellos tan increíbles y fantásticamente vívidos como el actual; pero éste parecía dotado de un amenaza­dor simbolismo, oscuro y nuevo, y me estremecí ante la presencia de un fabuloso laberinto de paredes, torres y minaretes que surgían de los vapores de hielo por encima de nuestras cabezas.

Teníamos la impresión de encontrarnos ante una ciu­dad ciclópea de arquitectura desconocida para el hombre, con construcciones de un negro de ébano: monstruosas perversiones de las leyes geométricas. Había allí conos truncados, acanalados, en terrazas. Sobre ellos se elevaban unas agujas cilíndricas, en forma de bulbo, o coronadas por unos discos delgados. Algunas construcciones chatas sugerían pilas de losas rectangulares, discos y estrellas de cinco puntas. En otros casos se unían las formas del cono y la pirámide, ya solos o sobre cilindros, o cubos, u otras pirámides y conos truncados. Algunas veces unas finas agujas formaban curiosos grupos de cinco. Todas estas es­tructuras parecían estar unidas entre sí con puentes tubu­lares que se alzaban a enormes alturas. Las proporciones gigantescas daban al conjunto un aspecto terrorífico opre­sivo. Los espejismos no eran muy diferentes de los obser­vados por el ballenero Scoresby en 1820, pero en este tiempo y lugar, con aquellos picos desconocidos y oscu­ros que se alzaban ante nosotros, con el recuerdo aún reciente del descubrimiento de aquellas criaturas, y el te­mor del desastre que podía haber alcanzado a la mayor parte de nuestra expedición, todos creíamos ver en él un matiz de malignidad latente y de prodigio infinitamente malvado.

Me alegré cuando el espejismo comenzó a desvane­cerse, aunque en el proceso las torres y conos de pesadilla asumían momentáneamente formas distorsionadas toda­vía más espantosas. Cuando toda la escena se disolvió en un torbellino opalescente, comenzamos a mirar otra vez hacia la tierra y vimos que el fin de nuestro viaje estaba próximo. Las montañas desconocidas se alzaban ante no­sotros como un amenazador baluarte de gigantes, y no era necesario recurrir a los gemelos de campaña para distin­guir las curiosas regularidades de las cimas. Volábamos ahora sobre los contrafuertes más bajos y pudimos ver so­bre la nieve un par de manchas oscuras que supusimos eran el campamento y las perforaciones de Lake. Los con­trafuertes más altos se alzaban a una distancia de ocho a diez kilómetros, y formaban una línea claramente sepa­rada de la de los picos. Al fin, Ropes -el estudiante que había relevado a McTighe en el manejo del avión- co­menzó a dirigir la máquina hacia la mancha situada a la iz­quierda y que por su tamaño debía de ser el campamento. Mientras tanto, McTighe enviaba al mundo nuestro úl­timo mensaje no censurado.

Todos, por supuesto, han leído los breves e insatisfac­torios comunicados que enviamos desde entonces. Pocas horas después de nuestro aterrizaje describimos breve­mente la tragedia: la expedición de Lake había sido des­truida por la terrible tormenta del día anterior. Once ha­bían muerto: el joven Gedney había desaparecido. La gente nos perdonó que no diésemos detalles, atribuyendo el hecho a nuestro estado de ánimo, y nos creyó cuando explicamos que la acción del viento había dejado los cadá­veres en un estado tal que era imposible sacarlos de allí. Sin embargo, me enorgullezco de que, a pesar de nuestro horror y nuestro dolor, apenas hallamos faltado a la ver­dad. Lo peor era lo que no nos atrevimos a decir; lo que diré ahora, sólo para apartar a otros de unos innominables horrores.

Es cierto que el viento había hecho grandes estragos. No sé si Lake y sus compañeros habrían podido sobrevi­vir, aun sin aquella otra cosa. La tormenta, con su furia de enloquecidas partículas de hielo, había sido muy superior a todas las que habíamos encontrado hasta entonces. Uno de los refugios para los aviones había desaparecido casi, y la torre de perforaciones estaba totalmente destrozada. El metal de los aeroplanos y de las máquinas excavadoras pa­recía pulido por el hielo, y dos de las tiendas habían sido abatidas a pesar de los muros protectores. Las maderas habían perdido su pintura, y no había quedado ninguna huella en la nieve. Es cierto también que los restos de las criaturas arqueanas estaban en una condición tal que era inútil recogerlos. Nos contentamos con reunir algunos de los fragmentos de esteatita de cinco puntas que habían originado aquellas comparaciones, y algunos huesos fósi­les; los más característicos pertenecían a los ejemplares tan curiosamente mutilados.

No había sobrevivido ni un solo perro, y el corral de nieve, construido con tanta prisa, ya no existía. Obra del viento, sin duda; pero el mayor destrozo, del lado más cercano a las tiendas, lo había causado la furia de los ani­males. Los tres trineos habían desaparecido, y culpamos a la tormenta. La perforadora y el aparato para fundir el hielo estaban demasiado dañados. No era posible un arre­glo, de modo que los utilizamos para obstruir la perturba­dora entrada al pasado abierta por Lake. Abandonamos del mismo modo dos de los aviones, pues no contábamos ahora más que con cuatro pilotos: Sherman, Danforth, McTighe y Ropes; Danforth, además, estaba tan nervioso que no se podía contar con él. Recogimos en cambio to­dos los libros y aparatos científicos que pudimos hallar. Las tiendas y pieles faltaban o ya no servían.

A eso de las cuatro de la tarde, luego de haber bus­cado inútilmente a Gedney con uno de los aviones, envia­mos al Arkham un comunicado sobre la catástrofe. Creo que hicimos bien en mantener la calma y no decir dema­siado. No hablamos de otra agitación que de la de nues­tros perros. Su inquietud a propósito de los ejemplares fósiles ya era de todos conocida. No mencionamos, empero, la intranquilidad similar que sintieron al oler los fragmen­tos de esteatita y algunos otros objetos desparramados por la región: instrumentos científicos y maquinarias, tanto del campamento como del equipo de perforaciones, que habían sido arrastrados o destrozados por vientos do­tados de una curiosidad singular.

De los catorce ejemplares biológicos, hablamos en tér­minos muy vagos. Dijimos que poco quedaba de ellos; lo suficiente sin embargo para comprobar la exactitud de las descripciones de Lake. Nos costó mucho evitar que la emoción nos traicionara, pero no mencionamos números ni dijimos exactamente cómo habíamos encontrado aque­llos -ejemplares. Convinimos en que no transmitiríamos nada que pudiese sugerir que Lake y sus compañeros se hubieran vuelto locos. Encontrar seis monstruos cuidado­samente sepultados en la nieve (en unas tumbas de casi tres metros de profundidad, con túmulos en forma de es­trella, y puntos exactamente iguales a los de la esteatita verdosa sacada de terrenos mesozoicos o terciarios) nos pareció verdaderamente que sería atribuido a la locura. Los otros ocho ejemplares en buen estado mencionados por Lake parecían haber desaparecido sin dejar la menor huella.

Nos preocupaba sobremanera la paz espiritual del pú­blico y nada dijimos tampoco, por lo tanto, del terrible viaje que Danforth y yo hicimos a las montañas, al día si­guiente. Sólo un aeroplano muy liviano podría cruzar la cadena de montañas, así que, por suerte, nos vimos obli­gados a limitar la tripulación a nosotros dos. Cuando vol­vimos, a la una de la mañana, Danforth estaba al borde de una crisis nerviosa; pero supo guardar silencio. No tuve que pedirle que no mostrase los dibujos, ni las cosas que traíamos en los bolsillos, ni que no dijese a nuestros com­pañeros sino aquello que habíamos decidido comunicar al mundo, ni que ocultásemos las películas cinematográficas para revelarlas más tarde en privado. Por consiguiente, esta parte de mi relato será algo nuevo para Pabodie, McTighe, Ropes, Sherman y los otros, lo mismo que para el mundo en general. En verdad, Danforth es más discreto que yo, pues vio, o creyó ver, algo de lo que no habló ni siquiera conmigo.

Como todos saben, nuestro comunicado incluye la narración de nuestro trabajoso ascenso, una confirmación de las ideas de Lake, que opinaba que aquellos grandes pi­cos eran de naturaleza arqueana y otros estratos primiti­vos que no habían sufrido mayores alteraciones desde el período cománchico, un comentario convencional acerca de la regularidad de las formaciones rocosas, la compro­bación de que en las entradas de las cavernas había unas vetas calcáreas, la creencia de que ciertos desfiladeros per­mitirían a gente avezada cruzar la cordillera, y la indica­ción de que del otro lado se ocultaba una inmensa meseta tan antigua como los picos mismos. Esa meseta, unida a las montañas por unos contrafuertes no muy abruptos, se extendía a unos seis mil metros de altura; y unas grotescas formaciones rocosas atravesaban la fina capa de hielo.

Todas estas informaciones eran exactas, y dejaron sa­tisfechos a los hombres del campamento. Atribuimos nuestra ausencia de dieciséis horas -muchas más que las requeridas por el vuelo, el aterrizaje, el reconocimiento del terreno y la recolección de algunas piedras- a unas supuestas condiciones atmosféricas desfavorables. Por suerte nuestro relato pareció lógico y veraz, y nadie sintió la tentación de emular nuestro vuelo. Si alguien lo hubiese intentado, yo habría recurrido a todos los medios para impedirlo… y no sé qué habría hecho Danforth. Durante nuestra ausencia, Pabodie, Sherman, Ropes, McTighe y Williamson habían trabajado duramente arreglando los dos mejores aviones de Lake, y a pesar del inextricable es­tado de los mecanismos, los aparatos estaban listos para levantar vuelo.

Decidimos cargar los aeroplanos a la mañana si­guiente y partir en seguida hacia la vieja base. Éste era el mejor modo, aunque indirecto, de llegar al estrecho de McMurdo, pues atravesar regiones ignoradas podía traer nuevos peligros. No podíamos seguir explorando a causa de la trágica pérdida de vidas y la ruina de parte de la ma­quinaria. Las dudas y horrores que nos envolvían -aun­que no conocidos por todos- me inspiraban un único de­seo: escapar de este mundo austral de locura y desolación con toda la rapidez posible.

Como ya sabe el público, nuestro retorno al mundo civilizado se realizó sin dificultades. Todos los aviones lle­garon a la vieja base en la tarde del día siguiente -27 de enero- luego de un vuelo sin escalas, y al otro día nos trasladamos al estrecho de McMurdo deteniéndonos sólo una vez a causa de una avería en el timón ocasionada por el viento. Cinco días más tarde el Arkham y el Miskatonic, con toda la tripulación y el equipo a bordo, salían del cada vez más grueso campo de hielo y navegaban por el mar de Ross. Las montañas de la Tierra de Victoria se al­zaban al oeste contra un oscuro cielo antártico. De allí ve­nía un viento cuyo silbido musical me helaba la sangre.

Dos semanas más tarde dejábamos atrás las últimas tierras polares y agradecíamos haber salido de aquel reino maldito donde la vida y la muerte, el espacio y el tiempo habían pactado extrañamente en épocas en que la corteza terrestre aún no estaba del todo fría.

Desde nuestro retorno hemos tratado de desanimar a todos los que quieren explorar la Antártida. Ninguno de nosotros ha revelado los horrores de los que fuimos testi­gos. Aun el joven Danforth, a pesar de su terrible depre­sión nerviosa, no ha querido hacer ninguna confidencia a los médicos. Como ya he dicho, hay algo que cree haber visto y que no quiere decir a nadie, ni aun a mí, aunque me parece que si se atreviese a hacerlo se sentiría mejor. Eso ayudaría quizá a explicar muchas cosas, aunque es posible que no se trate sino de alguna emoción terrible. Pienso eso al menos cuando Danforth, en algunos raros instantes, comienza a divagar y se interrumpe de pronto como recuperando el dominio de sí mismo.

Es difícil impedir que otros hombres traten de visitar el Sur, y algunos de nuestros esfuerzos sólo sirven proba­blemente para aumentar los deseos de hacer averiguacio­nes. Deberíamos haber recordado que la curiosidad hu­mana es infinita y que los resultados que anunciamos al mundo bastarían para lanzar a otros a la misma búsqueda de lo desconocido. Los informes de Lake acerca de esos monstruos biológicos han excitado a los naturalistas y pa­leontólogos, a pesar de que hemos tenido el sentido co­mún de no mostrar los trozos de los ejemplares enterra­dos, ni nuestras fotografías de los mismos. Nos hemos guardado también de exhibir los huesos con cicatrices y las esteatitas verdes. Danforth y yo hemos ocultado tam­bién cuidadosamente las fotografías y dibujos que obtuvi­mos en la meseta, y esas cosas que estudiamos con terror y escondimos en los bolsillos.

Pero ahora se está organizando la expedición Stark­weather-Moore, que dispone ya de un equipo más com­pleto que el nuestro. Si nadie logra disuadirlos, llegarán al centro de la Antártida para sacar de debajo del hielo algo que, creemos, terminaría con el mundo. De modo que debo dejar de lado toda reticencia y hablar de aquel mundo innominable que se oculta detrás de las montañas alucinantes.

– Capitulo 4 –

Vuelvo con gran repugnancia a evocar el campamento de Lake para hablar francamente de lo que encontramos allí. Siento la constante tentación de suprimir detalles y de­jar que las insinuaciones ocupen el lugar de los hechos y las inevitables deducciones.

Espero haber dicho bastante como para referirme brevemente a lo que falta; lo que falta, es decir, el horror del campamento. Ya he hablado del terreno arrasado por el huracán, los refugios destrui­dos, la estropeada maquinaria, la inquietud de nuestros perros, la falta de trineos, la muerte de los hombres y los animales, la ausencia de Gedney y la insana sepultura de los seis ejemplares biológicos, conservados curiosamente a pesar de los daños sufridos, durante cuarenta millones de años. No recuerdo si dije que al examinar los cadáveres notamos la falta de uno de los perros. No pensamos mu­cho en eso hasta más tarde; en realidad, sólo yo y Dan­forth prestamos al hecho cierta atención.

Entre lo que he ocultado, lo esencial se refiere a los cuerpos, y a ciertas circunstancias que podrían dar, o no, una increíble y odiosa explicación racional a aquel caos aparente. Traté en aquel entonces de que mis hombres no prestasen mucha atención a esas circunstancias; pues era mucho más simple, mucho más normal, atribuir todo aquello al ataque de locura de un hombre de Lake. A juz­gar por el aspecto de las cosas, el demoníaco viento de las montañas hubiese bastado para enloquecer a cual­quier hombre en ese centro del misterio y la desolación terrestres.

La principal anormalidad era el estado en que se en­contraban los cuerpos, tanto de los hombres como de los animales. Parecían haber tomado parte en un combate fe­roz, y estaban despedazados y mutilados de un modo inexplicable y terrible. En todos los casos era como si la muerte hubiese sobrevenido por laceración o estrangula­ción. En cuanto a los perros, se veía que habían sido ellos los que habían tomado la iniciativa, pues el estado de su mal construido corral demostraba que había sido roto desde dentro. Lo habían levantado a cierta distancia del campamento para apagar la furia provocada por aquellos monstruosos organismos arqueanos. Pero todas las pre­cauciones parecían haber sido vanas. Cuando quedaron solos ante aquel monstruoso huracán, protegidos por mu­ros de nieve de insuficiente altura, los perros debieron de haber escapado, sea para huir del viento o del olor emi­tido por aquellos ejemplares de pesadilla.

De cualquier manera, lo que había ocurrido era algo odioso y repugnante. Quizá debiera dejar de lado todos mis escrúpulos y decidirme a declarar lo peor. De un modo categórico, basado en observaciones de primera mano y en las deducciones más lógicas, tanto de Danforth como mías: el desaparecido Gedney no era de ningún modo responsable de los horrores que encontramos allí.

Ya he dicho-que los cadáveres estaban horriblemente mutilados. Debo añadir ahora que algunos habían sido cortados y despedazados del modo más curioso. Hom­bres y perros habían sufrido la misma suerte. Parecía como si un carnicero hubiese quitado a los cuerpos más gruesos y sanos importantes masas de carne. Alrededor de estos cuerpos había sal desparramada -obtenida de los saqueados cofres de provisiones de los aeroplanos-, lo que suscitaba las hipótesis más terribles. Todo esto había ocurrido en uno de los refugios, de donde habían retirado el avión. Los vientos habían borrado luego las huellas ca­paces de alimentar alguna teoría aceptable. Las ropas des­parramadas y rotas, arrancadas de cualquier modo de los cuerpos de los hombres, no proporcionaban ningún indi­cio. En uno de los rincones del destruido refugio nos pa­reció discernir unas huellas que no eran humanas, sino si­milares a aquellas marcas fósiles de las que Lake había hablado tanto. Pero en la proximidad de aquellas enormes y alucinantes montañas había que cuidarse de los errores de la imaginación.

Como ya he señalado, faltaban Gedney y uno de los perros. Cuando examinábamos aquel horrible refugio, te­níamos que encontrar todavía a dos de los compañeros de Lake y a dos de los perros; pero la tienda-laboratorio, en la que entramos luego de investigar las tumbas monstruo­sas, iba a revelarnos algo. No se encontraba en el estado en que la había dejado Lake, pues los trozos de aquel monstruo primitivo habían sido quitados de la mesa. En verdad, ya nos había parecido que una de las seis enterra­das criaturas -aquella que emitía un olor particularmente desagradable- debía representar los fragmentos de la en­tidad que Lake había tratado de analizar. Sobre la mesa del laboratorio, y a su alrededor, había otras cosas, y no nos costó mucho comprender que eran el resultado de la disección, realizada con todo cuidado, pero por alguien curiosamente inexperto, de los cuerpos de un hombre y un perro. No mencionaré, por razones obvias, la identi­dad de la víctima. El instrumental quirúrgico de Lake había desaparecido, pero era evidente que había sido cui­dadosamente limpiado. La estufa de petróleo faltaba también, aunque en el lugar de su emplazamiento se veía una gran cantidad de fósforos. Enterramos aquellos restos humanos junto con otros diez hombres, y los del animal con los otros treinta y cinco perros. En cuanto a los des­pojos que había en la mesa del laboratorio y el montón de libros con ilustraciones que, torpemente hojeados, encon­tramos no muy lejos de allí, estábamos demasiado sor­prendidos como para pensar en eso.

De todo lo que había en el campamento, esto era lo más horrible, pero lo demás no era menos misterioso. La desaparición de Gedney, un perro, los ocho ejemplares biológicos intactos, los tres trineos, ciertos aparatos y li­bros científicos, materiales de escritura, linternas eléctri­cas y baterías, provisiones y combustible, aparatos calorí­feros, tiendas, trajes de pieles y otras cosas semejantes, escapaba a toda posible hipótesis. Lo mismo ocurría con ciertas manchas de tinta en algunos trozos de papel, y las pruebas de que los comandos de los aviones y los apara­tos mecánicos del campamento habían sido torpemente manipulados. Los perros parecían rehuir toda esta estro­peada maquinaria. El desorden de la despensa, la desaparición de ciertos artículos, y el montón de latas de conser­vas abiertas del modo más inverosímil, y por los lugares más inverosímiles, presentaban un problema similar. La profusión de fósforos desparramados, intactos, rotos o consumidos, era también un enigma menor, lo mismo que las dos o tres tiendas y los trajes de pieles que presentaban curiosas desgarraduras, debidas quizá a haber intentado adaptarlos a usos inimaginables. El trato que habían reci­bido los cuerpos humanos y caninos, y la disparatada se­pultura que habían recibido los dañados ejemplares ar­queanos, estaban en armonía con este desorden propio de la locura. Considerando que podía presentarse una even­tualidad como ésta, fotografiamos cuidadosamente todas las pruebas principales, y me propongo usar esas fotogra­fías para disuadir a los miembros de la expedición Stark­weather-Moore.

Luego del descubrimiento de los cadáveres en el refu­gio, lo primero que hicimos fue fotografiar y abrir las seis tumbas monstruosas con túmulos en forma de estrella. Advertimos en seguida el parecido de estos túmulos, ador­nados por dibujos de puntos, con las curiosas esteatitas verdes descritas por el pobre Lake. Cuando encontramos algunas de estas piedras en un montón de restos minerales, la semejanza se nos hizo aún más evidente. La forma de las tumbas y las piedras recordaba además la cabeza estrellada de los seres arqueanos, y concluimos que ese parecido tenía que haber influido sobremanera en las mentes excitadas de Lake y sus compañeros.

La locura -contando a Gedney como el único posible autor sobreviviente- fue la explicación que adoptamos to­dos de un modo espontáneo, por lo menos en voz alta; aunque no seré tan ingenuo como para negar que alguno de nosotros pudo haber imaginado alguna hipótesis que el sentido común le impidió formular. Aquella misma tarde, Sherman, Pabodie y McTighe volaron sobre la región, es­crutando el horizonte con gemelos de campaña en busca de Gedney y los objetos que faltaban; pero todo fue inútil. La patrulla informó que la gigantesca barrera se extendía interminablemente, a la derecha y a la izquierda, sin nin­gún cambio apreciable. En algunos de los picos, sin em­bargo, ciertos cubos y formaciones eran aún más desnu­dos, y el parecido con las pinturas de Roerich tenía así un carácter doblemente fantástico. La distribución de las crípticas entradas de las cavernas en las cimas desprovis­tas de nieve parecía llegar, de un modo irregular, hasta donde alcanzaba la vista.

A pesar de los horrores que acabábamos de descubrir, quedaban aún en nosotros bastante entusiasmo y celo científico como para preguntarnos qué habría detrás de aquellas misteriosas montañas. Tal como lo dijimos en nuestros discretos comunicados, nos acostamos a media­noche, pero no sin antes elaborar un cuidadoso plan con el propósito de cruzar al día siguiente, a gran altura, la ca­dena de montañas. Llevaríamos con nosotros una cámara aérea y un equipo de geólogo. Se decidió que Danforth y yo intentásemos realizar la travesía en un aparato alige­rado de peso. Nos levantamos con ese propósito a las siete de la mañana, pero unos vientos muy fuertes -men­cionados en el comunicado al exterior- retrasaron nues­tra salida hasta cerca de las nueve.

Ya he hablado del relato que hicimos a los hombres del campamento -y que transmitimos al mundo- al vol­ver dieciséis horas más tarde. Tengo ahora el terrible de­ber de ampliar esa historia, llenando los misericordiosos blancos con lo que vimos realmente en aquel mundo de más allá de las montañas, y que llevó al fin al joven Dan­forth a una crisis nerviosa. Desearía poder añadir una pa­labra a propósito de lo que Danforth vio o creyó haber visto -aunque se trató probablemente de una ilusión-, y que quizá fue la gota de agua que hizo rebasar la copa. Todo lo que puedo hacer es repetir los confusos murmu­llos con que trataba de explicarme el porqué de sus temores mientras regresábamos entre aquellas montañas tortu­radas por el viento. Ésta será mi última palabra. Si las pruebas de que hemos sobrevivido a unos primitivos ho­rrores no bastan para apartar a otros de la Antártida -o al menos para que no penetren demasiado bajo la superfi­cie de ese refugio de secretos prohibidos e inhumana de­solación-, la responsabilidad de unos males innomina­bles, y quizá también inconmensurables, no será mía.

Danforth y yo, luego de estudiar las notas redactadas por Pabodie en su vuelo de la víspera, habíamos calculado que el paso más bajo y próximo se encontraba un poco a nuestra derecha, a unos siete mil metros de altura sobre el nivel del mar. Hacia este punto nos dirigimos entonces. Como el campamento estaba situado a más de cuatro mil quinientos metros de altura, la diferencia de nivel no era muy grande. Sin embargo, sentimos al subir el aire rari­ficado y el frío intenso, pues a causa de la mala visibili­dad habíamos tenido que dejar las ventanillas abiertas. Nos habíamos puesto, naturalmente, nuestros abrigos más gruesos.

A medida que nos acercábamos a los picos oscuros y siniestros que se alzaban sobre una línea de glaciares y hendiduras cubiertas de nieve, advertíamos más y más las formaciones curiosamente regulares de las pendientes, y recordábamos de nuevo las raras pinturas asiáticas de Nicholas Roerich. Los viejos estratos rocosos batidos por el viento correspondían con exactitud a las descripciones de Lake y probaban que esos pináculos se erigían del mismo modo desde épocas sorprendentemente lejanas; quizá desde hacía cincuenta millones de años. Era imposi­ble saber qué altura habían tenido en otro tiempo; pero todo en esta extraña región señalaba la influencia de oscu­ras condiciones atmosféricas poco favorables a los cam­bios, y aptas para retardar el acostumbrado proceso cli­mático de desintegración de las rocas.

Pero lo que más nos fascinaba y perturbaba era aque­lla acumulación de cubos, murallas y cavernas. Mientras Danforth hacía de piloto yo observaba el espectáculo con mis gemelos de campaña y tomaba algunas fotografías. De cuando en cuando sustituía a mi compañero en el go­bierno de la máquina -aunque mis conocimientos de na­vegación aérea son sólo los de un aficionado- para que Danforth pudiese contemplar la cordillera. Era fácil ad­vertir que esas formaciones se componían principalmente de cuarcita arqueana, de color claro, totalmente distin­ta de las rocas de la superficie. Su regularidad llegaba a un extremo no sospechado por Lake.

Como éste había dicho, las aristas habían sido desgas­tadas y redondeadas por la erosión durante millones de si­glos; sólo su extraordinaria dureza había impedido que desapareciesen. Muchas partes, especialmente las más cer­canas a las faldas, parecían ser de la misma sustancia que las rocas de los alrededores. El conjunto no se diferen­ciaba mucho de las ruinas de Machu Picchu en los Andes, o los cimientos de las murallas de Kish exhumadas por la expedición del Museo de Oxford de 1929. Tanto Dan­forth como yo tuvimos la impresión que Lake había atri­buido a la fantasía de Carroll. Sentí que mis conocimien­tos de geología eran totalmente inútiles para explicar la existencia de esas formaciones. Las rocas ígneas presentan a menudo curiosas irregularidades -como la famosa Cal­zada de los Gigantes de Irlanda-, pero esta estupenda cordillera, a pesar de que Lake había creído ver conos hu­meantes, era evidentemente de origen no volcánico.

Las cavernas presentaban otro enigma a causa de la re­gularidad de las aberturas. Eran, como había dicho el co­municado de Lake, cuadradas o semicirculares, como si una mano mágica hubiese regulado la simetría de los orifi­cios. Su número y distribución sugerían que toda aquella zona estaba atravesada por túneles originados en estratos calcáreos desaparecidos. Desde el avión no alcanzábamos a ver el interior de las cavernas, pero nos pareció que estaban libres de estalactitas y estalagmitas. Fuera, las piedras que rodeaban las bocas eran invariablemente lisas y regu­lares y Danforth opinó que las huellas de la erosión pare­cían formar unos raros dibujos. Todavía bajo la impresión de los horrores del campamento, sugirió que esas huellas se parecían a los grupos de puntos que cubrían los trozos de esteatita verde tan odiosamente reproducidos sobre las tumbas de los monstruos.

Volábamos ya sobre los contrafuertes más elevados en el paso que habíamos elegido. De cuando en cuando ob­servábamos el hielo y la nieve, preguntándonos si hubié­semos podido hacer el viaje con perros y trineos. Bastante sorprendidos, alcanzamos a ver que el terreno estaba libre de hendiduras y otros obstáculos, y no habría podido de­tener a expediciones bien equipadas como las de Scott, Shackleton o Amundsen. Casi todos los glaciares parecían terminar en unos pasos.

Apenas podría describir aquí nuestra tenaz expecta­ción mientras nos preparábamos para rodear la última cima y contemplar un mundo virgen. Sin embargo, no te­níamos por qué creer que aquellas regiones serían total­mente distintas de las que habíamos visto. La atmósfera de misterio maléfico que envolvía las montañas y el cielo opalescente visible entre las cimas era algo demasiado su­til para reproducirlo con palabras y frases. En verdad, se trataba sobre todo de un vago simbolismo psicológico y de asociaciones estéticas: poemas y cuadros exóticos y mi­tos arcaicos encerrados en libros prohibidos. El mismo canto del viento parecía estar animado por una maligni­dad consciente, y durante un instante me pareció distin­guir toda una gama de sonidos musicales mientras las ráfagas se hundían en las bocas de las cavernas. Había algo de repulsivo en esas notas, tan inclasificable como las otras oscuras impresiones.

Nos encontrábamos ya a una altura de más de siete mil metros y habíamos dejado muy atrás la región de las nieves. Sólo veíamos unos muros rocosos y oscuros a los que cubos y cavernas prestaban un carácter sobrenatural y fantástico, similar al de un sueño.

Observando la línea de los picos, me pareció ver el mencionado por Lake, con estribaciones en la punta. Se perdía a medias en una cu­riosa niebla, lo que explica acaso que Lake hubiese creído que había allí actividad volcánica. Ante nosotros se exten­día el paso barrido por el viento, entre ceñudos pilones de bordes dentados. Más allá se abría un cielo pálido donde giraban unos vapores iluminados por el bajo sol polar; el cielo de ese misterioso y lejano dominio que ningún ojo humano había divisado hasta ahora.

Unos pocos metros más de altura y aparecería ante nosotros ese reino. Danforth y yo, que sólo podíamos co­municarnos a gritos a causa del silbido del viento y el ru­gido de los motores, intercambiamos una elocuente mi­rada. Instantes después aquella tierra antigua y extraña nos abría sus secretos incomparables.

– Capitulo 5 –

Creo que ambos dimos un grito en el que se mezclaban la admiración, el terror, la angustia y la incredulidad. Si lo­gramos conservar el uso de nuestras facultades, se debió sin duda a que atribuimos en seguida el espectáculo a al­guna causa natural. Pensamos probablemente en las rocas grotescas del Jardín de los Dioses en Colorado, o en las peñas batidas por el viento y fantásticamente simétricas del desierto de Arizona. Hasta imaginamos quizá que se trataba de un espejismo similar al que habíamos visto al acercarnos por primera vez a aquellas montañas alucinan­tes. Tuvimos que haber elaborado esas normales hipótesis al contemplar aquella meseta ilimitada, marcada por los vientos, y aquel laberinto infinito de rítmicas masas de piedra, geométricamente regulares y de enorme tamaño, que alzaban sus cimas aplastadas sobre un glaciar de no más de ciento cincuenta metros de profundidad.

El efecto que causó entre nosotros aquella escena monstruosa es indescriptible. Era indudable que había allí una clara violación de toda ley natural. Allí, en una me­seta increíblemente antigua, a una altura de seis mil metros, en un clima que había hecho de esta región algo inhabitable durante los últimos quinientos mil años, se extendía, hasta donde llegaba la vista, una acumulación de construcciones que sólo la desesperación podía atribuir a otra causa que a un ser consciente. Habíamos rechazado, desde un comienzo, la idea de que las murallas y cubos de la cordillera no tuviesen un origen natural, y ni siquiera habíamos considerado el asunto. ¿Cómo podía ser de otro modo cuando en la época en que esta región se había con­vertido en un reino helado el hombre apenas se diferen­ciaba de los monos superiores?

Pero ahora algo irrefutable nos sacudía la razón, pues estas masas ciclópeas de bloques cuadrados, curvos y an­gulares tenían ciertas características que impedían todo engaño consolador. Se trataba, muy claramente, de la ciu­dad que se nos había aparecido en aquel espejismo, pero dotada ahora de una realidad objetiva e ineluctable. Aquel maravilloso portento tenía, pues, al fin y al cabo, una base material. Una capa horizontal de polvo de hielo suspen­dida en el aire había servido para que estas construcciones de piedra proyectaran su imagen por encima de las mon­tañas, en virtud de unas simples leyes de reflexión óptica.

Naturalmente, la aparición, retorcida y exagerada, había mostrado algunas cosas que no había en la fuente real; pero ahora, sin embargo, las construcciones nos parecían más amenazadoras y odiosas que aquella imagen distante.

Sólo la increíble o inhumana proporción de esas vas­tas torres y murallas había evitado que desapareciesen destruidas por las ráfagas que habían barrido la meseta durante cientos de miles -o quizá millones- de años. «Corona Mundi… Techo del Mundo…» Las frases más extravagantes nos venían a la boca mientras contemplába­mos el vertiginoso espectáculo. Volvieron a mi mente aquellos horribles mitos primitivos que no podía olvidar desde que había llegado a este mundo antártico: la demo­níaca meseta de Leng, el Mi-Go o abominable hombre de las nieves del Himalaya, los Manuscritos Pnakóticos con sus prehumanas implicaciones, el culto de Cthulhu, el Ne­cronomicon, y las leyendas hiperbóreas acerca del informe Tsathoggua, y la aún más horrible estrella asociada con esa semientidad.

La ciudad se extendía hasta donde alcanzaba la vista, a la derecha y a la izquierda, y a lo largo de los bajos contra­fuertes que la separaban de las montañas, sin cambiar de tamaño. Sólo advertimos una interrupción un poco a la derecha del paso por el que habíamos venido. Nos encon­trábamos, por azar, ante una parte de algo de incalculable extensión. Los primeros contrafuertes estaban salpicados por unas grotescas estructuras de piedra, y unían la terri­ble ciudad a los ya conocidos cubos y muros que eran evi­dentemente los puestos de avanzada de las montañas.

El anónimo laberinto de piedra estaba formado en su mayor parte por murallas de tres a cuarenta metros de al­tura y un metro y medio a tres de espesor. Los grandes bloques de piedra tenían hasta dos metros y medio de largo. Sin embargo, en algunos lugares los muros habían sido labrados directamente sobre una formación precám­brica, y los edificios, de un tamaño muy desigual, se orde­naban como formando inmensos panales o como estruc­turas independientes y más pequeñas. La forma general tendía a ser cónica, piramidal o truncada, aunque había también muchos cilindros y cubos perfectos, racimos de cubos, y otras formas rectangulares. Algunos edificios en forma de estrella sugerían vagamente las fortificaciones modernas. Los constructores habían usado con habilidad y abundancia el principio del arco, y en otro tiempo las cúpulas habían sido quizá numerosas.

El conjunto había sido considerablemente alterado por vientos y lluvias, y en la capa de hielo de la que sur­gían las torres se acumulaban bloques de piedra y restos inmemoriales.          Donde el hielo era transparente podíamos ver las partes más bajas de las gigantescas estructuras, y notamos que varios puentes unían las torres a distintas al­turas del suelo. En los muros exteriores se advertían las huellas de otros puentes desaparecidos. Un examen más atento reveló innumerables ventanas; en algunas se habían petrificado las persianas de madera; otras bostezaban si­niestramente. Muchas de las ruinas, como era natural, ca­recían de techo, y los bordes superiores habían sido re­dondeados por la erosión. Pero algunas construcciones, cónicas, piramidales o protegidas por otros edificios de mayor altura, se conservaban intactas. Con los gemelos de campaña pudimos observar unas decoraciones escultó­ricas dispuestas en bandas horizontales; decoraciones que incluían aquellos curiosos dibujos de puntos cuya presen­cia en las piedras de esteatita verde adquiría ahora un ma­yor significado.

En algunos lugares la capa de hielo había cedido por alguna razón geológica, y las construcciones se habían de­rrumbado. En otros la piedra había sido arrasada hasta el nivel de la capa de hielo. Una larga zona, que se extendía desde el interior de la meseta hasta un acantilado de los contrafuertes, a un kilómetro y medio del paso por el que habíamos venido, estaba totalmente libre de construccio­nes. Tenía que ser, pensamos, el curso de un río que en la época terciaria -hacía millones de años- había atrave­sado la ciudad para desaparecer en algún prodigioso abismo subterráneo de la cadena montañosa. Indudable­mente, ésta era una región de cavernas, hondonadas y subterráneos secretos inaccesibles para el hombre.

Cuando recuerdo nuestro estupor al encontrarnos ante aquel monstruoso sobreviviente de unas épocas que habíamos creído prehumanas, me maravilla pensar que ha­yamos conservado el uso de la razón. No podíamos igno­rar que algo -la cronología, la ciencia, o nuestra propia mente- estaba sufriendo allí una horrible distorsión; sin embargo, logramos mantener el equilibrio necesario como para guiar el aeroplano, observar minuciosamente diversas cosas, y tomar toda una serie de fotografías. En lo que a mí se refiere, fui ayudado por mi vocación cientí­fica, pues a pesar de la inquietud y el temor que me domi­naban, sentía la imperiosa curiosidad de indagar estos an­tiguos secretos, averiguar qué seres habían habitado allí, y qué papel habían desempeñado en el mundo.

Pues ésta no era una ciudad común. Tenía que haber sido el nudo central de un increíble y arcaico capítulo de la historia de la Tierra, cuyas ramificaciones, recordadas vagamente, y sólo en los mitos más oscuros y misteriosos, habían desaparecido de un modo total en el caos de las convulsiones geológicas anteriores a la aparición del hom­bre. Comparada con esta megalópolis paleógena, Atlantis y Lemuria, Commorion y Uzuldaroum, y Olathoé en el país de Lomar, parecían ciudades de hoy, ni siquiera de ayer. La ciudad sólo podía relacionarse con horrores como Valusia, R’lyeh, Ib en la tierra de Mnar, y la ciudad anónima de la Arabia Desierta. Mientras volábamos sobre esa acumulación de torres titánicas mi imaginación rom­pía todos los límites y asociaba fantásticamente este mundo perdido con las pesadillas inspiradas por los suce­sos del campamento.

El depósito de combustible de nuestro avión, para evi­tar un peso excesivo, no había sido llenado del todo. Te­níamos por lo tanto que ser algo prudentes en nuestras exploraciones. Volamos sin embargo bastante tiempo, luego de descender hasta una capa de aire donde apenas se sentían los efectos del viento. La cordillera no parecía tener límites, y lo mismo ocurría con la ciudad de piedra que bordeaba los contrafuertes. Volamos casi cien kiló­metros a la derecha y a la izquierda y no notamos ningún cambio en aquel vasto y pétreo laberinto, extendido co­mo un cadáver sobre los hielos eternos. Había sin em­bargo algunos accidentes de gran interés, como las escul­turas que adornaban el cañón ocupado por el antiguo río. Las paredes de la entrada habían sido esculpidas hasta si­mular dos gigantescos pilones, y los motivos, parecidos a toneles, despertaron en nosotros recuerdos funestos.

Vimos también unos espacios abiertos en forma de es­trella, evidentemente plazas públicas, y notamos varias ondulaciones en el terreno. Las colinas habían sido ahue­cadas y convertidas en algo así como edificios; pero había por lo menos dos excepciones. Una de ellas había sido atacada de tal modo por la erosión que era imposible sa­ber qué se había alzado en su cima; la otra tenía aún un fantástico monumento cónico esculpido directamente en la roca y algo similar a la tan conocida Tumba de la Ser­piente en el antiguo valle de Petra.

Comenzamos a volar hacia el interior de la meseta y comprobamos que la ciudad era mucho menos ancha que larga. Luego de unos cuarenta kilómetros los grotescos edificios empezaron a espaciarse, y diez kilómetros des­pués llegamos a una llanura virtualmente desierta. Más allá de la ciudad el curso del río era una línea ancha en una tierra algo abrupta que parecía elevarse ligeramente hasta desaparecer en una bruma de vapores.

Hasta entonces no habíamos aterrizado, pero no po­díamos concebir la idea de abandonar la meseta sin haber intentado entrar en una de aquellas monstruosas estructu­ras.              Por lo tanto decidimos buscar algún sitio despejado no lejos del paso para bajar allí con el avión y hacer una expedición a pie. Aunque estas pendientes estaban cubier­tas en parte con restos de ruinas, pronto encontramos va­rios lugares apropiados. Elegimos el más cercano al paso y a eso de las 12.30 aterrizamos en un campo de nieve duro y libre de obstáculos de donde podríamos, más tarde, re­montar vuelo con facilidad.

No nos pareció necesario proteger el avión con muros de nieve, pues volveríamos pronto y a esta altura apenas había vientos. Cuidamos solamente de que los esquís de aterrizaje estuviesen bien hundidos en el hielo, y que las partes vitales de la máquina quedaran bien protegidas contra el frío. Nos despojamos de nuestros abrigos más pesados, y llevamos con nosotros un pequeño equipo que consistía en una brújula, una cámara fotográfica, algunas provisiones, libretas de notas y papel, un martillo y un cincel de geólogo, algunos sacos para recoger muestras, rollos de cuerda, y unas poderosas linternas de mano. Ha­bíamos traído este equipo en el avión contando con la po­sibilidad de poder efectuar un aterrizaje, tomar fotogra­fías del suelo, hacer algunos croquis topográficos y obtener algunas muestras de rocas. Por suerte nos so­braba el papel y nos proponíamos romperlo en trozos y dejarlo caer detrás de nosotros para marcar nuestra ruta en algún laberinto en que pudiéramos penetrar. Si no en­contrábamos una caverna sin corrientes de aire, tendría­mos que recurrir al método de hacer señales en las rocas.

Descendimos con precaución por la pendiente de nieve endurecida hasta el laberinto de piedra que se alzaba en el oeste. Teníamos entonces el mismo presentimiento de inminentes maravillas que habíamos sentido al acercar­nos al insondable paso montañoso unas cuatro horas an­tes. En verdad, ya nos habíamos acostumbrado a la pre­sencia de ese increíble secreto oculto tras la barrera de picos; pero la perspectiva de entrar en unos edificios construidos por seres conscientes quizá millones de años atrás -mucho antes de que existiese la raza humana- nos inspiraba, con sus implicaciones de anormalidad cósmica, un angustioso terror. Aunque el aire rarificado de estas al­turas no hacía muy fáciles los movimientos, no tuvimos dificultades en realizar nuestro propósito. Sólo unos pasos nos bastaron para llegar a unas ruinas informes al ni­vel del suelo. Unos cincuenta metros más allá se alzaba un edificio amurallado en forma de estrella de unos tres me­tros de alto. Hacia ella nos dirigimos, y, cuando tuvimos sus bloques ciclópeos al alcance de la mano, sentimos que habíamos establecido un contacto sin precedentes y casi blasfemo con épocas normalmente cerradas y vedadas a los hombres.

Esta construcción, de unos noventa metros de longi­tud máxima, había sido construida con piedras jurásicas de distinto tamaño, de dos a tres metros cuadrados de su­perficie. Unas ventanas con arco, de un metro de ancho y uno y medio de altura, se alineaban simétricamente a lo largo de las puntas de la estrella, en los ángulos interiores, y a un metro de la capa de hielo. Al mirar a través de esas aberturas observamos que las paredes eran de un metro y medio de espesor y que el interior de las mismas estaba adornado con esculturas dispuestas en bandas horizonta­les. Aunque tenían que haber existido originalmente par­tes más bajas, la capa de hielo y nieve impedía compro­barlo.

Entramos en una de las ventanas y tratamos vana­mente de descifrar los casi horrendos dibujos de los mu­ros; pero no intentamos horadar el hielo del piso. Había­mos advertido desde lo alto que en muchos edificios había menos hielo que en éste; si lográbamos entrar en al­guno de los que aún conservaban el techo, encontraría­mos quizá interiores libres de obstáculos. Antes de dejar el recinto lo fotografiamos cuidadosamente y estudiamos con estupor los bloques titánicos desprovistos de ce­mento. Deseamos que Pabodie hubiese venido con noso­tros, pues sus conocimientos de ingeniería podían haber­nos ayudado a saber cómo habían sido movidos aquellos bloques en una época increíblemente lejana.

El trayecto de un kilómetro que recorrimos hasta lle­gar a la ciudad, mientras los vientos rugían vanamente en­tre los picos, nunca se me borrará de la memoria. Aque­llos efectos ópticos sólo eran concebibles en una pesadilla. Entre nosotros y el torbellino de vapores del oeste se al­zaba aquel monstruoso conglomerado de oscuras torres de piedra que volvía a impresionarnos como algo nunca visto cada vez que cambiaba la perspectiva. Era un espe­jismo de piedra sólida, y si no fuese por las fotografías du­daría aún de su existencia. El tipo general de las construc­ciones era idéntico al de aquel primer edificio; pero las formas extravagantes que adquiría en su manifestación ur­bana superaban cualquier posible descripción.

Esas fotografías no ilustran, por otra parte, sino una fase o dos de la infinita variedad, la masa, y lo insólito de las construcciones. Había formas geométricas para las que Euclides apenas hubiese encontrado nombre: conos trun­cados a muy diversas alturas y con todas las irregulari­dades imaginables, terrazas provocativamente despro­porcionadas, agujas con raras protuberancias bulbosas, columnas rotas en curiosos grupos, estrellas grotescas de cinco brazos. A medida que nos acercábamos podíamos ver bajo el hielo transparente algunos de los puentes tu­bulares que unían entre sí, a diversas alturas, los edificios irregularmente distribuidos. No parecía haber calles; el único espacio abierto se encontraba a la izquierda, a un kilómetro de distancia, en el lugar donde el río había atra­vesado la ciudad en su camino hacia las montañas.

Nuestros gemelos de campaña mostraban que las ban­das horizontales de esculturas y puntos, casi borradas, eran muy abundantes, y casi podíamos imaginar el as­pecto que la ciudad había tenido en otra época. El con­junto había sido una compleja acumulación de callejuelas y avenidas retorcidas, algunas de ellas casi túneles a causa de lo numeroso de los puentes. Ahora, extendida ante no­sotros, se alzaba como un sueño fantástico recortado con­tra una niebla oriental en cuyo extremo norte el sol bajo y rojizo se esforzaba por lanzar algunos rayos. Y cuando, por un momento, el astro encontraba algunas nubes más densas, la escena se poblaba de sombras y adquiría un as­pecto no sé por qué amenazador. Hasta el sonido del viento en las montañas parecía tener un carácter de vo­luntaria malignidad.

Un poco antes de llegar a la ciudad, la pendiente se hizo más abrupta, y un amontonamiento de bloques de piedra nos hizo pensar que allí se había alzado en otro tiempo una terraza. Bajo la capa de hielo, discurrimos, te­nía que haber unos escalones o algo equivalente.

Cuando llegamos al fin a la ciudad misma, arrastrán­donos sobre los restos de unos muros, y estremeciéndo­nos ante la proximidad de aquellos edificios quizá tamba­leantes, nuestras sensaciones fueron tales que aún hoy me maravilla que hayamos podido conservar la serenidad. Danforth estaba francamente nervioso, y comenzó a for­mular unas hipótesis fuera de lugar a propósito de los su­cesos del campamento. Yo mismo no podía dejar de sen­tir que la supervivencia de esta antiquísima pesadilla imponía ciertas conclusiones. Pero Danforth era excesiva­mente imaginativo, y en una calle cubierta de escombros creyó ver unas huellas sospechosas. De cuando en cuando se detenía para escuchar, según él, un sonido semejante al del viento en las montañas, pero, lo que era perturbador, también diferente. La incesante presencia de aquella estre­lla de cinco puntas, tanto en la planta de los edificios como en los pocos arabescos que aún había en los muros, tenía algo de siniestro que no podíamos olvidar, y nos de­jaba entrever, aunque en nuestro subconsciente, la natura­leza de los constructores de esta ciudad maléfica.

Sin embargo, nuestras mentes curiosas no estaban pa­ralizadas, y recogimos mecánicamente unas muestras de diferentes rocas. Hubiésemos deseado una colección más completa para verificar la edad del lugar. Nada en las pa­redes parecía posterior a las épocas jurásica y cománchica, y no encontramos en todo el lugar una sola piedra que no fuese anterior a la edad pliocena. La muerte reinaba en aquel sitio desde hacía por lo menos quinientos mil años, o quizá más.

Mientras avanzábamos por este laberinto de piedras sombrías, nos detuvimos en todas las aberturas a nuestro alcance para estudiar los interiores y ver si era posible en­trar. Algunas estaban muy arriba, y otras conducían a unos restos cubiertos de hielo. Una de ellas, particular­mente espaciosa, se abría sobre un abismo en apariencia sin fondo y sin ningún medio de descenso visible. A veces se nos presentaba la ocasión de estudiar la madera de las persianas y quedábamos impresionados ante su fabulosa antigüedad. Procedía sin duda de coníferas y gimnosper­mas mesozoicas -especialmente cicadáceas cretáceas- y palmeras y angiospermas del período terciario. Nada pu­dimos descubrir que fuese posterior a la época pliocénica. Las maderas habían sido ajustadas a las piedras, lo que explica que hubiesen sobrevivido a las piezas metálicas roídas por el óxido, y de las que aún se veían curiosas señales.

Luego de un tiempo cruzamos ante una fila de venta­nas -en uno de los brazos de una estrella colosal- que daban a una vasta habitación, pero el piso era demasiado bajo como para descender sin la ayuda de una cuerda. Disponíamos de ella, pero mientras no fuese necesario no queríamos realizar un descenso de más de seis metros, ya que el aire rarificado nos fatigaba bastante. Esta habita­ción enorme había sido sin duda una sala de reuniones, y nuestras linternas eléctricas revelaron la presencia de unas sorprendentes esculturas, dispuestas en los muros en ban­das horizontales y separadas por otras bandas de arabes­cos.

Tomamos cuidadosa nota del lugar, decidiendo que si no encontrábamos otro más accesible entraríamos aquí.

Al fin descubrimos la entrada que buscábamos: un arco de dos metros de anchura y tres de alto, extremo de un puente que se alzaba a un metro y medio de la capa de hielo. El pasaje daba a un piso superior que todavía existía. El edificio accesible estaba formado por una serie de terrazas rectangulares situadas a nuestra izquierda y que miraban al oeste. Del otro lado de la avenida, en el ex­tremo opuesto del puente, se veía un decrépito cilindro sin ventanas y con un curioso abultamiento a unos tres metros por encima del arco. El interior era muy sombrío, y la abertura parecía dar a un pozo de profundidad incal­culable.

Un montón de escombros facilitaba el acceso al edifi­cio situado a nuestra izquierda, pero dudamos un instante antes de aceptar esta ocasión tan deseada. Pues aunque nos hubiésemos atrevido a penetrar en este arcaico labe­rinto, era necesario tener más audacia aún para deslizar­nos en el interior de una de las casas. La naturaleza terro­rífica de este mundo era cada vez más evidente. Al fin, sin embargo, nos hicimos de coraje y entramos por la aber­tura. Nos encontramos en una habitación de suelo ajedre­zado que parecía la antesala de otra larga habitación de muros esculpidos.

Observamos que en la habitación se abrían numerosos pasajes, y comprendiendo que la distribución de los cuar­tos podía ser de una complejidad excesiva, decidimos re­currir a los trozos de papel. Hasta ese instante nos habían bastado las brújulas, junto con frecuentes ojeadas a las ci­mas que asomaban entre las torres; pero desde ahora ten­dríamos que recurrir a algo más. Cortamos por lo tanto nuestra provisión de papel en trozos de tamaño conve­niente, los colocamos en un saco que llevaría Danforth, y nos dispusimos a usarlos con toda la economía posible. Este método evitaría sin duda que nos extraviásemos, pues en el interior de la casa no parecía haber corrientes de aire. Si no fuese así, o se nos terminara la provisión de papel, recurriríamos al método de marcar las rocas.

Era imposible adivinar cuánto andaríamos. Las cone­xiones que unían tan frecuentemente los distintos edifi­cios hacían suponer que pasaríamos de uno a otro por puentes situados bajo la capa de hielo. Ésta, en apariencia, apenas había penetrado en las macizas construcciones. A través del hielo transparente habíamos visto que casi no había ventanas abiertas, como si la ciudad hubiese sido abandonada voluntariamente en ese estado cuando la capa de hielo comenzó a cristalizar las partes más bajas. ¿Se había previsto la llegada del hielo, y la población se había retirado en busca de un refugio más apropiado? Era imposible saber por ahora cómo se había formado esa capa helada. Quizá tenía como origen la presión acumu­lada de la nieve; o las aguas, fuera de cauce, del río vecino; o el descenso de algún glaciar de la cordillera. Todo era posible en este lugar.

– Capitulo 6 –

Sería realmente excesivo dar un relato detallado y com­pleto de nuestras andanzas por el interior de aquella aban­donada y cavernosa colmena; aquel cubil monstruoso de secretos primitivos cuyos ecos se alzaban ahora por pri­mera vez después de innumerables años de silencio, ante las pisadas de unos seres humanos. Esto es especialmente cierto a causa de que la horrible revelación surgió del mero estudio de los muros esculpidos. Las fotografías se­rán por eso muy útiles para probar la verdad de mis afir­maciones. Lamentablemente, no disponíamos de mucha película virgen. Cuando se nos terminó, nos contentamos con dibujar en nuestras libretas algunos de los bajorrelie­ves más notables.

El edificio en que habíamos entrado era de gran ta­maño y complejidad, y nos dio una singular idea de la ar­quitectura de aquel anónimo pasado. Las paredes interio­res eran menos macizas que las exteriores, pero en los pisos más bajos se habían conservado muy bien. Era aquél un verdadero laberinto, con diferencias curiosamente irregulares entre un piso y otro, y sin aquellos pedazos de papel, sin duda nos habríamos extraviado. Decidimos ex­plorar ante todo las partes superiores más dañadas; una ascensión de treinta metros nos llevó a la cima del edifi­cio. Allí una hilera de cuartos sin techo y cubiertos de nieve se abría bajo el cielo polar. Llegamos a esa cima por medio de rampas o planos inclinados que hacían en todas partes las veces de escaleras. Los cuartos tenían las formas y proporciones más variadas: estrellas de cinco puntas, triángulos y cubos perfectos. Todos medían, general­mente, nueve metros por nueve de superficie, y unos seis metros de altura. Había sin embargo habitaciones mayo­res. Después de examinar cuidadosamente las partes más elevadas, descendimos, piso por piso, a los cuartos infe­riores y nos encontramos en una verdadera confusión de salones y pasillos unidos entre sí, que cubría sin duda un área superior a la del edificio mismo. Las proporciones ci­clópeas de todo aquello se hicieron muy pronto curiosa­mente opresivas. Había algo de profundamente inhumano en los contornos, la decoración y las sutilezas arquitectó­nicas de esta construcción de monstruosa antigüedad. El estudio de las esculturas nos reveló muy pronto que el la­berinto tenía varios millones de años de existencia.

Aún hoy me es imposible explicar qué principios me­cánicos presidían el equilibrio y la disposición de aquellas, vastas masas de roca; aunque los constructores habían re­currido frecuentemente a los principios del arco. Los cuartos que visitamos estaban totalmente desprovistos de muebles, circunstancia que parecía probar que la ciudad había sido abandonada voluntariamente. El motivo prin­cipal de decoración eran aquellas esculturas esculpidas en casi todos los muros. Estaban dispuestas, generalmente, en bandas horizontales de casi un metro de ancho, que al­ternaban con otras bandas de tamaño similar y de arabes­cos geométricos. A menudo, sin embargo, en las bandas de arabescos se habían incluido unas cartelas lisas con unos curiosos grupos de puntos.

La técnica, como comprobamos en seguida, era de una rara perfección, y revelaba una civilización desarro­llada hasta el más alto grado, aunque totalmente ajena a la tradición artística de la raza humana. En delicadeza de ejecución ninguna escultura de las que yo había visto hasta entonces podía equiparársele. Los menores detalles de la vida vegetal o animal habían sido reproducidos con una fidelidad prodigiosa, a pesar de la vastedad de la es­cala, y los dibujos convencionales eran maravillas de com­pleja delicadeza. En los arabescos se advertía un uso pro­fundo de principios matemáticos, y consistían en curvas y ángulos oscuramente simétricos basados en el número cinco. Las esculturas, ejecutadas según una muy curiosa perspectiva, eran de un vigor tal que nos conmovieron profundamente a pesar del abismo de años que las sepa­raba de nuestra época. La técnica se basaba en una singu­lar disposición de la sección transversal con la silueta de dos dimensiones, y revelaba una psicología analítica des­conocida para todos los pueblos de la antigüedad. Es inú­til comparar este arte con cualquiera de los representados en nuestros museos. Los que vean las fotografías le encon­trarán una cierta similitud con el de algunos futuristas.

Los arabescos consistían en unos surcos grabados cuya profundidad, en las piedras no desgastadas por la erosión, era de unos tres a cinco centímetros. Las cartelas adornadas de grupos de puntos -evidentemente inscrip­ciones en un alfabeto desconocido- formaban unas de­presiones de unos cuatro centímetros, y los puntos de dos. El fondo de las esculturas era un bajorrelieve, a unos cinco centímetros de la superficie original de la pared. En algunos casos podían notarse ciertas huellas de color, aun­que en la mayor parte el tiempo había borrado todo pig­mento. Cuanto más se estudiaba la técnica de esas esculturas, tanto mas se las admiraba. Por encima de las con­venciones, muy estrictas, era posible distinguir la habili­dad y el minucioso poder de observación del creador, y en verdad las convenciones mismas servían para acentuar la esencia real de cada uno de los objetos representados. Sentimos, también, que fuera de esas reconocibles exce­lencias había otras que superaban los límites de nuestra percepción. Ciertos signos, aquí y allí, insinuaban unos símbolos y significaciones que para otras mentes y otros sentidos debían tener un profundo y expresivo valor.

El tema de esas esculturas era sin duda la vida en la época en que habían sido creadas, y se referían en gran parte a acontecimientos históricos. Esta última y peculiar circunstancia nos daba la posibilidad de informarnos acerca de aquella raza antiquísima, y por ese motivo nos dedicamos principalmente a fotografiar y a dibujar. En algunas de las habitaciones había varios mapas y cartas astronómicas, y otros dibujos científicos a gran escala; todos corroboraban terriblemente la verdad de lo que ha­bíamos creído ver en las estatuas y frisos. Hoy sólo puedo esperar que mis relatos no despierten una curiosidad más grande que toda precaución. Sería realmente trágico que alguien osara visitar ese reino de muerte y horror impul­sado por esta misma advertencia.

En los muros esculpidos se abrían grandes ventanas y puertas macizas de tres metros y medio de altura; unas y otras conservaban a veces sus paneles y persianas de ma­dera petrificada -esculpida y pulida minuciosamente-. Todas las partes metálicas habían desaparecido, pero las puertas se mantenían en algunos casos en su lugar y tuvi­mos que hacerlas a un lado. En las ventanas era posible advertir de cuando en cuando la presencia de un curioso material transparente. Había también algunos nichos de gran tamaño, generalmente vacíos, pero que a veces guar­daban unos objetos de esteatita. Los otros orificios forma­ban parte sin duda de sistemas de iluminación y ventila­ción acerca de los cuales las esculturas nos habían dado una vaga idea. Los cielos rasos eran comúnmente lisos, pero en algunos había habido unas losas de esteatita verde ahora en el suelo. Los suelos estaban también adornados con esas losas, aunque predominaba la piedra desnuda.

Como he dicho, faltaban todos los muebles: pero las esculturas se referían a unos extraños aparatos que habían llenado una vez estas salas donde resonaban ahora los ecos de las tumbas. Por encima del nivel de la capa de hielo los picos estaban generalmente cubiertos de detritos y restos de toda especie; pero más abajo apenas había obs­táculos. Los cuartos y pasillos inferiores tenían sólo una capa de polvo, y a veces daban la impresión de haber sido barridos no hacía mucho. Como es natural, donde había habido algún derrumbe los cuartos inferiores estaban tan cubiertos de escombros como los superiores. Un patio central -como en otros edificios que habíamos vislum­brado desde el aire- evitaba que en las habitaciones inte­riores reinasen las sombras. En las salas altas, por lo tanto, apenas teníamos que usar nuestras linternas, salvo para estudiar los detalles de las esculturas. Pero bajo la capa de hielo escaseaba la luz, y en los pisos inferiores había una oscuridad absoluta.

Para dar aunque sea una idea rudimentaria de nues­tros pensamientos y sensaciones al penetrar en este labe­rinto, vacío y silencioso desde hacía millones de años, ten­dría que describir un increíble caos de impresiones y recuerdos fugaces. La antigüedad aterradora y la mortal desolación del lugar hubiesen abrumado a cualquier per­sona sensitiva; pero es necesario añadir los inexplicables horrores del campamento, y las revelaciones que nos pro­porcionaron demasiado pronto las terribles esculturas murales. En el mismo instante en que llegábamos a una sección perfectamente conservada, comprendimos la ho­rrorosa verdad, una verdad que Danforth y yo habíamos sospechado, es cierto, independientemente, pero que no nos habíamos atrevido a insinuar en voz alta. No pudimos tener ya ninguna duda misericordiosa acerca de la natura­leza de los seres que habían construido y habitado esta ciudad hacía millones de años, cuando los antecesores del hombre eran aún mamíferos primitivos, y los enormes di­nosaurios se paseaban por las estepas tropicales de Asia y Europa.

Habíamos insistido en pensar hasta entonces, y para nosotros mismos, que la constante presencia del motivo de las cinco puntas tenía un único significado: la exalta­ción cultural o religiosa de un objeto natural arqueano de forma similar. Así el motivo principal del arte decorativo en la Creta micénica había sido la figura de un toro, el de Egipto la de un escarabajo, el de Roma las de un lobo y un águila, y el de las tribus salvajes las de algún animal toté­mico. Pero ahora nos veíamos obligados a enfrentarnos con una idea que el lector de estas páginas ya ha sospe­chado probablemente. Apenas- me atrevo a transcribirla en negro sobre blanco, pero quizá no tenga que hacerlo.

Las criaturas que habían habitado y construido esta terrible ciudad en la edad de los dinosaurios no eran cier­tamente dinosaurios, sino algo peor. Los dinosaurios eran una raza joven, desprovista de inteligencia; pero los cons­tructores de la ciudad eran sabios y viejos, y habían de­jado ciertas huellas en rocas que databan de mil millones de años atrás. En esa época la única vida terrestre era unas agrupaciones celulares, y no existía en realidad una verda­dera vida. Estas criaturas tenían que ser los hacedores y los amos de esa vida, y en ellos se habían originado sin duda aquellos mitos a los que se refieren obras como los Manuscritos Pnakóticos y el Necronomicon. Eran éstos los «Grandes Antiguos», que habían descendido de las es­trellas cuando la Tierra era joven; seres cuya sustancia se había formado a través de una misteriosa evolución, y cu­yos poderes no parecían tener límites. Y pensar que la vís­pera Danforth y yo habíamos contemplado unos frag­mentos de esa sustancia, y que el pobre Lake y sus com­pañeros habían visto sus cuerpos intactos.

Me es naturalmente imposible narrar en su orden las etapas que recorrimos antes de llegar a nuestro conoci­miento actual de ese monstruoso capítulo de la vida pre­humana. Luego del aturdimiento de la primera revelación, tuvimos que descansar un rato, y ya eran las tres de la tarde cuando iniciamos nuestra investigación sistemática. Las esculturas del edificio pertenecían a una edad relativa­mente tardía -quizá de hacía dos millones de años- a juzgar por los datos biológicos, geológicos y astronómi­cos que proporcionaban, y eran de un estilo que podría llamarse decadente por comparación con las obras que encontramos en edificios más viejos luego de cruzar unos puentes sumergidos. Uno de esos edificios, labrado en la misma roca, tenía una antigüedad de por lo menos cin­cuenta millones de años -o sea del eoceno inferior o el cretáceo superior- y contenía unos bajorrelieves de cali­dad excepcional.

Si no fuese por las fotografías, que pronto serán cono­cidas por todo el mundo, me resistiría a hablar de mis des­cubrimientos, ya que corro el peligro de que me encierren en un manicomio. Por supuesto, las partes más antiguas de la historia que alcanzamos a descifrar -y que represen­taban la vida preterrestre de los seres de cabeza de estrella en otros planetas, otras galaxias y otros universos- pue­den ser interpretadas con facilidad como cuentos mitoló­gicos de estos mismos seres: pero tales fragmentos in­cluían a veces mapas y diagramas tan increíblemente similares a los últimos descubrimientos de la matemática y la astrofísica que yo apenas sabía qué pensar. Dejaré que otros decidan cuando aparezcan las fotografías.

Como es natural, cada uno de los grupos de esculturas con que nos encontrábamos relataba sólo una fracción de la historia, y ésta sólo pudo ser reconstruida más tarde. Algunas de aquellas salas describían episodios independientes, mientras que en otros casos una crónica ininte­rrumpida se sucedía de habitación en habitación y de co­rredor en corredor. Los mejores mapas y diagramas se en­contraban en una habitación abismal, situada muy por debajo del viejo nivel del suelo: una caverna de unos se­senta metros cuadrados y de unos veinte metros de altura que tenía que haber servido como centro educativo. En las distintas habitaciones y edificios había repeticiones exasperantes, y algunos capítulos de la historia eran sin duda los favoritos de los artistas y los ocupantes de la casa. A veces, sin embargo, varias versiones del mismo tema servían para llenar lagunas y aclarar puntos oscuros.

Me maravilla aún que hayamos podido descubrir tan­tas cosas en tan poco tiempo. Por supuesto, todavía ahora no tenemos más que una idea muy general, y nuestras in­formaciones más precisas fueron obtenidas gracias al estu­dio posterior de las fotografías y los croquis. La actual de­presión nerviosa de Danforth pudo tener como causa este estudio -los recuerdos de aquellas escenas y de la impre­sión que causaron en nosotros- y aquel supuesto- horror que no ha querido revelar. Pero este estudio era indispen­sable; no podríamos hacer la menor advertencia sin dar toda la información posible, y esa advertencia es sin duda de una imperiosa necesidad. Ciertas influencias todavía presentes en esa Antártida, donde el tiempo y las leyes de la naturaleza parecen sufrir una extraña deformación, nos han convencido de que debemos desanimar a todos los posibles exploradores.

– Capitulo 7 –

Todo lo que sabemos Danforth y yo aparecerá próxima­mente en el boletín oficial de la Universidad de Miskato­nic. Así que me contentaré con esbozar aquí nada más que lo principal. Mito o realidad, las esculturas narran la lle­gada a la Tierra todavía sin vida de esos seres de cabeza de estrella y de otros que de cuando en cuando se deciden a explorar el universo. Aparentemente son capaces de atra­vesar el espacio interestelar con la ayuda de sus grandes alas membranosas, y se confirma así la historia que me na­rró hace años un colega universitario. Durante un tiempo vivieron en las profundidades del mar, construyendo ciu­dades fantásticas y librando feroces batallas con enemigos anónimos mediante el empleo de complicados aparatos que usaban principios desconocidos de energía. Evidente­mente, sus conocimientos mecánicos y científicos sobre­pasaban a los del hombre actual, aunque recurrían a sus aplicaciones más elaboradas sólo cuando se veían obliga­dos a ello. Algunas de las esculturas sugerían que en algún lejano planeta habían pasado por una era mecánica, aban­donada más tarde por ser emocionalmente insatisfactoria. Gracias a la resistencia de sus órganos y la simplicidad de sus necesidades naturales podían llevar una vida del más alto nivel sin el auxilio de la manufactura especializada.

En el mar, primero para alimentarse y luego con otros propósitos, crearon las formas originales de la vida terres­tre a partir de sustancias que conocían desde hacía mucho tiempo. Luego de haber aniquilado a varios enemigos cós­micos se dedicaron a los experimentos más complicados. Habían hecho lo mismo en otros planetas, no conten­tándose solamente con elaborar alimentos, sino también ciertas masas protoplásmicas capaces de transformar sus tejidos en toda clase de órganos bajo influencias hipnóti­cas. Estas masas eran así perfectos esclavos, encargados de las labores más pesadas. (Se trataba sin duda de las criatu­ras viscosas que Abdul Alhazred llama Ksoggoths» en su terrible. Necronomicon, aunque aquel árabe loco no insi­nuó jamás que hubiesen existido en la Tierra, excepto en los sueños de quienes masticaban cierta hierba alcaloidea.) Cuando los Antiguos de cabeza de estrella lograron sintetizar sus principales alimentos y difundieron por el mundo un buen número de soggoths, dejaron que otros grupos celulares evolucionaran libremente, eliminando a aquellos que podían traer dificultades.

Con la ayuda de los soggoths, capaces de levantar pe­sos prodigiosos, las pequeñas ciudades submarinas se transformaron pronto en vastos e imponentes laberintos de piedra, no muy distintos de los que más tarde fueron construidos en la superficie. Los Antiguos habían llevado durante largo tiempo, en otros planetas, una vida terres­tre, y sabían cómo construir en tierra firme. Mientras estudiábamos la arquitectura de esas ciudades paleógenas, incluso la de aquella cuyos corredores habíamos visitado, nos impresionó una curiosa coincidencia que hasta enton­ces no habíamos tratado de explicar. Las cimas de las ca­sas, que en la ciudad antártica habían desaparecido hacía ya mucho tiempo, aparecían en los bajorrelieves con finas agujas, delicados ápices piramidales y cónicos, y termina­ciones cilíndricas coronadas por discos horizontales. Esto es exactamente lo que había mostrado aquel espejismo na­cido de una ciudad donde esos adornos existían desde ha­cía miles de años.

De la vida de los Antiguos, tanto en el mar como en la tierra, podrían escribirse volúmenes. Aquellos que vivían en el agua habían conservado el uso de los ojos (situa­dos en las puntas de los cinco tentáculos de la cabeza), y habían cultivado las artes de la escultura y la escritura casi como los terrestres. La escritura se practicaba con un esti­lete en superficies blandas e impermeables. Los que vivían en los abismos, aunque dotados de un curioso órgano fos­forescente para darse luz, completaban su visión con unos sentidos muy especiales situados bajo el vello prismático de la cabeza. Con estos sentidos podían prescindir de la luz. En las formas de la escultura y la escritura había va­riantes que implicaban diversos procesos químicos -pro­bablemente para dar a los objetos una luz fosforescente­ que los bajorrelieves no aclaraban del todo. Estas criatu­ras se movían en el agua en parte nadando -con la ayuda de los brazos laterales- y en parte arrastrándose sobre los tentáculos inferiores. Ocasionalmente recurrían al uso au­xiliar de dos o más pares de aquellas alas plegables. En tie­rra usaban los tentáculos, pero de cuando en cuando vola­ban a grandes alturas y cubrían largas distancias ayudados por las alas. Las terminaciones de los brazos eran infinita­mente delicadas, flexibles, fuertes y precisas, y cumplían hábilmente cualquier operación artística o manual.

La solidez de sus cuerpos era casi increíble. Ni si­quiera las enormes presiones submarinas alcanzaban a cau­sarles daño. Muy pocos parecían morir, excepto por causa violenta, y no había cementerios. El hecho de que ente­rraran los cadáveres -inhumados verticalmente- bajo túmulos de cinco puntas despertó en Danforth y en mí una horrorosa asociación de ideas. Se multiplicaban por medio de esporas como vegetales pteridolitos, pero, de­bido a su prodigiosa resistencia y longevidad, no preconi­zaban el desarrollo de otros protalos excepto cuando ha­bía nuevas tierras que colonizar. Los jóvenes maduraban rápidamente y recibían una educación cuya naturaleza era difícil concebir. La vida intelectual y estética estaba muy desarrollada, y daba como resultado la tenaz persistencia de unas costumbres e instituciones que describiré con ma­yor abundancia en mi próxima monografía. Ellas variaban de acuerdo con el lugar de residencia -tierra o mar-, pero eran esencialmente idénticas.

Aunque capaces, como los vegetales, de alimentarse de sustancias inorgánicas, eran preferentemente carnívo­ros. En el mar comían animales marinos crudos, pero en tierra cocinaban sus alimentos. Cazaban animales salvajes y criaban ganado, y mataban a unos y otros con unas ar­mas cuyas curiosas huellas, en ciertos huesos fósiles, ya habían sido advertidas por nuestra expedición. Resistían maravillosamente todas las temperaturas, y podían vivir en el agua helada. Sin embargo, cuando llegaron los gran­des fríos del pleistoceno -hace un millón de años- los que habitaban en tierra firme tuvieron que recurrir a me­didas especiales -incluso métodos de calefacción-, hasta que al fin la temperatura los obligó a refugiarse en el mar. En la época de sus luchas prehistóricas en el espacio, de­cía la leyenda, eran capaces de absorber ciertas sustancias químicas, libres de las necesidades y condiciones natura­les; pero en el tiempo de los grandes fríos habían olvidado cómo hacerlo.                 De cualquier modo, no hubiesen podido prolongar ese estado artificial indefinidamente sin sufrir daño.

Como no se acoplaban, y eran de estructura semivegetal, carecían de toda vida familiar basada en leyes biológi­cas; pero organizaban vastos habitáculos en los que se agrupaban -según dedujimos de las ocupaciones y diver­siones que mostraban las esculturas- de acuerdo con su afinidad mental. Al amueblar las habitaciones instalaban todo en el centro, y reservaban los muros para la decora­ción. La luz, en tierra firme, era obtenida por medio de un dispositivo de naturaleza probablemente electroquímica. Tanto en tierra como en el mar usaban curiosas mesas, si­llas y cilindros donde descansaban de pie, con los tentácu­los plegados, y unos estantes donde alineaban las planchas punteadas que eran sus libros.

El sistema de gobierno era evidentemente complejo, y de estructura quizá socialista, aunque las esculturas que vimos no permiten afirmarlo con seguridad. Había un co­mercio abundante, tanto local como entre los diferentes centros poblados, y unas piedrecitas de esteatita verde, de forma de estrella e inscritas, servían de dinero. Aunque la cultura era principalmente urbana, existían también una ganadería y una agricultura florecientes. Había además, aunque en una escala menor, industria minera y manufac­turera. Los viajes eran muy comunes, pero no se realiza­ban migraciones salvo con motivo de vastos movimientos de colonización. No usaban ningún medio de transporte, pues tanto en el agua como en la tierra y el aire parecían capaces de desarrollar por sus propios medios una gran velocidad. Sin embargo, las cargas eran transportadas por bestias: soggoths bajo el agua, y una gran variedad de ver­tebrados primitivos en los últimos años pasados en tierra firme.

Estos vertebrados, lo mismo que una infinidad de otras formas de vida -animal, vegetal, marina, terrestre y aérea-, eran producto de una evolución no dirigida que actuaba sobre las células creadas por los Grandes Anti­guos. Se había permitido que se desarrollaran libremente por no haberse rebelado nunca contra sus amos. Los orga­nismos de difícil dominación, como es natural, fueron ex­terminados mecánicamente. Nos llamó la atención ver que en las últimas y más decadentes esculturas aparecían unos mamíferos usados a veces como alimento y otras como divertidos bufones, y cuyos rasgos simiescos y hu­manos eran indudables. En la construcción de las ciuda­des terrestres los grandes bloques de piedra de los edifi­cios habían sido alzados generalmente por pterodáctilos de una especie desconocida para nuestros paleontólogos.

El modo como los Antiguos sobrevivieron a diversos cambios geológicos y a las convulsiones de la corteza te­rrestre era casi un milagro. Aunque ninguna de sus prime­ras ciudades había llegado a la edad arqueana, ni la civili­zación ni la transmisión de los registros se habían interrumpido. En un principio, recién llegados al planeta, se habían instalado en el océano Antártico, poco tiempo después de que la materia de que está formada la Luna hu­biese sido arrancada al Pacífico Sur. En esa época, según un bajorrelieve, todo el globo terrestre estaba bajo el agua, y las ciudades de piedra se extendían más y más al­rededor de la Antártida. En otro mapa se veía una gran extensión de terreno alrededor del Polo Sur, donde algu­nos de los seres se habían instalado en forma experimental, aunque los centros principales habían sido transferi­dos al fondo del mar más próximo. Mapas posteriores, que mostraban la tierra como hendida y flotante, con ciertas partes que iban hacia el norte, apoyaban de un modo asombroso las teorías sobre la migración de los continentes sostenida entre nosotros por Taylor, Wegener y Joly.

Con la aparición de un nuevo continente en el Pací­fico sobrevinieron tremendos acontecimientos. Algunas de las ciudades marinas fueron destruidas, pero eso no fue lo peor. Otra raza (formada por criaturas similares a pul­pos y que pertenecía quizá a la progenie de Cthulhu) des­cendió de la infinitud cósmica y desencadenó una guerra que por un tiempo hizo que todos los Antiguos tuvie­ran que esconderse en el fondo del mar: golpe terrible si se tiene en cuenta que las colonias terrestres eran cada vez más numerosas. Más tarde se llegó a un acuerdo y la pro­genie Cthulhu se refugió en las tierras nuevas mientras que los Antiguos se reservaban el océano y las tierras de más edad. Fueron fundadas nuevas ciudades en tierra firme; la mayoría en la Antártida, pues esta región era sa­grada en virtud de que en ella habían puesto pie por pri­mera vez en el planeta. Desde entonces la Antártida fue el centro de la civilización de los Antiguos, y todas las ciu­dades construidas allí por la progenie de Cthulhu desapa­recieron. Luego, de pronto, las tierras del Pacífico volvie­ron a hundirse, y con ellas la terrible ciudad de piedra de R’lyeh y todos los pulpos cósmicos, de modo que los An­tiguos fueron otra vez amos únicos del planeta a pesar del vago temor que los oprimía continuamente y del que no se atrevían a hablar. Siglos más tarde sus ciudades cubrían la mayor parte del globo, y éste es el motivo por el que re­comendaré en mi próxima monografía que algunos ar­queólogos efectúen excavaciones con el aparato de Pabo­die en ciertas regiones muy separadas entre sí.

Las migraciones se realizaron entonces, y casi cons­tantemente, desde el mar a la tierra. Ante todo habían aparecido nuevos continentes e islas. Por otra parte los soggoths se mostraban cada vez más rebeldes. Con el paso del tiempo, como confesaban tristemente las esculturas, el arte de crear nueva vida a partir de la materia inorgánica se había perdido, de modo que los Antiguos tenían que depender de las formas ya existentes. Los grandes reptiles terrestres eran extremadamente dóciles, pero los sog­goths, que se reproducían por fisión y adquirían un grado peligroso y accidental de inteligencia, representaron du­rante un tiempo un problema enorme.

Habían sido siempre gobernados por medio de la su­gestión hipnótica, y habían modelado su sustancia plás­tica en diversos miembros y órganos provisionales; pero ahora ejercían esta facultad de un modo a veces indepen­diente, aunque imitando las formas sugeridas antes. Pare­cían haber adquirido un cerebro cuyos poderes volitivos eran un eco de la mente de los Antiguos, pero capaz de desobedecerles de cuando en cuando. Las imágenes escul­pidas de estos soggoths nos llenaron a Danforth y a mí de repugnancia y terror. Eran comúnmente entidades infor­mes, constituidas por una jalea viscosa similar a una aglu­tinación de burbujas; cuando tenían una forma esférica alcanzaban un diámetro de casi cinco metros. Sin embar­go, cambiaban continuamente de forma y volumen, for­mando órganos visuales, auditivos y de lenguaje imitados de los de sus amos ya espontáneamente o por sugestión.

Hacia mediados de la edad pérmica -cincuenta millo­nes de años atrás- se hicieron particularmente intratables y hubo que librar contra ellos una verdadera guerra. Las imágenes de esta guerra -en la que los soggoths decapita­ban a sus víctimas y las dejaban cubiertas de una baba vis­cosa- horrorizan todavía a pesar del abismo del tiempo. Los Antiguos habían empleado contra los rebeldes unas curiosas armas moleculares y atómicas, y habían alcan­zado al fin una victoria completa. Luego, según las esculturas, habían domado a los soggoths así como los va­queros domaron a los caballos salvajes en el oeste norteamericano. Pero durante la rebelión los soggoths ha­bían desarrollado la capacidad de vivir fuera del agua, ca­pacidad que no se les había inculcado, pues en tierra firme su utilidad era menor que las dificultades que presenta­ba su manejo.

Durante la edad jurásica los Antiguos habían sufrido una nueva invasión desde el espacio. Esta vez los mons­truos eran unos crustáceos fungoides, los mismos sin duda que figuraban en ciertas leyendas de las colinas de Vermont y que las tribus del Himalaya llaman Mi-Go o abominable hombre de las nieves. Para luchar contra es­tos seres los Antiguos intentaron, por primera vez desde su llegada a la Tierra, volver otra vez al espacio interpla­netario; pero, a pesar de todos los preparativos tradicio­nales, no pudieron dejar la atmósfera terrestre. Cualquiera que fuese el secreto de los viajes interestelares, éste se ha­bía perdido. Al fin los Mi-Go echaron a los Antiguos de las tierras del norte, aunque no pudieron molestar a los que vivían en el mar. Poco a poco comenzó la lenta reti­rada de aquella antigua raza a su hábitat antártico original.

Era curioso advertir, en la representación mural de las batallas, que la progenie de Cthulhu y los Mi-Go era de una sustancia orgánica muy distinta de la que hoy conoce­mos, aún más que la de los Antiguos. Tenían la facultad de efectuar ciertas transformaciones y reintegraciones im­posibles para sus adversarios, y parecían proceder de los más remotos abismos del espacio cósmico. Los Antiguos, a pesar de la curiosa resistencia de sus organismos, eran estrictamente materiales, y debían de haberse originado en el contínuum espacio-tiempo; el lugar de donde venían los otros era, en cambio, inimaginable. Todo esto, por su­puesto, si las anomalías atribuidas a los invasores no son meramente mitológicas. No es imposible que los Anti­guos hayan ideado unas amenazas cósmicas para justificar sus ocasionales fracasos, ya que el amor por la historia y el orgullo parecían ser las características más notables de su carácter. Es significativo que sus anales no nombrasen muchas razas evolucionadas y poderosas de las que per­sisten oscuras leyendas.

Las metamorfosis del mundo a lo largo de las edades geológicas aparecían con una animación sorprendente en muchos mapas y escenas esculpidas. En algunos casos ha­bía que revisar nuestras ciencias, pero en otros se confir­maban las más atrevidas de las deducciones. Como ya he dicho, las hipótesis de Taylor, Wegener y Joly, según las cuales todos los continentes son fragmentos de una masa terrestre de origen antártico que la fuerza centrífuga rom­pió e hizo deslizar sobre una superficie técnicamente vis­cosa -hipótesis sugeridas por la existencia de perfiles complementarios, como los de África y América del Sur, y el modo como se alzan las grandes cadenas montaño­sas-, recibieron un sorprendente apoyo de esta fuente in­creíble.

Algunos mapas mostraban el mundo carbonífero de hace un millón de años con hendiduras y grietas signifi­cativas que separarían más tarde al África de las tierras, entonces unidas, de Europa (la Valusia de las leyendas), Asia, América y el continente antártico. Otros -y princi­palmente uno relacionado con la fundación de la ciudad, hacía cincuenta millones de años- mostraban los conti­nentes actuales bien diferenciados entre sí. Y en los últi­mos ejemplares descubiertos -que datan quizá de la edad pliocena- el mundo de hoy aparecía con bastante clari­dad a pesar de la unión de Alaska con Siberia, de Europa con Norteamérica (por Groenlandia) y de América de Sur y la Antártida (por la Tierra de Graham). En el mapa car­bonífero todo el globo -tanto las masas de tierra firme como el fondo de los océanos- estaba cubierto de señales que indicaban la posición de las vastas ciudades de piedra, pero en los últimos mapas el retroceso hacia la Antártida era gradual y evidente. En el que correspondía al último período del plioceno no había ciudades en tierra firme, excepto en el continente antártico y el extremo austral de Sudamérica, ni ninguna ciudad oceánica más allá del pa­ralelo cincuenta de latitud sur. El estudio de las tierras del norte y el interés por ellas habían desaparecido casi del todo y sólo vimos en los mapas un esbozo de las líneas costeras hecho probablemente durante algún vuelo de ex­ploración realizado con la ayuda de aquellos abanicos membranosos.

Tema común en los bajorrelieves era la destrucción de las ciudades a consecuencia de diversos cataclismos: el surgimiento de las montañas, el desplazamiento centrí­fugo de los continentes, las convulsiones sísmicas. A me­dida que pasaban los años, las reconstrucciones eran más raras. La enorme megalópolis que yacía a nuestro alrede­dor, edificada a comienzos del período cretáceo, parecía haber sido el último gran centro de los Antiguos. La re­gión parecía ser un lugar santo donde se habían instalado los primeros seres de esa raza. En la ciudad nueva -mu­chos de cuyos edificios reconoceríamos en las esculturas, pero que se extendía a lo largo de la cadena de montañas por casi doscientos kilómetros- habían sido conservadas algunas piedras pertenecientes a la primera ciudad, cons­truida en los abismos submarinos, y que había surgido a la luz luego de un largo período en que se habían alterado los estratos.

– Capitulo 8 –

Danforth y yo estudiamos con especial interés y mucha angustia todo lo que se refería a la ciudad. Los documen­tos abundaban y descubrimos por suerte, al nivel del suelo, una casa más nueva cuyos muros, algo dañados por un derrumbe vecino, describían un período muy poste­rior al del mapa plioceno. Éste fue el último lugar que exa­minamos minuciosamente, pues lo que descubrimos allí nos dio un nuevo e inmediato objetivo.

Nos encontrábamos, sin duda, en uno de los lugares más extraños, terribles y antiguos del mundo. No tarda­mos en comprender que esta tierra desierta tenía que ser la fabulosa meseta de Leng, que ni aun el autor del Necro­nomicon se había atrevido a describir. La enorme cadena montañosa era increíblemente larga, pues -incluidas sus estribaciones- se extendía desde la tierra de Luitpold, en la costa del mar de Weddell, hasta el otro extremo del continente. Las partes realmente elevadas formaban un arco que nacía a los 80° de latitud y 60° de longitud este, y llegaba a los 70° de latitud y 115° de longitud este. El lado cóncavo enfrentaba nuestro campamento y alcanzaba la costa cubierta de hielo cuyas colinas fueron avistadas por Wilkes y Mawson.

Pero la naturaleza había erigido unos monstruos ma­yores, y no muy lejos de allí. He dicho que esos picos son más altos que los del Himalaya, pero las esculturas me permiten afirmar que no son los más altos del mundo. Ese frío honor le corresponde sin duda a algo que la mayor parte de las esculturas apenas osan nombrar; otras hablan de eso con una repugnancia y un horror evidentes. Exis­tía, parece, en esas antiguas tierras -las primeras que sur­gieron a la superficie luego de la aparición de la Luna y la llegada de los Antiguos- una parte que era comúnmente evitada a causa de su reputación. Las ciudades edificadas allí se derrumbaron misteriosamente antes de tiempo. Luego, cuando las convulsiones terrestres de la era co­mánchica asolaron la región, una prodigiosa línea de picos se alzó de pronto en medio del terrible caos, y el mundo se encontró en posesión de las más majestuosas y terribles de sus montañas.

Si la escala de las esculturas era correcta, estas cimas aborrecibles debían de alcanzar una altura de doce mil metros. Se extienden, parece, desde los 77° de latitud y los 70° de longitud este hasta los 70° de latitud y los 100° de longitud este, a unos cuatrocientos kilómetros de la ciu­dad muerta, de modo que si no hubiera sido por aquella niebla habríamos podido ver sus terribles picos. Su ex­tremo norte tenía que ser visible desde la costa de la Tie­rra de la Reina Mary.

Algunos de los Antiguos, en los días de la decadencia, habían dirigido extrañas plegarias a esas montañas, pero ninguno se acercó a ellas ni se atrevió a insinuar qué podía haber más allá. No habían sido vistas por ningún ser hu­mano, y mientras yo estudiaba las emociones expresadas por las esculturas, rogué que nadie las viese nunca. Hay unas colinas en la línea de la costa, detrás de la cordillera -en las tierras de la Reina Mary y el Kaiser Guillermo-, y agradezco al cielo que nadie haya sido capaz de ascen­der a ellas. No soy ya tan escéptico en lo que concierne a las antiguas leyendas y temores, y no me río de las con­cepciones del escultor. Según él los rayos se inmovilizan en esos picos siniestros, y un resplandor inexplicable nace de una de esas cimas durante toda la noche polar. Hay pues, quizá, una muy real y monstruosa amenaza en lo que dicen los Manuscritos Pnakóticos de Kadath en el De­sierto Helado.

Pero las tierras que nos rodeaban eran apenas menos extrañas, aunque si quizá menos malditas. Poco después de la fundación de la ciudad se alzaron en la cadena mon­tañosa los templos más importantes, y unas torres grotes­cas y fantásticas se elevaron hacia el cielo en sitios donde ahora veíamos una simple acumulación de cubos. Con el correr de los años, aparecieron las cuevas, anexas siempre a los templos. En épocas más tardías las aguas arrastraron todas las vetas calcáreas, de modo que los picos, los con­trafuertes y la misma llanura se transformaron en una ver­dadera red de galerías y cavernas unidas entre sí. Muchas de las esculturas describían las expediciones al interior de la tierra, y el descubrimiento final de un vasto mar tene­broso en las entrañas del globo.

Esta cavidad había sido formada sin duda por el río procedente de las montañas occidentales, horribles y anó­nimas, y que había bordeado la cordillera de los Antiguos antes de desembocar en el océano, entre las tierras de Budd y Totten en la costa de Wilkes. Poco a poco había ido devorando la base calcárea de los picos hasta que al fin las corrientes llegaron a las aguas subterráneas y se unie­ron a ellas para formar un abismo más hondo. Pronto todo el río se volcó en esa caverna, y su cauce quedó defi­nitivamente seco. Los Antiguos, comprendiendo lo que había ocurrido, y ejerciendo nuevamente sus habilidades artísticas, habían esculpido como pilones las piedras de la abertura por donde la corriente descendía hacia la oscuri­dad eterna.

Este río, cruzado en otro tiempo por puentes de pie­dra, era indudablemente aquel cuyo cauce seco habíamos visto desde el aire. Su posición en los distintos bajorrelie­ves nos permitió orientarnos, observar las transformacio­nes de la ciudad en las diversas etapas de su larga historia, y dibujar un mapa apresurado, pero minucioso, de las particularidades más salientes -plazas, edificios impor­tantes- para que nos sirviesen de guía en exploraciones futuras. Pronto pudimos reconstruir, imaginativamente, la prodigiosa ciudad tal como había sido un millón de años, diez millones de años o cincuenta millones de años atrás, pues las esculturas reproducían con toda exactitud el aspecto de los edificios, las plazas, los barrios, las mon­tañas y la lujuriosa vegetación de la era Terciaria. La ciu­dad debió de tener una maravillosa y mística belleza, y cuando la imagino olvido casi la opresión que sentí ante aquel laberinto de edad inhumana, inmenso, sin vida, ex­traño y bañado en una luz crepuscular y glacial. Sin em­bargo, de acuerdo con algunos de los bajorrelieves, sus mismos habitantes habían conocido un terror misterioso; en numerosas escenas se los veía retroceder ante algún objeto -nunca representado- que había sido encontrado en el agua y que procedía de las horribles montañas del oeste.

Sólo en la casa de más reciente construcción, con sus esculturas decadentes, descubrimos algunas referencias a la catástrofe que había llevado al abandono de la ciudad. Debía de haber esculturas de la misma edad en otras par­tes, a pesar de la falta de energías y aspiraciones, natural en un período de tensión e incertidumbre, y poco después tuvimos la certeza de que así era. Pero ésta fue la primera y única de las esculturas que encontramos directamente. Pensábamos seguir buscando; pero, como he dicho, cier­tos hechos nos obligaron a alterar nuestros planes. Sin embargo, debía de haber un límite, pues una vez desvane­cida toda esperanza de poder seguir allí, tenían que haber cesado también las decoraciones. La calamidad había sido, por supuesto, la llegada de esos grandes fríos que invadie­ron la Tierra, y que nunca abandonaron desde entonces las regiones polares; esos grandes fríos que, en la otra ex­tremidad del globo, pusieron fin a las fabulosas tierras de Lomar e Hiperbórea.

Sería difícil fijar la fecha exacta en que los fríos llega­ron a la Antártida. Calculamos que los períodos glaciales se iniciaron hace unos quinientos mil años, pero en los polos ese fenómeno tuvo que ocurrir antes. Toda estima­ción cuantitativa es sólo una hipótesis, pero es muy pro­bable que las últimas esculturas tengan menos de un millón de años, y que el abandono de la ciudad se comple­tase antes de la iniciación convencional del pleistoceno: hace quinientos mil años.

Las esculturas revelaban que la vegetación había dis­minuido gradualmente, y que al mismo tiempo se habían despoblado los campos. En las casas aparecieron aparatos de calefacción, y los viajeros invernales se envolvieron en trajes protectores. Toda una serie de cartelas (en estas úl­timas esculturas el arreglo de las bandas aparecía frecuen­temente interrumpido) describía la constante migración hacia los refugios más cálidos: ya sea las ciudades subma­rinas, junto a las costas lejanas, o el laberinto subterráneo, bajo las cavernas calcáreas de las colinas.

Ese abismo vecino parecía ser el lugar que había reci­bido mayor número de colonos. Esto era debido, sin nin­guna duda, al carácter tradicionalmente sagrado de la re­gión; pero allí era posible, además, seguir usando los templos de las montañas, y conservar la ciudad de la me­seta como residencia de verano y enlace con diversas mi­nas. Los medios de comunicación entre la vieja y la nueva colonia fueron mejorados con la construcción de rampas y numerosos túneles directos. Sobre nuestro plano de la ciudad dibujamos cuidadosamente el trazado de estos tú­neles; dos de las bocas estaban a una distancia razonable, en la parte de la ciudad que bordeaba la montaña: una a quinientos metros del lecho del río, y la otra a un kilóme­tro en dirección opuesta.

El abismo, parecía, contaba con playas secas, pero los Antiguos construyeron la nueva ciudad bajo el agua, sin duda a causa de la uniformidad de la temperatura. La pro­fundidad de aquel mar subterráneo parecía ser muy grande, de modo que el calor interno de la Tierra podía asegurar su habitabilidad por un período indefinido. Los Antiguos no tuvieron dificultades en adaptarse otra vez a la vida submarina, ya que no habían permitido que sus agallas se atrofiasen. Muchas esculturas mostraban cómo habían visitado a sus compañeros de raza submarinos y cómo se bañaban a menudo en las aguas profundas. La os­curidad del interior de la Tierra no podía molestar, por otra parte, a una raza largamente acostumbrada a las no­ches polares.

A pesar de su estilo decadente, estos bajorrelieves últi­mos -cuando se referían a la construcción de la nueva ciudad en los fondos del mar subterráneo- eran de una cualidad verdaderamente épica. Los Antiguos habían extraído rocas insolubles del corazón de las montañas, y habían recurrido a los trabajadores más expertos de la ve­cina ciudad submarina. Estos trabajadores trajeron con­sigo todo lo necesario: tejido de soggoth de donde nace­rían obreros y bestias de carga, y materias protoplásmicas destinadas ‘a convertirse en organismos fosforescentes para la iluminación.

Al fin, una poderosa ciudad se elevó en el fondo del mar, negro como la laguna Estigia, con un estilo arquitec­tónico muy similar al de la ciudad de la superficie, y con pocos signos de decadencia a causa de los precisos ele­mentos matemáticos empleados en la construcción. Los nuevos soggoths crecieron hasta alcanzar un tamaño enorme y una inteligencia singular, y ejecutaban las órde­nes con una rapidez maravillosa. Parecían comunicarse con los Antiguos imitando sus voces -una especie de so­nido musical que abarcaba una gama muy amplia, de acuerdo con la disección efectuada por Lake- y se acos­tumbraron a obedecer a órdenes orales antes que a suges­tiones hipnóticas como en los primeros tiempos. Se los dominaba, sin embargo, de un modo admirable. Los orga­nismos fosforescentes suplían por su parte con eficacia la falta de las auroras boreales del mundo exterior.

El arte y la decoración continuaron, aunque, por su­puesto, con ciertos signos de decadencia. Los Antiguos no lo ignoraban, y en ciertos casos anticiparon la política de Constantino el Grande al trasladar desde la vieja ciu­dad piezas escultóricas especialmente finas, tal como ha­bía hecho el emperador de Bizancio al llevar a la nueva ca­pital, en una época de similar declinación, muestras de arte de Grecia y Asia que su propio pueblo era incapaz de concebir. Que el traslado de las piezas esculpidas no fuera más común se debió sin duda a que la ciudad terrestre no fue en un principio totalmente abandonada. Cuando se completó ese abandono -lo que ocurrió antes que el pleistoceno polar estuviese muy adelantado-, los Anti­guos ya se habían acostumbrado a las nuevas formas deca­dentes o habían dejado de reconocer el mérito superior de las esculturas más antiguas. De cualquier modo, en las vie­jas y silenciosas ruinas que nos rodeaban no parecían fal­tar los bajorrelieves, aunque sí las estatuas y todos los ob­jetos movibles.

Las cartelas y esculturas decadentes que relataban esta historia fueron, como he dicho, las últimas que pudimos encontrar en nuestra limitada exploración. Se veía en ellas a los Antiguos que iban y venían entre la ciudad terrestre y la ciudad de la caverna marina, y visitaban a veces a sus hermanos de la costa antártica. Por esta época tuvo que haberse presentido el destino de la ciudad, pues las escul­turas representaban escenas en las que aparecían los males provocados por el frío. La navegación era cada vez más escasa, y las terribles nieves del invierno ya no se fundían del todo, ni siquiera en pleno verano. Los rebaños de sau­rios casi habían desaparecido, y los mamíferos soportaban mal los rigores del clima. Para poder proseguir con los trabajos de superficie había sido necesario adaptar algu­nos soggoths -curiosamente resistentes al frío- a la vida terrestre, cosa que hasta ese entonces los Antiguos se ha­bían negado a hacer. En el gran río ya no había vida, y el mar de la superficie había perdido a casi todos sus habi­tantes, excepto focas y ballenas. Todos los pájaros ha­bían escapado. Quedaban sólo los grandes y grotescos pingüinos.

Qué había ocurrido luego, sólo puede ser motivo de conjeturas. ¿Cuánto tiempo había sobrevivido la ciudad edificada en la caverna? ¿Estaría todavía allí, como un ca­dáver, en la eterna negrura? ¿Se habrían helado al fin las aguas subterráneas? ¿Qué destino habrían sufrido las ciu­dades del océano exterior? ¿Habrían los Antiguos emi­grado hacia el norte, alejándose de la capa de hielo? La geología no había descubierto indicios de su presencia. ¿Continuaba siendo el terrible Mi-Go una amenaza en la tierra del norte? ¿Podía uno saber si los oscuros e inson­dables abismos de las aguas profundas ocultaban algo? Es­tas criaturas parecían capaces de resistir cualquier pre­sión, y los hombres de mar recogen de cuando en cuando extraños objetos. ¿La teoría de la ballena-asesina explica realmente las salvajes y misteriosas cicatrices advertidas en algunas focas una generación atrás por Borchgrevingk y sus compañeros de expedición?

Los ejemplares encontrados por el pobre Lake no caen dentro de estas conjeturas, pues el examen geológico de los terrenos prueba que han vivido en una fecha muy temprana. Tenían, parecía, no menos de treinta millones de años, y juzgamos que en aquel entonces la ciudad edifi­cada en la caverna, y la caverna misma, no existía aún. Te­nían que pertenecer a una época anterior, en la que flore­cía dondequiera una lujuriosa vegetación terciaria, y una ciudad floreciente se alzaba alrededor de ellos, y un ancho río se dirigía hacia el norte a lo largo de las poderosas montañas en busca de un lejano océano tropical.

Y sin embargo, no podíamos dejar de pensar en esos ejemplares, especialmente esos ocho que habían desapare­cido del campamento de Lake. Había algo anormal en todo aquello: los extraños sucesos que habíamos tratado de atribuir a la locura de alguno de los hombres; aquellas terribles tumbas; la cantidad y naturaleza del material de­saparecido; Gedney; la increíble resistencia de los tejidos de los monstruos, y la potencia vital que revelaban las es­culturas… Danforth y yo habíamos visto bastante en aquellas últimas horas, y estábamos preparados para acep­tar y guardar en silencio muchos secretos asombrosos e increíbles.

– Capitulo 9 –

He dicho que el examen de aquellas esculturas decadentes nos obligó a alterar nuestros planes. Se trataba, por su­puesto, de las vías de acceso al sombrío mundo interior, de cuya existencia nada habíamos sabido hasta entonces, y que ahora ansiábamos descubrir y atravesar. De la escala de los bajorrelieves dedujimos que una rampa descen­dente de algo más de un kilómetro de longitud nos lleva­ría a los oscuros acantilados del gran abismo; de allí unos senderos laterales conducían a la costa rocosa del oculto océano nocturno.               Contemplar realmente ese abismo fabu­loso era una tentación imposible de resistir. Pero tenía­mos que iniciar inmediatamente la empresa, si queríamos incluirla en nuestro presente viaje.

Habíamos hecho tantos estudios y croquis bajo el ni­vel de la capa de hielo que las linternas eléctricas habían funcionado por lo menos cinco horas, y a pesar de las pi­las secas especiales no contábamos con más de cuatro ho­ras de luz. Pero si usábamos una sola lámpara a la vez -excepto en los lugares muy interesantes o especialmente dificultosos- podíamos contar con un apreciable margen de seguridad. No podríamos entrar sin luz en esas cata­cumbas ciclópeas, de modo que si queríamos realizar el viaje tendríamos que dejar de descifrar murales. Por su­puesto, era nuestro propósito volver a visitar el lugar en los días, y hasta quizá las semanas, siguientes -pues la cu­riosidad había borrado hacía tiempo nuestra primera sen­sación de terror-, pero ahora teníamos que apresurarnos.

Nuestras reservas de trozos de papel no eran muy grandes, y nos resistimos a sacrificar las libretas de notas y el papel de dibujo para aumentarlas, pero al fin decidi­mos romper un cuaderno. Si ocurría lo peor, podíamos hacer unas marcas en la roca, y si llegábamos a perdernos, siempre -si contábamos con bastante tiempo- que nos daría la posibilidad de volver a la luz del día por alguno de los innumerables canales. Así que al fin partimos, decidi­dos, hacia la boca -del túnel más próximo.

De acuerdo con los bajorrelieves, esa boca se encon­traba a unos quinientos metros; para llegar a ella había que atravesar varios edificios todavía en buen estado, y al nivel de la capa de hielo, que seguramente no ofrecerían dificultades. La abertura estaba situada en el piso bajo de una vasta estructura de forma de estrella -probablemente un edificio público o algún lugar de ceremonias- que de­bía de encontrarse al pie de los primeros contrafuertes.

Como no recordábamos haber visto una construcción semejante, concluimos que sus partes superiores habrían sufrido grandes daños, o que habría quedado oculta por la capa de hielo. En este último caso la boca estaba proba­blemente obstruida, de modo que tendríamos que ir hasta la otra, en el norte, situada a algo más de un kilómetro. El cauce seco del río impedía que nos dirigiésemos hacia los túneles del sur, y si, en verdad, ninguno de esos dos túne­les resultaba accesible, era difícil que nuestras pilas nos permitiesen llegar hasta un tercero; el más cercano estaba situado a un kilómetro y medio del segundo.

Mientras avanzábamos penosamente por el laberinto de piedra, con la ayuda de los mapas y la brújula (atrave­sando habitaciones y corredores arruinados o intactos, subiendo y bajando numerosas rampas, evitando puertas obstruidas y montones de escombros, ganando tiempo en los lugares libres de obstáculos, equivocándonos y reha­ciendo el camino -y recogiendo en estos casos los trozos de papel que habíamos dejado atrás-, y encontrándo­nos de cuando en cuando con alguna abertura por la que se filtraba la luz del día), nos sentimos tentados a menudo por los muros esculpidos que encontrábamos en el ca­mino. Muchos debían ser de una importancia histórica considerable, y sólo el propósito de repetir nuestra visita nos permitió seguir adelante. Nos contentábamos con de­ tenernos un momento y muy de cuando en cuando, y en­cender nuestra segunda linterna. Si hubiésemos tenido más películas habríamos fotografiado algún bajorrelieve, pero era imposible perder tiempo en copiar.

Vuelvo a acercarme a un punto de mi relato donde la tentación de guardar silencio, o por lo menos de conten­tarme con una insinuación, es muy grande. Es necesario sin embargo relatar claramente todo lo que ocurrió si quiero descorazonar a futuros exploradores. No nos en­contrábamos muy lejos de la supuesta abertura del túnel -luego de cruzar un puente que partía de un segundo piso y llegaba a lo que parecía ser el extremo de una pared angular, y de descender por un ruinoso corredor donde abundaban unas esculturas decadentes y en apariencia de carácter religioso-, cuando poco después de las ocho y media el fino olfato de Danforth nos reveló algo anormal. Si hubiésemos tenido un perro con nosotros supongo que habríamos sido advertidos antes. En un principio no pu­dimos decir qué ocurría, pero bastaron unos pocos segun­dos para que despertaran en nosotros unos recuerdos de­masiado definidos. No callaré más. Se trataba de un olor, un olor vago, sutil e inconfundible relacionado con aquel otro olor nauseabundo que habíamos respirado al abrir la tumba del monstruo disecado por Lake.

Por supuesto, en ese entonces no admitimos tan clara­mente la revelación como ahora. Había varias explicacio­nes posibles, y nos detuvimos un momento para confe­renciar en voz baja. Luego de haber llegado hasta allí no íbamos a retroceder movidos por una vaga aprensión. De cualquier modo, lo que sospechábamos era algo increíble. Esas cosas no ocurrían en un mundo normal. Sin em­bargo, un oscuro instinto nos llevó a velar la luz de la lin­terna -ya no tentados por las siniestras esculturas que nos miraban amenazadoras desde las opresivas paredes­ y a tratar de no hacer ruido mientras avanzábamos nueva­mente por el piso cada vez más cubierto de escombros.

Danforth tenía no sólo un olfato sino también una vista mejor que la mía. Fue él quien advirtió el curioso as­pecto de los escombros luego de haber atravesado algunas puertas semiobstruidas que conducían a cuartos y corre­dores situados al nivel del suelo. No tenían el aspecto que les correspondería luego de miles de años, y cuando au­mentamos la intensidad de las luces, vimos en el piso unas huellas recientes. La naturaleza irregular del suelo impe­día ver marcas definidas, pero los lugares más lisos suge­rían que algunos objetos pesados habían sido arrastrados sobre el polvo. En una ocasión creímos discernir unas huellas paralelas, como las de un trineo. Nos detuvimos otra vez.

Durante esta pausa percibimos -ahora simultánea­mente- otro olor ante nosotros. Paradójicamente, era más terrible y menos terrible que el anterior; menos terri­ble en sí; pero infinitamente más espantoso en este lugar, dadas las circunstancias. A no ser que pensáramos en Gedney. Se trataba, indudablemente, del olor familiar de la gasolina.

Después de esto me siento incapaz de explicar nuestra actitud. Sabíamos ahora que una parte de los horrores del campamento había invadido estas inmemoriales tumbas nocturnas, y que, por lo tanto, no podíamos dudar de la existencia de condiciones innominables -presentes o por lo menos recientes- que estaban allí, esperándonos. Y sin embargo, nos dejamos arrastrar por no sé qué fuerza irre­sistible: ardiente curiosidad, ansiedad, autohipnotismo, o vagas ideas de responsabilidad con respecto a Gedney. Danforth recordó unas huellas que había creído ver en las ruinas superiores, y aquel débil sonido musical que prove­nía aparentemente de las cavernas y que tenía una singu­lar significación de acuerdo con los estudios de Lake. Yo evoqué, por mi parte, el estado en que habíamos encon­trado el campamento, el saqueo de las provisiones, la desa­parición de varios objetos, y cómo la locura de un solo super­viviente podía haber concebido lo inconcebible: franquear las monstruosas montañas y descender a aquellas profun­didades desconocidas.

Pero no sacamos ninguna conclusión definida. Reto­mamos automáticamente la marcha lanzando de cuando en cuando ante nosotros un haz luminoso. En el polvo se­guían viéndose aquellas huellas, y el olor de la gasolina era cada vez más fuerte. Las ruinas se acumulaban más y más, y pronto comprobamos que era imposible seguir avan­zando. No solamente no llegaríamos al túnel, sino que no podríamos ni siquiera acercarnos al edificio en que se abría la boca.

Paseamos la luz de las linternas por los muros grotes­camente esculpidos del corredor, y vimos varias entradas más o menos obstruidas. De una de ellas surgía muy dis­tintamente el olor de la gasolina, borrando cualquier otro olor. Al examinarlas más de cerca, comprobamos que ha­bía sido despejada recientemente. Cualquiera que fuese el horror que nos esperaba era indudable que esa abertura conducía a él. Nadie se asombrará de que nos quedáramos un largo rato sin movernos.

Y sin embargo, cuando nos aventuramos en aquella bóveda oscura, nuestra primera impresión fue la de haber alcanzado un anticlímax. En aquella cripta cúbica de seis metros de lado no había en apariencia’ nada notable, de modo que buscamos instintivamente, aunque en vano, al­guna otra puerta. Sin embargo, un instante después los agudos ojos de Danforth vieron que los escombros esta­ban como aplastados en un cierto lugar, y hacia allí dirigi­mos la luz de las linternas. Lo que vimos era algo simple y enigmático. Los escombros habían sido nivelados grosera­mente, y sobre ellos había diversos objetos pequeños. En uno de los lados de esta zona nivelada había una aprecia­ble cantidad de gasolina derramada cuyo olor persistía aún. En otras palabras, no podía tratarse sino de una espe­cie de campamento establecido por seres que, como nosotros, habían sido detenidos por aquella obstrucción inex­plicable mientras se encaminaban al abismo.

Seré más claro. Los objetos provenían del campa­mento de Lake, y eran latas abiertas de un modo tan cu­rioso como las que habíamos encontrado en el otro cam­pamento, fósforos consumidos, tres libros ilustrados cubiertos de manchas, una botella de tinta vacía, una esti­lográfica rota, trozos de pieles y lona, una pila eléctrica gastada, y un montón de papeles arrugados. Este desorden era bastante terrible, pero cuando examinamos los trozos de papel sentimos que había allí algo peor. Ya habíamos visto en el campamento de Lake algunos papeles con sig­nos inexplicables, pero reencontrarlos en las bóvedas pre­humanas de una ciudad de pesadilla era demasiado.

Gedney, loco, podía haber dibujado esos signos imi­tando los que había visto en las piedras de esteatita verde y en los túmulos de cinco puntas. Podía, del mismo modo, haber trazado unos croquis apresurados, más o menos inexactos, que representasen una parte de la ciu­dad e indicasen el camino a seguir desde un lugar situado fuera de nuestra ruta -que nosotros identificamos como una gran torre cilíndrica en los bajorrelieves, y que nos había parecido en nuestro vuelo de exploración un vasto abismo circular- hasta la estructura de cinco puntas en que nos encontrábamos en ese momento.

Podía, repito, haber trazado esos croquis. Le hubiese bastado, como a nosotros, copiar ciertos detalles de las úl­timas esculturas del laberinto. Pero lo que no podía haber hecho era ejecutar esos dibujos con aquella técnica tan curiosa y segura, quizá superior -a pesar del apresura­miento y el descuido- a aquélla de las esculturas deca­dentes de donde habían sido copiados: la técnica caracte­rística e inconfundible de los Antiguos en los días más prósperos de la ciudad muerta.

Habrá alguien que diga que Danforth y yo estábamos completamente locos. ¿Cómo no huimos inmediatamente?

No podíamos tener ya, es cierto, la menor duda acerca de lo ocurrido. Aquellos que han leído hasta aquí no necesi­tarán más aclaraciones. Quizá estábamos realmente locos. ¿No he dicho que aquellos picos horribles eran en verdad alucinantes? Pero creo que los hombres que se internan en el África para fotografiar y estudiar las costumbres de los animales salvajes sienten algo similar, aunque en una forma menos extrema. Aunque estábamos casi paraliza­dos por el terror, había en nosotros una llama de celo y curiosidad que al fin triunfó sobre todo.

Naturalmente, no pensábamos enfrentarnos a aque­llos -o aquello- que habían estado allí, pero suponíamos que debían de encontrarse lejos. Habrían descubierto ya otra entrada, y habrían penetrado en ese abismo que no habían visto hasta ahora y donde esperaban unos oscuros fragmentos del pasado. Y si esa entrada estaba también obstruida, se habrían dirigido hacia el norte en busca de otra. No necesitaban, recordamos, de la luz.

Cuando evoco aquellos momentos, apenas puedo sa­ber cuáles eran exactamente nuestras emociones, y qué es­perábamos encontrar. Aunque no deseáramos hallarnos cara a cara con lo que tanto temíamos, no puedo negar que tuviéramos un deseo inconsciente de espiar ciertas cosas. Nuestro celo no llegaba quizá al deseo de ver el abismo; por otra parte, se nos había presentado un obje­tivo más inmediato en aquella torre circular que se veía en los dibujos. Sus dimensiones impresionantes, perceptibles aun en esos apresurados diagramas, nos hacían pensar que los pisos que se hallaban bajo la capa de hielo debían de tener una peculiar importancia. Quizá encerraban maravi­llas arquitectónicas desconocidas aún para nosotros. Era ciertamente de una edad increíble de acuerdo con las es­culturas en que aparecía, y había sido uno de los primeros edificios de la ciudad. Sus bajorrelieves, si se conservaban aún, debían de ser altamente significativos. Además nos permitiría sin duda llegar rápidamente al mundo exterior, una ruta más corta que aquella que estábamos buscando, y la misma quizá por la que esos otros seres habían des­cendido.

Estudiamos, pues, los terribles dibujos -que confir­maban los nuestros- y nos dirigimos hacia la torre por el camino que nuestros innominables predecesores debían de haber recorrido dos veces. La otra entrada al abismo se abría un poco más allá. No hablaré de nuestro viaje -du­rante el que seguimos dejando a nuestras espaldas una pista de papel-, pues fue idéntico al que nos llevó al calle­jón sin salida, aunque los corredores se mantenían más cerca de la superficie. De cuando en cuando encontrába­mos algunas huellas perturbadoras en el polvo de los es­combros, y una vez que dejamos de percibir el olor de la gasolina volvió a reinar aquel más odioso y persistente olor. A veces lanzábamos un rayo de luz a las paredes, en donde seguían figurando las omnipresentes esculturas.

Alrededor de las nueve y media, mientras atravesába­mos un largo corredor abovedado, cuyo piso estaba cu­bierto de una capa de hielo cada vez más espesa y cuyo te­cho descendía gradualmente, vimos ante nosotros una claridad que nos permitió apagar la linterna. Llegábamos aparentemente a la torre circular y no debíamos de estar muy lejos del mundo exterior. El corredor terminaba en un arco sorprendentemente bajo para este mundo megalí­tico, pero antes de llegar pudimos ver a través de él. Más allá se extendía un espacio circular de unos sesenta me­tros de diámetro, cubierto de escombros y rodeado por numerosos arcos obstruidos similares al nuestro. Los mu­ros estaban cubiertos por una banda en espiral de bajorre­lieves de proporciones heroicas, y exhibía -a pesar de los destrozos causados por la erosión en aquel lugar al aire li­bre- un esplendor muy superior a todo lo que habíamos encontrado antes. Una espesa capa de hielo cubría el piso, e imaginamos que éste se encontraba realmente a una considerable profundidad.

Pero lo más sobresaliente era una titánica rampa de piedra que, eludiendo los arcos, se alzaba en espiral apo­yándose en la pared circular de la torre, algo similar a los contrafuertes exteriores de algunos edificios de la antigua Babilonia. Sólo la rapidez de nuestro vuelo y la perspec­tiva que había confundido la rampa con la pared interior de la torre, nos habían impedido notar esta espiral desde el aire. Pabodie hubiese podido decirnos qué principios de ingeniería habían guiado su construcción, pero noso­tros no pudimos hacer otra cosa que admirarla y maravi­llarnos. De cuando en cuando se alzaban aquí y allá unos pilares de piedra, aunque a nosotros nos parecían inade­cuados para la función que debían cumplir. La rampa pa­recía llegar, intacta, hasta la cima de la torre -circunstan­cia realmente notable, por su exposición al aire libre- y había servido para proteger las curiosas y perturbadoras esculturas cósmicas de los muros.

Mientras salíamos a la débil luz que bañaba el piso de este monstruoso cilindro -de unos cincuenta millones de años, y sin duda la construcción más antigua que ha­bíamos contemplado hasta entonces-, vimos que los mu­ros se alzaban hasta una altura de veinte metros. Esto re­presentaba una capa glacial exterior de unos ocho metros, ya que el pozo que habíamos visto desde el avión se abría en la cima de un montón de escombros de unos doce me­tros de altura y protegido, por lo menos en sus tres cuar­tas partes, por una serie de ruinas más altas. Según las es­culturas, la torre original se había alzado en el centro de una inmensa plaza circular y había tenido unos ciento cin­cuenta o ciento ochenta metros de altura. En la cima ha­bía habido unas agujas provistas de discos horizontales, y en el borde superior unas espirales afiladas. La mayor parte de las piedras habían caído hacia afuera, suceso afor­tunado, ya que de otro modo habrían destruido la rampa, y el interior estaría obstruido por los escombros. La rampa había sufrido ya bastantes daños y los restos se habían acumulado de tal modo en el piso interior que los arcos habían tenido que ser despejados recientemente.           Nos llevó sólo un momento concluir que ésta era de veras la ruta por la cual aquellos otros habían descendido, y que éste era también el camino lógico que debíamos se­guir en nuestro ascenso a pesar de los papeles que había­mos dejado detrás. La boca de la torre no estaba muy lejos del pie de las montañas, y no más de nuestro aero­plano que el edificio en que habíamos estado hasta hacía poco, de modo que cualquier exploración subglacial que efectuásemos debía desarrollarse en esta región. Pues, cosa curiosa, a pesar de todo lo que habíamos visto y adi­vinado, estábamos pensando aún en otros posibles viajes. En ese momento, mientras avanzábamos con precau­ción sobre los escombros que cubrían el piso, vimos algo que nos hizo olvidar todo el resto: en la curva más baja de la rampa, que hasta entonces había estado oculta a nues­tros ojos, se encontraban los tres trineos de Lake, muy es­tropeados por su viaje sobre los escombros y otros lugares poco adecuados. Llevaban una carga muy bien dispuesta que comprendía objetos memorablemente familiares: la estufa de petróleo, latas de combustible, cajas de instrumentos, provi­siones, tres sacos evidentemente llenos de libros, y un cuarto cuyo contenido no pudimos adivinar… Todo procedía del campamento de Lake.

Luego de lo que habíamos encontrado en la cripta cú­bica, casi estábamos preparados para este hallazgo. La ver­dadera conmoción se produjo cuando nos adelantamos y abrimos el saco cuyo contenido no habíamos podido des­cifrar. Parecía que no sólo Lake se había interesado en co­leccionar ejemplares típicos. Había dos allí, ambos endu­recidos por el frío, perfectamente preservados, el cuello recubierto con tela adhesiva para disimular algunas heri­das, y cuidadosamente envueltos para evitar que se estro­peasen. Eran los cadáveres del joven Gedney y del perro desaparecido.

– Capitulo 10 –

Muchos nos juzgarán, quizá, tan insensibles como locos por haber pensado en el corredor del norte y el abismo casi inmediatamente. Pero podría asegurar que esos pen­samientos volvieron a nosotros sólo por una circunstan­cia específica y repentina que despertó toda una nueva se­rie de especulaciones. Habíamos vuelto a cubrir al pobre Gedney y estábamos allí, sin movernos, en una especie de muda estolidez, cuando tuvimos conciencia, por vez pri­mera, de aquellos sonidos. Eran los primeros que oíamos desde nuestro cruce de las montañas, donde el viento sil­baba entre las cimas. Aunque muy familiares, su presencia en este mundo remoto y muerto fue para nosotros más grotesca e inesperada que la de cualquier otro sonido ima­ginable, pues parecía perturbar todas nuestras nociones de un orden cósmico.

Si se hubiese tratado de aquel curioso silbido musi­cal que según Lake había que esperar de aquellas criaturas -y que creíamos oír en nuestra imaginación desde que habíamos dejado los horrores del campamento- nos ha­bría parecido que armonizaba diabólicamente con aquel decorado fabuloso. Una voz de otros tiempos hubiese es­tado en su lugar en aquel cementerio de otros tiempos. Este sonido, en cambio, alteró profundamente todas nuestras ideas, nuestra tácita aceptación de aquella región antártica como total e irrevocablemente desprovista de signos de vida normal. Lo que oímos no fue la llamada de un monstruo de la prehistoria, devuelto a la vida, luego de miles de años, por los rayos del sol. Era un grito irónica­mente normal, que habíamos oído ya muchas veces, y que nos estremecía oír aquí, donde no debía existir. Breve­mente, se trataba del grito ronco de un pingüino.

El apagado sonido venía de regiones subterráneas si­tuadas casi enfrente del corredor por donde habíamos llegado. La presencia de un ave acuática en ese mundo cuya superficie estaba uniformemente desprovista de vida sólo podía llevar a una conclusión; en consecuencia nuestro primer pensamiento fue el de verificar si aquel sonido era real. Se repetía, en verdad, continuamente, y a veces pare­cía venir de más de una garganta. Franqueamos una en­trada, considerablemente limpia de escombros, y volvi­mos a dejar detrás de nosotros unos trozos de papel, sacados esta vez con una rara repugnancia de uno de los sacos de los trineos.

Cuando la capa de hielo dio lugar a un montón de es­combros, vimos claramente unas curiosas marcas, y Dan­forth advirtió una cuya descripción es totalmente super­flua. El curso indicado por las voces de los pingüinos era precisamente el que el mapa y la brújula señalaban como más cercano al túnel del norte, y nos alegró descubrir que la ruta estaba libre de obstáculos y se encontraba al nivel del suelo. El túnel, según el mapa, partía de la base de una gran estructura piramidal que desde el aire, creíamos re­cordar, nos había parecido muy bien conservada. A lo largo del camino la linterna iluminaba la acostumbrada sucesión de bajorrelieves, pero no nos detuvimos a exami­narlos.

De pronto una forma blanca se alzó ante nosotros, y encendimos la segunda linterna. Es curioso, pero esta nueva búsqueda nos había hecho olvidar nuestros prime­ros terrores. Los que habían dejado los trineos en la torre circular podían volver en cualquier momento de su visita al abismo, y sin embargo su existencia no nos preocupaba. Este ser blanco y tambaleante tenía casi dos metros de alto, pero comprendimos en seguida que no era ninguna de las criaturas. Éstas eran más oscuras y grandes, y, se­gún los bajorrelieves, se movían de un modo rápido y segu­ro, a pesar de su curioso equipo de tentáculos. Durante un instante fuimos presas de un terror primitivo, casi peor que el que habíamos experimentado ante la existen­cia de los otros. En seguida, cuando la forma blanquecina se unió a dos seres de su especie, que lo llamaban ronca­mente desde un arco cercano, recobramos la calma. Pues se trataba sólo de un pingüino, aunque de una especie des­conocida, mayor que los pingüinos llamados reales.

Cuando nos encaminamos hacia la bóveda e ilumina­mos con nuestras linternas el indiferente grupo de los tres animales, comprobamos que eran todos albinos y de una especie desconocida y gigantesca. Su tamaño nos recordó algunos de los pingüinos arcaicos representados en las es­culturas, y pensamos en seguida que eran descendientes de la misma especie, y que sin duda provenían de una re­gión interior más cálida donde habían perdido toda pig­mentación y el uso de los ojos. Parecía indudable que su hábitat presente era el abismo, objeto de nuestra bús­queda, y la evidencia de que aquel refugio era aún habita­ble provocó en nosotros las más perturbadoras y curiosas fantasías.

Nos preguntamos, también, qué habría ocurrido para que aquellos tres pájaros se hubiesen decidido a abando­nar su residencia habitual. El estado y el silencio de la ciu­dad probaban suficientemente que no servía de residencia veraniega; por otra parte, y dada la indiferencia que nos manifestaban, parecía raro que se hubiesen asustado con las criaturas. ¿Era posible que los monstruos los hubiesen atacado con el fin de aumentar sus provisiones de carne? No creíamos que el olor que había enfurecido a los perros causara una antipatía semejante en estos pingüinos, ya que sus antecesores habían vivido en muy buenos térmi­nos con las criaturas. Lamentando -en nombre de nues­tro celo científico- no poder fotografiarlos, nos enca­minamos otra vez hacia las profundidades guiados de cuando en cuando por las huellas de los pingüinos.

No mucho después, la pendiente de un corredor, largo, bajo, sin puertas, y particularmente cubierto de ba­jorrelieves, nos hizo pensar que nos acercábamos al fin a la boca del túnel. Nos habíamos cruzado con dos pingüinos más, y oíamos otros allá abajo. De pronto, el corredor se abrió en un prodigioso espacio que nos cortó involun­tariamente el aliento. Era un hemisferio perfecto e inver­tido de unos treinta metros de diámetro y quince de al­tura; a lo largo de la pared se sucedían los arcos bajos, excepto en un sitio donde una abertura de cinco metros de alto bostezaba cavernosamente quebrando la sime­tría de la bóveda. Era la entrada al gran abismo.

En este vasto hemisferio -cuyo techo cóncavo escul­pido por un artista decadente, quería imitar la bóveda ce­lestial- erraban tambaleándose algunos pingüinos. El tú­nel oscuro, de boca curiosamente cincelada, descendía hacia las tinieblas. De esa abertura críptica surgían unas corrientes de aire sensiblemente cálido y un vapor casi imperceptible. Nos preguntamos qué seres vivos podrían vivir en el abismo y las innumerables cavernas de las mon­tañas. Nos preguntamos, también, si el humo citado por Lake, lo mismo que la niebla que habíamos creído ver al­rededor de uno de los picos, no sería en realidad este va­por emanado de las profundidades de la tierra a través de algún tortuoso canal.

Ya en el interior del túnel, vimos que medía -por lo menos al comienzo- cinco metros de ancho por cinco de alto, y que paredes, bóveda y piso habían sido construi­dos con las mismas piedras. Las paredes estaban profusa­mente decoradas con dibujos convencionales, y tanto la construcción como los bajorrelieves se mantenían perfec­tamente conservados. El piso estaba libre de escombros, salvo en algunos sitios donde se veían unas huellas de pin­güinos que se dirigían hacia el exterior y otras que iban hacia adentro. A medida que avanzábamos, aumentaba la temperatura, y pronto tuvimos que desabotonarnos los gruesos abrigos. Nos preguntamos si encontraríamos al­guna manifestación ígnea en el interior, y si aquel mar se­ría de aguas calientes. Al cabo de un tiempo la construc­ción dio lugar a la roca viva, aunque el túnel conservaba las mismas proporciones y presentaba el mismo aspecto de artificial regularidad. A veces la pendiente se hacía tan empinada que se habían abierto algunos canales en el piso. De vez en cuando veíamos las bocas de pequeñas galerías no registradas en nuestros mapas, pero ninguna de ellas haría difícil el problema del retorno, y cualquiera podía servir de refugio en caso de que nos encontráramos con aquellas criaturas. El innominable olor de estos seres se percibía ahora claramente. Era sin duda una locura sui­cida aventurarse en aquel túnel en esas condiciones, pero la atracción de lo desconocido es mayor de lo que se cree, y no otra cosa que esa atracción era lo que nos había lle­vado a aquellas regiones polares. Vimos varios pingüinos que se cruzaron con nosotros, y nos preguntamos a qué distancia nos encontraríamos aún de nuestra meta. Según las esculturas el camino que llevaba al abismo era de unos dos kilómetros, pero nuestras indagaciones anteriores nos habían enseñado ya que no podíamos fiarnos mucho de la exactitud de nuestra escala.

Al cabo de unos quinientos metros, el olor se hizo muy fuerte, y comenzamos a tomar cuidadosa nota de las galerías laterales. No había ningún vapor visible como en la boca del túnel, pero esto era debido sin duda a que aquí el aire era más cálido. La temperatura no dejaba de subir, y no nos sorprendimos al encontrarnos con un descui­dado montón de pieles y lonas -procedentes del campa­mento de Lake- destrozadas de un modo singular. No nos detuvimos. Poco más allá notamos que las galerías la­terales eran más grandes y numerosas, y concluimos que debíamos de haber llegado a la región de los contrafuertes atravesada por cavernas. Al olor demasiado bien cono­cido se mezclaba otro apenas desagradable cuyo origen no pudimos imaginar, aunque pensamos que se trataba de organismos en descomposición y quizá hongos subterrá­neos. De pronto el tamaño del túnel aumentó sorprendentemente (los bajorrelieves no nos habían preparado para esto), convirtiéndose en una caverna de apariencia natural, de veinticinco metros de largo y quince de ancho, con numerosos pasajes que se perdían en las tinieblas.

Aunque la gruta parecía obra de la naturaleza, una ins­pección con las dos linternas demostró que había nacido de la destrucción artificial de varias paredes entre caver­nas vecinas. Las paredes eran rugosas, y en el alto techo abovedado abundaban las estalactitas, pero el piso estaba libre de detritos y hasta de polvo. Lo mismo ocurría con todos los pisos de las galerías vecinas; aquella por la que habíamos venido era la única excepción. No pudimos adi­vinar cuál era la causa. El hedor que se había añadido al de las criaturas era aquí más intenso, tanto que casi superaba al otro. Había algo en aquel lugar, con su piso limpio y casi brillante, que nos parecía más raro y horrible que todo lo que habíamos encontrado hasta entonces.

Las proporciones regulares de la galería que se abría ante nosotros, así como los excrementos de pingüino que había en la entrada, nos hicieron comprender inmediata­mente qué camino debíamos seguir. A pesar de eso resol­vimos que si se presentaba, alguna nueva dificultad recu­rriríamos otra vez a la pista de papel, ya que no podíamos contar con huellas en el polvo. Una vez que nos introduji­mos en la galería, lanzamos un haz de luz sobre las paredes del túnel, y nos detuvimos estupefactos ante el cambio ra­dical que mostraban los bajorrelieves. Ya nos habíamos dado cuenta, es cierto, de la decadencia de esa escultura en la época en que se habían abierto los túneles, y había­mos notado la técnica inferior con que se habían ejecu­tado los arabescos. Pero ahora, en esta sección situada más abajo de la caverna, había una diferencia que trascen­día toda posible explicación, una diferencia de naturaleza tanto como de calidad, y que implicaba una degradación profunda y calamitosa que nada de lo que habíamos ob­servado hasta entonces había dejado entrever.

Estas nuevas obras eran toscas, groseras y faltas de toda delicadeza de detalle. Habían sido esculpidas con una profundidad exagerada en bandas que seguían el tra­zado de las cartelas de las secciones primitivas, pero la al­tura de los relieves no llegaba al nivel de la superficie ge­neral. Danforth opinó que se trataba de un segundo trabajo, una especie de palimpsesto donde los dibujos se superponían a otros anteriores, probablemente borrados. Tratados de un modo meramente decorativo y conven­cional, consistían en series de ángulos y espirales que se­guían la tradición matemática -basada en el número cinco- de aquellos seres, pero que semejaban en verdad más una parodia que una continuidad de esa tradición. No podíamos apartar de nuestras mentes la idea de que algún sutil pero profundamente extraño elemento había sido añadido al sentido estético primitivo, elemento -su­puso Danforth- que era responsable de la laboriosa susti­tución. Era algo similar al arte de los Antiguos, pero perturbadoramente distinto, y yo recordé las obras híbridas de las esculturas de Palmira ejecutadas según el estilo ro­mano. Una batería depositada en el suelo frente a uno de los relieves más característicos parecía revelar que algún otro había estado no hacía mucho observando las obras.

Como no podíamos pasar mucho tiempo en este exa­men, volvimos a ponernos en camino. De cuando en cuando lanzábamos un haz de luz a las paredes para ver si se había desarrollado algún nuevo cambio en las decora­ciones. No advertimos nada, aunque las esculturas esta­ban en algunos lugares irregularmente distribuidas a causa de las bocas de los túneles, muy numerosas. Vimos y oímos pocos pingüinos, pero creímos percibir un coro le­jano en algún lugar de las profundidades. El nuevo e inex­plicable olor era ahora abominablemente fuerte, y apenas advertíamos el otro. Unas bocanadas de vapor se alzaban ante nosotros revelando unos contrastes, cada vez más notables, de temperatura, y la relativa cercanía de los acantilados sin sol del gran abismo. Luego, casi inespera­damente, vimos en el piso algunos obstáculos que no eran ciertamente pingüinos, y encendimos nuestra segunda lin­terna después de asegurarnos de que los objetos no se mo­vían.

– Capitulo 11 –

Otra vez he llegado a un punto difícil de tratar. Por ese entonces, yo ya debía estar endurecido, pero hay ciertas experiencias que dejan heridas demasiado hondas como para permitir una cura, y nos sensibilizan de tal modo que el solo recuerdo resucita todo el horror original. Vimos, como he dicho, ciertos obstáculos ante nosotros, y aña­diré ahora que fuimos asaltados, casi simultáneamente, por una notable intensificación de aquel olor dominante, claramente mezclado con el más conocido. La luz de las linternas borró toda duda acerca de la naturaleza de estos obstáculos, y sólo nos acercamos cuando vimos que eran tan poco peligrosos como los desenterrados en el campa­mento de Lake.

Estaban, en verdad, tan incompletos como la mayoría de aquéllos, pero el espeso charco de líquido verdoso pro­baba que la mutilación era mucho más reciente. Había sólo cuatro, aunque de acuerdo con los informes de Lake el grupo estaba compuesto de ocho individuos. Encon­trarlos en este estado fue de veras una sorpresa, y nos pre­guntamos qué clase de lucha se habría desarrollado allí en la oscuridad.

Los pingüinos, reunidos en gran número, se defendían con furiosos picotazos, y oíamos ahora con claridad los roncos gritos de una colonia, no muy lejos. ¿Serían estos cadáveres sus víctimas? Cuando nos acercamos un poco más, abandonamos esta hipótesis, pues los picos de esos pájaros no hubiesen podido causar en tejidos tan resisten­tes aquellos daños terribles. Además, los grandes pingüinos nos habían parecido singularmente pacíficos.

¿Habría habido una lucha entre las criaturas, y los res­ponsables de estas muertes eran los cuatro que faltaban? En ese caso, ¿dónde estaban ahora? ¿No muy lejos de allí y dispuestos a constituir una seria amenaza? Mientras continuábamos acercándonos, lenta y temerosamente, lanzábamos unas miradas ansiosas a las galerías laterales. Era indudable, de cualquier modo, que había sido aquella lucha lo que había alejado a los pingüinos de sus lugares de costumbre. Tenía que haberse desarrollado, por lo tanto, no muy lejos de la colonia, en el abismo, ya que no había señales de que los pájaros residiesen en las galerías. Quizá había habido una cruel persecución, y los más débiles habían huido inútilmente, tratando de llegar a los trineos ocultos. Era posible imaginarse una batalla demo­níaca entre monstruosas entidades que surgían del abismo precedidas por una multitud de pingüinos aterrorizados.

He dicho que nos acercamos con temor a aquellos ca­dáveres. Ojala no nos hubiésemos acercado nunca y hu­biésemos huido rápidamente de aquel túnel de paredes grotescas. Sí, ojala hubiésemos huido antes de ver lo que vimos, y antes de que en nuestras mentes se grabara con fuego algo que ya nunca podremos olvidar.

Nuestras linternas iluminaron los cadáveres y adverti­mos que las mutilaciones eran todas parecidas. Los cuer­pos, comprimidos, retorcidos y destrozados como esta­ban, habían sido decapitados. La cabeza de cinco puntas no había sido cortada, sino arrancada o succionada. El olor del líquido verde, oscuro y nauseabundo que bañaba los cadáveres se perdía un poco ante aquel más nuevo y curioso olor que no habíamos dejado de sentir a lo largo del túnel, y que aquí era más intenso que en ninguna otra parte. Tan pronto como llegamos junto a los cuerpos vi­mos cuál era la causa, y en ese mismo instante, Danforth, recordando ciertas vívidas esculturas de la historia de los Antiguos en la edad pérmica, hacía ciento cincuenta mi­llones de años, lanzó un grito de terror que repercutió lar­gamente bajo las arcaicas bóvedas siniestras.

Poco faltó para que yo lo imitase, pues también había visto las esculturas, y había admirado, estremeciéndome, la habilidad con que el artista había sugerido aquella baba odiosa que recubría los cuerpos de algunos Antiguos… aquellos que los terribles soggoths habían decapitado y succionado durante la guerra de represión. Esas escultu­ras de pesadilla no debían haber existido; los soggoths y sus obras no son algo que puedan contemplar los ojos de los hombres. El autor del Necronomicon había tratado de afirmar, nerviosamente, que los soggoths no habían hollado nunca este planeta, y que sólo habían existido en los sueños de los aficionados a ciertas drogas… Protoplas­mas informes capaces de imitar cualquier organismo… aglutinaciones viscosas de células similares a burbujas… esferoides infinitamente plásticas de cinco metros de diá­metro… esclavos de las sugestiones de sus señores, y constructores de prodigiosas ciudades… más y más rebel­des, más y más inteligentes, más y más anfibios y más y más imitativos… ¡Gran Dios!… ¿Qué locura había llevado a los Antiguos a utilizar y a representar en sus esculturas a seres semejantes?

Y ahora, mientras Danforth y yo mirábamos la baba espesa, negruzca e iridiscente que recubría esos cuerpos sin cabeza, que formaba, en una parte lisa del muro, un grupo de puntos, y que emitía aquel olor repugnante que sólo una fantasía enfermiza hubiese podido concebir, sen­timos hasta sus últimos límites un terror cósmico. No era temor a las cuatro criaturas que faltaban, pues podíamos creer muy bien que no nos molestarían de nuevo. ¡Pobres diablos! Al fin y al cabo no eran malvados. Eran hombres de otras épocas y otro universo. La naturaleza les había hecho una broma diabólica y éste era su trágico retorno.

No habían sido ni siquiera crueles, pues ¿qué habían he­cho, en verdad? Habían despertado al aire frío de una edad desconocida… habían sido atacados por unos cua­drúpedos cubiertos de pieles que aullaban sin cesar segui­dos por unos seres simiescos y blancos… ¡Pobre Lake, pobre Gedney… y pobres Antiguos! Hombres de ciencia hasta el último instante, ¿qué habían hecho que no hubié­semos hecho nosotros? Dios, ¡qué inteligencia y qué cons­tancia! ¡Cómo habían sabido afrontar lo increíble, del mismo modo en que sus antepasados habían sabido afron­tar cosas apenas menos increíbles! Vegetales, animales, monstruos o progenie estelar… cualquiera que fuese su naturaleza, ¡eran hombres!

Habían cruzado aquellas cimas por cuyas pendientes habían vagado en otro tiempo entre helechos arbóreos. Habían descubierto la ciudad muerta, aplastada por el peso de una maldición, y habían leído como nosotros la historia de sus últimos años-en los bajorrelieves.

Habían tratado de reunirse con sus compañeros en aquellas pro­fundidades fabulosas y oscuras… ¿y qué habían encon­trado? Tales fueron los pensamientos que tuvimos enton­ces mientras nuestros ojos iban, una y otra vez, de los cadáveres decapitados y pegajosos a las horribles escultu­ras y los diabólicos grupos de puntos trazados con una baba reciente… Y miramos y comprendimos qué había sobrevivido y triunfado en las aguas de aquella ciudad ci­clópea donde ahora comenzaban a alzarse las volutas de una niebla pálida y funesta como respondiendo al histé­rico grito de Danforth.

La conmoción que habíamos sufrido nos transformó en estatuas mudas e inmóviles y sólo más tarde supimos que en esos instantes habíamos pensado lo mismo. Nos quedamos así durante quince o veinte minutos intermina­bles. La pálida niebla avanzaba hacia nosotros como em­pujada por una masa voluminosa… De pronto se oyó un sonido que nos hizo olvidar nuestros proyectos anteriores, y, rompiendo aquel sortilegio maléfico, nos hizo co­rrer locamente a lo largo de los megalíticos túneles, llegar a la torre circular y subir rápida y automáticamente por la rampa hasta encontrar al fin el aire y la luz del día.

Aquel nuevo sonido no era otro que el atribuido por Lake a las criaturas que había disecado. Se trataba, me dijo Danforth más tarde, del mismo que había oído, aunque más apagado, al nivel de la capa de hielo. Tenía cierta­mente una curiosa semejanza con los silbidos del viento en las cavernas. Parecerá pueril, pero añadiré algo más, aunque sólo sea para demostrar de qué modo los pensa­mientos de Danforth se confundían con los míos. Natu­ralmente, nuestra interpretación tenía como base lecturas comunes, pero Danforth había sugerido una vez que Poe había debido recurrir a unas fuentes muy poco conocidas cuando estaba escribiendo Las aventuras de Arthur Gordon Pym. Se recordará que en esa fantástica narración hay una palabra de significado desconocido, pero prodigiosa y te­rrible, y que gritan las aves gigantes, blancas como espec­tros, de aquellas malignas regiones antárticas: ¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!. Esto, debo admitirlo, es lo que creímos oír en aquel grito que venía desde esa niebla blanca.

Habíamos huido rápidamente aun antes de oír las cua­tro notas, pues sabíamos muy bien que la rapidez de los Antiguos permitiría que cualquiera de ellos nos alcanzase en seguida, si así lo deseaba. No obstante, teníamos la vaga esperanza de que si llegaba a capturarnos no inten­tara hacernos daño, aunque sólo fuese por curiosidad científica. Al fin y al cabo, nada tenía que temer de noso­tros. Juzgando que era inútil esconderse, lanzamos un haz de luz a nuestras espaldas, y vimos que la niebla se desva­necía. ¿Veríamos al fin un ejemplar completo y vivo de aquellas criaturas? Otra vez volvió a oírse aquel insidioso sonido musical: ¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!».

Luego, advirtiendo que ganábamos terreno, se nos ocurrió que nuestro seguidor estaba herido. Sin embargo, no podíamos arriesgarnos, ya que se acercaba, evidentemente, en respuesta al grito de Danforth, y no huyendo de otro ser. En cuanto al lugar donde se escondían aque­llos monstruos de pesadilla, aquellas fétidas e inconcebi­bles montañas de protoplasma cuya raza había -conquis­tado los abismos y había enviado algunos pioneros a esculpir las paredes y ocupar las cavernas de las monta­ñas, no podíamos ni siquiera sospecharlo. Sentimos una verdadera angustia ante la idea de abandonar a este Anti­guo, con toda probabilidad el único superviviente, a un destino horrible.

Por suerte no nos detuvimos. Las volutas de niebla ha­bían vuelto a espesarse, y se adelantaban ahora con una velocidad cada vez mayor. Mientras tanto, los pingüinos corrían y chillaban mostrando un pánico de veras sor­prendente, si teníamos en cuenta que apenas se habían fi­jado en nosotros. Una vez más nos llegó aquel siniestro: ¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!». Nos habíamos equivocado. La cria­tura no estaba herida, sino que había hecho una pausa al encontrarse con los cadáveres y aquella inscripción en la pared. Nunca sabríamos qué decía el mensaje, pero aque­llas tumbas en el campamento de Lake mostraban la im­portancia que concedían estos seres a sus muertos. Pronto vimos la caverna a la que se abrían varios corredores, y nos alegramos de dejar a nuestras espaldas aquellas escul­turas mórbidas.

La caverna nos hizo pensar que aquella criatura podía perdernos la pista en este confuso centro de corredores. Había allí varios pingüinos, presas visibles de un terror pánico. Si apagábamos todo lo posible la luz de la lin­terna, y si la proyectábamos directamente ante nosotros (ayudados por el aterrorizado chillido de los pájaros que taparía el ruido de nuestras pisadas) quizá pudiésemos de­sorientar al monstruo. Bajo los torbellinos de esta niebla, el suelo cubierto de escombros del túnel en que íbamos a entrar difería muy poco del de otras galerías sobrenaturalmente limpias. En realidad, temíamos extraviarnos en aquel laberinto de corredores.

El hecho de que hayamos sobrevivido basta para pro­bar que la criatura se equivocó de camino, y que nosotros acertamos. La sola presencia de los pingüinos no hubiese sido suficiente, pero la niebla protegió con eficacia nues­tra huida. Quiso la fortuna que aquella nube de vapores, que amenazaba a cada instante con desvanecerse, fuese bastante densa en el momento indicado. En realidad, se disipó durante un segundo cuando dejábamos el túnel y entrábamos en la bóveda, de modo que en el momento en que lanzábamos hacia atrás una temerosa mirada antes de apagar la linterna y mezclarnos con los pingüinos, alcan­zamos a ver con claridad. Si el destino que levantó para nosotros aquella pantalla de niebla fue benévolo, el que nos permitió vislumbrar el monstruo fue todo lo contra­rio, pues esta visión nos llenó de un horror que no ha de­jado de acosarnos desde entonces.

El motivo que nos hizo mirar hacia atrás fue sólo, probablemente, ese inmemorial instinto con que el perse­guido trata de apreciar la naturaleza y la cercanía de su perseguidor. O quizá se trató de una tentativa automática de encontrar respuesta a un problema. En medio de nues­tra huida, con todas nuestras facultades dedicadas a prote­ger nuestra seguridad, no habíamos estado en condiciones de observar y analizar detalles, y sin embargo nuestro ce­rebro siguió preguntándose acerca del significado del mensaje percibido por nuestro olfato. En seguida com­prendimos de qué se trataba: nuestro alejamiento de la baba fétida, y el coincidente acercamiento de nuestro per­seguidor, no habían alterado los olores como lo indicaba la lógica. Junto a los cadáveres decapitados aquella nueva y hasta entonces inexplicable fetidez había sido de veras dominante; pero ahora tendría que haber cedido su lugar al olor asociado con los Antiguos. Y, sin embargo, no era así. El nuevo olor era más puro y más insoportable.

Miramos, pues, hacia atrás, en apariencia simultánea­mente, aunque es probable que el movimiento de uno fuera imitado en seguida por el otro. Nuestras dos linter­nas apuntaron a la bruma, más tenue en ese instante, quizá en un incoherente esfuerzo por cegar a la criatura antes de apagar las luces y sumergirnos en el laberinto, entre los pingüinos. ¡Decisión funesta! Ni Orfeo ni la mu­jer de Lot pagaron tan caro esa mirada hacia atrás.

Trataré de describir con claridad lo que vimos, aun­que en aquel momento no quisimos creer en nuestros ojos. Las palabras son inútiles para sugerir el horror de aquel espantoso espectáculo. Paralizó dé tal modo nues­tras mentes, que aún me asombra que hayamos podido atenuar la luz de las linternas y entrar en el túnel que nos llevaría a la ciudad. Sólo el instinto pudo habernos sal­vado, pues razón nos quedaba poca.

Danforth había perdido totalmente el dominio de sí mismo, y cuando pienso en el resto de nuestra huida, lo primero que recuerdo es su voz que entonaba una fór­mula histérica. Los ecos de esas palabras, salmodiadas con una voz muy aguda, resonaron entre los chillidos de las aves, bajo las bóvedas, y los entonces -gracias a Dios­ vacíos corredores que quedaban atrás. Danforth no co­menzó en seguida su canto, pues si no, no estaríamos vi­vos. Me estremezco al pensar qué habría sido de nosotros si su reacción nerviosa se hubiera presentado antes.

-South Station Under… Washington Under…Park Street Under… Kendall… Central… Havard…

-El po­bre diablo enumeraba las estaciones familiares del túnel Boston-Cambridge, en nuestro suelo natal, a miles de ki­lómetros de distancia. Y sin embargo, la salmodia no me parecía irrelevante ni fuera de lugar. No me inspiraba sino un profundo horror, pues yo sabía muy bien qué mons­truosa analogía la había sugerido. Habíamos esperado, al mirar hacia atrás, ver una terrible y móvil entidad (si lo permitía la bruma) de la que nos habíamos formado una idea bastante clara. Lo que vimos -pues las nieblas se ha­bían aclarado demasiado- fue algo muy distinto e incon­mensurablemente más detestable y odioso. Era la realiza­ción objetiva de lo que el novelista fantástico llama «las cosas que no deben ser», y si es posible compararlo a algo tendría que hablar de un enorme tren subterráneo, lan­zado a toda velocidad, tal como se le ve desde el andén de una estación, en la extremidad de un túnel infinito conste­lado de luces coloreadas, y que llena exactamente la pro­digiosa cavidad así como un pistón llena un cilindro.

Pero no estábamos en el andén de un tren subterrá­neo. Estábamos en las mismas vías, mientras la horrorosa y plástica columna, negra, fétida e iridiscente, venía hacia nosotros cada vez a mayor velocidad, levantando a su paso torbellinos de aquella bruma pálida. Era algo terri­ble, indescriptible, más enorme que cualquier tren subte­rráneo; un conglomerado de burbujas protoplásmicas, dé­bilmente luminosas, y con miríadas de ojos provisionales que aparecían y desaparecían como pústulas de luz verde. Venía hacia nosotros aplastando pingüinos y deslizándose sobre aquel piso brillante que sus semejantes habían lim­piado tan diabólicamente de obstáculos. De nuevo volvió a oírse el grito sobrenatural: i Tekeli-li! ¡Tekeli-li!. Y al fin recordamos que los soggoths, habiendo recibido de los Antiguos vista, pensamientos y órganos plásticos, y sin otro lenguaje que aquel representado por los grupos de puntos, no tenían tampoco otra voz que las de sus amos desaparecidos.

– Capitulo 12 –

Danforth y yo recordamos, no muy claramente, haber lle­gado a la vasta torre circular y haber rehecho nuestro ca­mino a través de las habitaciones y corredores ciclópeos de la ciudad muerta. Pero todo esto no es hoy para mí sino fragmentos de un sueño donde nada se decidió libre­mente ni hubo ningún esfuerzo físico. Fue como si flotá­semos en un mundo o dimensión nebulosos sin tiempo, causas ni orientación. La luz gris del día que bañaba el es­pacio circular de la torre nos calmó bastante, pero no nos acercamos a los trineos, ni miramos otra vez al pobre Gedney y el perro. Tienen una extraña y titánica tumba y espero que nada vaya a turbar su reposo hasta la desapari­ción del planeta.

Mientras subíamos penosamente por la rampa prodi­giosa, sentimos por primera vez una fatiga y un ahogo muy grandes a causa del aire enrarecido, pero no nos de­tuvimos hasta llegar al universo normal. Había algo de apropiado en nuestra despedida de aquellas épocas sepul­tadas. En el curso de nuestra ascensión por aquel cilindro de treinta metros de alto, pudimos ver a un lado una serie ininterrumpida de esculturas heroicas: el adiós de los An­tiguos, grabado hacía cincuenta millones de años.

Llegamos al fin a la cima, y nos encontramos con un montón de piedras. Al oeste se veían unas murallas toda­vía más altas, y al este los picos de la cordillera se alzaban más allá de unos edificios tambaleantes. Al sur, el sol de medianoche bañaba con una luz roja los contornos irre­gulares de las ruinas, y el abandono de la ciudad parecía aún más compacto en presencia del paisaje polar. Sobre los edificios, el cielo era una masa opalescente de tenues vapores. El frío intenso nos helaba los huesos. Dejamos cansadamente en el suelo los sacos en que guardábamos el equipo, y que no habíamos soltado en el curso de nuestra desesperada huida, y luego de abotonarnos otra vez los abrigos descendimos por los montículos de piedras hacia el lugar donde nos esperaba el avión. De lo que habíamos visto en los arcaicos y secretos abismos de la tierra, no di­jimos una sola palabra.

Un cuarto de hora nos bastó para llegar a la pendiente abrupta de los contrafuertes -quizá la antigua terraza ­por los que habíamos entrado en la ciudad, y vimos entre las ruinas la silueta oscura del aeroplano. A medio ca­mino, nos detuvimos para tomar aliento y, volviendo la cabeza, contemplamos por última vez el fantástico laberin­to que se extendía más abajo. Notamos entonces que el cielo, más allá de la ciudad, no estaba ya velado por la bruma: los inquietos vapores se habían movido hacia el cenit y parecían a punto de dibujar unas formas curiosas, como si no se atreviesen a definir los contornos.

En el horizonte occidental se veía en ese instante una línea violeta. Allí unas cimas afiladas se alzaban, como en un sueño, contra el color rosado del cielo. Hacia ese hori­zonte, bañado en una luz temblorosa, subía la antigua me­seta. El cauce seco del río trazaba en ella una cinta sinuosa y oscura. Durante un momento nos quedamos inmóvi­les y admirados ante aquella belleza cósmica, pero en se­guida un vago horror comenzó a invadirnos el alma. Pues esa lejana línea violeta no podía ser sino la cordillera pro­hibida: punto culminante de la Tierra y centro de todo mal; puerto de horrores innominables y enigmas arquea­nos; objeto venerado por aquellos que temían descubrir sus secretos; no hollada por ninguna criatura terrestre, pero visitada por siniestros relámpagos y que lanzaba en la noche polar unos rayos extraños… Se trataba sin duda de la temida Kadath del Desierto Helado que las leyendas primitivas apenas se atreven a mencionar…

Si los mapas y escenas esculpidos en los muros de la ciudad eran exactos, esas crípticas montañas violetas no podían estar a menos de cuatrocientos kilómetros, y sin embargo se destacaban claramente en aquella remota y nevada orilla, como el borde serrado de un monstruoso planeta que se alzase hacia inacostumbrados cielos. La al­tura de aquellos picos tenía que ser enorme, y alcanzaban sin duda unas capas atmosféricas donde sólo había unos tenues espectros gaseosos. Observándolos, pensé nervio­samente en ciertos bajorrelieves que insinuaban la natura­leza de lo que el río, ahora seco, había traído a la ciudad. Me pregunté cuánto habría de razón y cuánto de locura en aquellos temores de los Antiguos. Recordé que el ex­tremo norte de las montañas no debía de estar muy lejos de la Tierra de la Reina Mary, donde en ese momento la expedición de sir Douglas Mawson estaba trabajando a no más de mil quinientos kilómetros de distancia. Confié en que el azar no diese a sir Douglas una idea de lo que po­dían ocultar aquellas costas protectoras.

Pero antes de cruzar las ruinas en forma de estrella, y llegar al aeroplano, nuestros temores se dirigieron hacia la cadena de picos, menos elevada, que debíamos franquear otra vez. Las pendientes negras, cubiertas de ruinas, se al­zaban odiosamente contra el este, y cuando pensamos en las entidades amorfas que habían llegado a los picos más altos, no pudimos evitar el pánico ante la perspectiva de volar otra vez junto a aquellas cavernas donde se oía toda una gama de sonidos musicales. Para empeorar las cosas, vimos algunos signos de niebla alrededor de varias cimas, esa niebla que el pobre Lake había confundido con una actividad volcánica, y nos estremecimos al pensar en aquella similar de la que habíamos escapado, y en la abis­mática cuna de horrores.

El aeroplano estaba intacto, y nos pusimos nuestros más pesados abrigos. Danforth encendió el motor, y le­vantamos vuelo sin dificultades. Abajo volvió a exten­derse la ciudad ciclópea, como había ocurrido al llegar, y comenzamos a elevarnos y a probar el viento. Muy por encima de nosotros debía de haber grandes perturbacio­nes, pues las nubes de polvo del cenit se movían sin cesar, pero a los siete mil metros de altura, la indicada para atra­vesar el paso, la navegación no ofrecía peligros. Mientras nos acercábamos a las cimas, el sonido musical del viento se oyó claramente, y vi cómo las manos de Danforth se estremecían sobre los instrumentos de gobierno. Aunque yo no era más que un piloto aficionado, pensé en esos ins­tantes que sería más capaz que él de dirigir el avión, y cuando le hice señas de que cambiásemos de asiento, obe­deció sin protestar. Traté de conservar la sangre fría y clavé los ojos en el cielo rojizo que asomaba del otro lado del paso, resolviendo no prestar atención a las bocanadas de vapor que surgían de las cimas y deseando haberme ta­ponado con cera los oídos, como Ulises, para alejar de mi conciencia aquellos sonidos musicales.

Pero Danforth, extremadamente nervioso, no podía estarse quieto. Yo sentía cómo se volvía, una y otra vez, mirando la ciudad que dejábamos atrás, o las montañas atravesadas de cavernas que se alzaban ante nosotros, o las cimas cúbicas, o el océano de contrafuertes nevados a nuestros pies, o el cielo de nubes grotescas sobre nuestras cabezas. Justo en el momento en que nos introducíamos en el paso, lanzó aquel grito enloquecido que casi nos lleva a la muerte. Durante un segundo perdí el gobierno de la máquina. Me recobré en seguida, pero temo que Danforth no vuelva a ser nunca el de antes.

He dicho que Danforth no quiso decirme qué último horror le hizo gritar de ese modo. Intercambiamos a gri­tos algunas frases antes de descender lentamente hacia el campamento, pero se refirieron casi todas al silencio que habíamos jurado guardar en el momento de dejar la ciu­dad de pesadilla. Había cosas, pensamos, que no era con­veniente difundir, y yo no habría hablado de ellas si no fuese por la necesidad de detener a la expedición Stark­weather-Moore, y a otras. Es absolutamente imprescindi­ble, para la paz y seguridad de los hombres, que nadie sondee los abismos sombríos de ciertas regiones del globo terrestre. De otro modo, unos monstruos dormidos vol­verán a la vida, y unos seres de pesadilla surgirán de sus negras moradas para intentar unas nuevas y más amplias conquistas.

Danforth sólo dijo que aquel horror último era un es­pejismo. No estaba relacionado, declaró, con los cubos y cavernas de estas montañas alucinantes, musicales y en­vueltas en vapores. Se trataba de la breve visión, entre aquellas retorcidas nubes del cenit, de algo que había de­trás de las montañas violetas, y que los Antiguos habían temido tanto. Muy probablemente fue una simple aluci­nación, nacida de las pruebas por las que acabábamos de pasar y el hecho de haber visto en el cielo, el día antes, la ciudad situada más allá de las montañas; pero para Dan­forth fue tan real que aún hoy sufre sus efectos.

De cuando en cuando Danforth murmura algunas fra­ses incoherentes acerca de «el abismo negro», «la orilla del mundo», «los pioto-soggoths», «los sólidos cerrados de cinco dimensiones», «el cilindro sin nombre», «el, antiguo Pharos», «Yog-Sothoth», «la jalea protoplásmica original», «el color que cayó del cielo», «las alas», «los ojos en las ti­nieblas», «la escalera de la Luna», «el original, el eterno, el inmortal», y otras curiosas concepciones. Sin embargo, cuando se siente dueño de sí mismo atribuye todo esto a sus macabras lecturas. Danforth es, en verdad, uno de los pocos que se han atrevido a leer por entero la gastada co­pia del Necronomicon que se guarda bajo llave en nuestra biblioteca.

En el momento en que franqueábamos el paso, el cielo estaba ciertamente cubierto de vapores, y, aunque yo no miré el cenit, no me cuesta imaginar que los torbellinos de polvo de hielo hayan tomado formas extrañas. La imagi­nación, sabiendo que las escenas distantes pueden ser re­flejadas, refractadas y magnificadas por las capas de nu­bes, pone fácilmente el resto. Naturalmente, Danforth no insinuó ninguno de esos horrores específicos hasta que su memoria pudo recurrir a sus lecturas. No pudo haber visto tanto con una sola y breve mirada.

En aquel momento no hizo más que repetir esos sonidos cuyo origen es demasiado obvio: « ¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li! ».

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1 julio, 2010 - Posted by | HP Lovecraft | , , , ,

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