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1956 – El antepasado “A. Derleth” (con Lovecraft)


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– CAPITULO 1 –

 

Cuando mi primo, Ambrose Perry, se retiró de la práctica de la medicina, era todavía un hombre relativamente joven, de unos cincuenta años, rudo y vigoroso.

 

Ejercía en Boston, y aunque le gustaba su lucrativa profesión, prefería dedicar gran parte de su tiempo al desarrollo de ciertas teorías que, como individualista que era, no comunicaba a sus colegas. A decir verdad, los colegas los consideraba entregados a la más pura ortodoxia y demasiado apocados para atreverse a experimentar por su cuenta sin la bendición de la Asociación Médica Americana.

 

Era un cosmopolita en todos los sentidos de la palabra, pues había estudiado en Europa -en Viena, en la Sorbona, en Heidelberg- y había viajado mucho. Pero pese a todo eso, optó por irse al territorio salvaje de Vermont cuando tomó su decisión de retirarse para culminar su brillante carrera.

 

Se encerró como un recluso en la casa que había construido en medio del denso bosque y a la que había dotado del laboratorio más completo que pueda adquirirse con dinero. Nadie oyó hablar de él durante tres años: ni a la prensa, ni a sus amigos o colegas, llegó una sola palabra de sus actividades. Fue, por lo tanto, una sorpresa recibir una carta suya -la encontré a mi regreso de una estancia en Europa- en la que me pedía que, si era posible, accediera a pasar una temporada en su compañía. Le contesté que, sintiéndolo mucho, yo tenía que encontrar ahora un trabajo, y le expresé mi alegría por tener noticias suyas y mi esperanza de poder acceder algún día a su invitación, tan amable como inesperada. Su respuesta llegó a vuelta de correo, ofreciéndome un generoso estipendio si aceptaba el puesto de secretario. No tuve la menor duda de que aquel puesto llevaba aparejado a la toma de anotaciones el ocuparse de todas las tareas de la casa.

 

Acepté, tanto porque me picaba la curiosidad como porque me atraía la remuneración.

 

También a vuelta de correo envié mi conformidad, con un cierto temor de que retirase su oferta, y al cabo de una semana me presenté en casa de mi primo. Era un edificio construido al estilo de las granjas holandesas de Pensilvania, aunque de una sola planta, con ventanas abuhardilladas y tejados puntiagudos.

 

Me costó algún trabajo dar con aquella casa, pese a las detalladas instrucciones de mi primo, pues distaba por lo menos diez millas del pueblo más cercano, una villa llamada Tyburn. Por otra parte, el camino que conducía a esta casa era tan pequeño y estaba tan retirado de la poco transitada carretera que, por un momento, creí haberla pasado de largo en mi deseo de llegar a la hora convenida. Un perro pastor alemán guardaba alerta la finca. A pesar de su cadena, no parecía nada furiosos: se limitó a mirarme fijamente, sin gruñir ni moverse en dirección alguna cuando me acerqué a la puerta y llamé al timbre. La apariencia de mi primo, sin embargo, me sorprendió: estaba muy delgado; el rudo y robusto hombre que había visto por última vez hacía casi cuatro años había dejado paso a la caricatura de la persona que había sido. Su vigor parecía haber menguado también aunque, al estrecharme la mano, lo hizo con firmeza y sus ojos tenían una mirada viva.

 

-Bienvenido, Henry -dijo al verme-. El mismo Ginger parece haber aceptado tu llegada sin un solo ladrido.

 

Al oír mencionar su nombre, el perro se abalanzó en toda la extensión que le permitía la cadena, mientras movía la cola.

 

-Pero pasa. Luego aparcarás el coche.

 

Hice lo que me decía y entré a la casa. Su interior me pareció muy masculino, casi excesivamente severo en los detalles. La mesa estaba servida, atendida por una cocinera y un mayordomo que vivían encima del garaje. Comprobé entonces que mi primo no esperaba en absoluto que yo me dedicara a otras tareas que las propias de un secretario y que sólo pretendía hacerme tomar las notas que él me iría dictando, así como archivar los resultados de sus experimentos. Porque estaba experimentando; lo dejó bien claro, aunque sin hablar de la naturaleza de esos experimentos. Y durante toda la comida, en el curso de la cual conocí a Edward y Meta Reed, el matrimonio que cuidaba la casa y de sus alrededores, no dejó de hacerme preguntas acerca de mí, de lo que había hecho, de lo que esperaba hacer. A los treinta, me recordó, uno no podía seguir perdiendo el tiempo y tenía que decidir su propio futuro. Ocasionalmente, y sólo en mis respuestas a sus preguntas, salieron a relucir los nombres de otros parientes que estaban, como siempre, diseminados por el mundo. Tenía la sensación de que me hacía aquellas preguntas como un cumplido de circunstancias y sin ningún interés real, aunque, en un momento dado, dijo que si decidía hacer la carrera de medicina, él podría enviarme a la universidad para obtener mi título. Yo estaba seguro que todo ello era parte de la superficialidad y la cortesía del momento, eran detalles de nuestro primer encuentro en muchos años que había que despachar cuanto antes. Todo su comportamiento traslucía una gran impaciencia. Esta impaciencia se la provocaba, por un lado, la aplicación que yo ponía en contestar a sus preguntas y, por otro, la forma en que se veía enredado en los convencionalismos de una conversación iniciada por él mismo con preguntas sobre asuntos que no parecían interesarle en absoluto.

 

Los Reed, marido y mujer, ambos de unos sesenta años, eran gente pacífica.

 

Hablaban poco, no sólo porque la señora Reed, además de cocinar, estaba ocupada en servir la comida y carecía pues de tiempo para ello, sino porque estaban acostumbrados a llevar su propia vida, independientemente de la de su dueño, que compartían más que a las horas de las comidas, tomadas alrededor de la misma mesa. Tenían los dos el pelo blanco, pero parecían bastante más jóvenes que Ambrose, y sin ninguna de las señales de deterioro físico que habían aparecido en mi primo. La comida transcurrió únicamente con el diálogo entre Ambrose y yo, para romper el silencio; los Reed participaban de la comida, no en actitud servil, pero sí con una máscara de indiferencia -aunque me di cuenta, en dos o tres ocasiones, de las miradas rápidas y agudas que intercambiaban entre sí cuando mi primo mencionaba alguna cosa, pero eso era todo.

 

Hasta que nos retiramos al estudio de Ambrose no tocamos el tema que ocupaba todos sus pensamientos. El estudio de mi primo estaba próximo a su laboratorio, situado en la parte trasera de la casa; la cocina y el gran comedor, junto con la sala, venían después; en cuanto a las habitaciones, cosa rara, estaban situadas en la parte delantera de la casa. Una vez instalados en el acogedor estudio, Ambrose se relajó y su voz vibró de emoción: -Nunca adivinarás el rumbo que han tomado mis experimentos desde que dejé de ejercer la medicina, Henry -empezó-, y no me atrevo a pensar en la temeridad de confesártelo. De no ser porque necesito que alguien tome nota de estos impresionantes hechos, no lo haría. Pero ahora que estoy a punto de alcanzar el éxito, debo pensar en la posteridad. He hecho increíbles esfuerzos para recuperar todo mi pasado, reduciéndolo a los más diminutos detalles y grietas de la mente humana, y estoy cada vez más convencido de que, por el mismo método, puedo extender este proceso perceptivo a la memoria hereditaria y recrear los pasos de la evolución humana. Adivino en tu expresión que lo pones en duda.

 

-Al contrario, estoy asombrado ante las posibilidades que ello implica -le contesté con sinceridad, pero sin admitir que una puñalada de alarma se apoderó de mí.

 

-¡Ah, bien, bien! Algunas veces pienso que en vista de los métodos que he empleado para crear el estado mental necesario para esta incesante investigación de los tiempos pasados, los Reed se sienten contrariados, pues ven toda experimentación sobre los seres humanos como algo fundamentalmente no cristiano, que linda con el terreno de lo prohibido.

 

Hubiera querido preguntarle a qué métodos se refería, pero sabía que con el tiempo llegaría a contármelos si lo consideraba oportuno; de no ser así, no obtendría ninguna respuesta por mucho que le preguntara. Al rato, sin embargo, se refirió a ello.

 

-He descubierto que una combinación de música y drogas, tomadas en el momento en que el cuerpo está medio muerto de hambre, lleva a un estado en el que es posible mirar hacia atrás en el tiempo y agudizar todas las facultades hasta tal punto que la memoria se recupera. Puedo asegurarte, Henry, que he logrado resultados notables; he llegado hacia atrás en la memoria hasta el vientre de mi madre, por increíble que pueda parecerte.

 

Hablaba en un tono excitado; sus ojos brillaban y su voz temblaba. Más que estimulado por un interés, estaba poseído por los sueños del éxito. Desde siempre, ésta había sido una de sus metas. El ejercicio de la profesión le había permitido reunir cuantiosos medios que, ahora, había puesto al servicio de su ambición, en su afán de alcanzar el éxito en estos experimentos. Y parecía haber logrado algo. No me cabía más remedio que admitirlo, pues los experimentos explicaban su apariencia -drogas y hambre eran la causa de su extrema delgadez, que era de hecho una especie de consunción: había estado sin comer tanto tiempo y tan a menudo que no sólo había perdido el exceso de peso, sino que lo había reducido hasta poner en peligro su salud. Además, mientras había estado sentado escuchándole observé que mostraba todas las trazas del fanatismo, y sabía que ninguna objeción mía le afectaría lo más mínimo ni le desviaría de sus propósitos. Tenía los ojos fijos en esa extraña meta, y no permitiría que nada ni nadie se interpusiera en su camino.

 

-Tendrás la tarea de transcribir mis anotaciones de taquigrafía, Henry -dijo, en un tono menos excitado-, ya que, como es lógico, las he guardado. Algunas de ellas están escritas en estado de trance, como poseído por un espíritu que me guiase, algo absurdo, por supuesto. Alcanzan hasta los tiempos previos a mi nacimiento, y estoy ahora probando a apoderarme de la memoria ancestral. Ya verás lo lejos que he llegado cuando hayas tenido tiempo de examinar y transcribir los datos que he anotado.

 

Después de esto, mi primo cambió el rumbo de nuestra conversación, y pronto se excusó para encerrarse en su laboratorio.

 

– CAPITULO 2 –

 Me llevó cerca de dos semanas asimilar y copiar las anotaciones de Ambrose, que eran más extensas de lo que me había dado a entender, además de ser inquietantemente reveladoras. En un principio, Ambrose se me antojaba como excesivamente quijotesco, pero ahora no dudaba ya de que había en él un rasgo de aberración. Buena prueba de ello era su voluntad férrea por alcanzar un fin en sí imposible de demostrar totalmente, y que no podía proporcionar dicha alguna a la humanidad, en el caso de que fuera alcanzado. Por ello, su meta me parecía reveladora de un fanatismo irracional. Él no se mostraba tan interesado en la información y las conclusiones que podía obtener en su incesante investigación de la memoria como en la experimentación en sí. Y si aquélla pudo, en un principio, tener las proporciones de un hobby, ahora, en cambio, se había vuelto una obsesión, hasta el punto de dejar todas las otras cuestiones -incluida su salud- relegadas a un segundo plano.

 

Al mismo tiempo me veía obligado a admitir que el material que contenían las notas era con frecuencia sorprendente. Evidenciaban de alguna forma que su autor había encontrado la manera de trazar el curso de la memoria. Había comprobado que todo lo que ocurría a los seres humanos se registraba en un comportamiento del cerebro, que no necesitaba más que un puente de unión para poder comunicarse con la memoria consciente y transmitirle la acumulación de datos registrados. Recurriendo a ciertas drogas y músicas, mi primo había localizado ese puente y, siguiéndolo, se había adentrado muy allá en el conocimiento del pasado.

 

Una vez ordenados, sus apuntes constituían una biografía muy exacta y objetiva.

 

En ellos, efectivamente, no aparecían sueños personales embellecidos por el paso del tiempo o gratuitas exaltaciones del yo, que siempre ayudan al individuo a adaptarse a su vida su propio yo ha sido duramente golpeado por los desengaños sufridos.

 

Por lo tanto, el camino recorrido por mi primo era indudablemente fascinante.

 

Sus apuntes relacionados con los últimos años transcurridos hasta entonces hacían referencia a numerosas personas a las que ambos habíamos conocido. Sin embargo, y debido a nuestra diferencia de edad -veinte años-, llegó un momento en que los seres y acontecimientos que su memoria me presentaba me eran totalmente ajenos. Los apuntes de aquella época era esencialmente reveladores: se referían a los pensamientos capitales de mi primo a lo largo de su niñez y juventud.

 

“Discusión vehemente con De Lesseps acerca del origen humano. Demasiado reciente el lazo con el chimpancé. ¿Primer origen en los peces?”. Sus apuntes relacionados con su estancia en La Sorbona eran de ese estilo. Seguían los relativos a sus tiempos en Viena: “El hombre no ha vivido siempre en los árboles”, dice Von Wiedersen. Estoy de acuerdo. Lo más probable es que haya en el agua.

 

¿Qué papel, si es que lo tuvo, correspondió al antepasado del hombre en la edad del brontosauro?” Notas como éstas, incluyendo otras más detalladas, estaban mezcladas con recuerdos de su juventud que relataban fiestas, romances, un duelo de adolescente, conflictos con sus padres, en fin, todo lo que hace y llena la vida cotidiana del hombre. Pero lo que más destacaba de todo aquello, lo que parecía haber sido desde siempre su principal centro de interés, era indudablemente el conocimiento del origen humano, el conocimiento del pasado. Una anécdota, muy reveladora en ese sentido, relataba cómo, a los nueve años, y un día en que mi primo había conseguido que nuestro abuelo le explicara el árbol genealógico de la familia, él insistió en que quería saber también lo que había habido antes de la línea inicial, antes del principio de la familia.

 

El enorme esfuerzo al que le obligaba su obsesivo experimento se traslucía también en esas anotaciones. La legibilidad de su escritura había sufrido un marcado descenso desde que había empezado su primera crónica hasta el momento presente. Cuanto más retrocedía en el tiempo hacia sus primeros años -y hacia ese lugar oscuro en las entrañas de su madre, lugar al que efectivamente había llegado, a no ser que sus notas fueran una hábil manipulación-, más ilegible se volvía su escritura. Era como si su letra hubiera seguido el mismo retroceso progresivo que el curso de sus recuerdos y correspondiera siempre a la edad que tenía en el momento del recuerdo que relataba. Era tan fantástico como el conocimiento mismo de mi primo de poder alcanzar los tiempos más remotos registrados en la memoria hereditaria de sus antepasados y transmitidos, al parecer, de generación en generación por medio de los genes y cromosomas de los que él mismo provenía. En una gran medida, sin embargo, procuré abstenerme de emitir cualquier juicio mientras ordenaba sus apuntes. Entre nosotros nunca hablábamos de ellos salvo algunas ocasiones en las que tuve que recurrir a él para que me ayudara a descifrar alguna que otra palabra, ilegible en su manuscrito. Acabado por fin mi trabajo de recopilación y transcripción, lo volví a leer. El resultado final era tan impresionante como convincente. Sentimientos contradictorios se mezclaban en mí cuando se lo entregué a Ambrose.

 

-¿Estás convencido? -me preguntó.

 

-Hasta el punto en que has llegado, sí -admití.

 

-Ya verás -replicó sin perturbarse.

 

Le reconvine por los excesos a que le conducía su afán de perseguir ese sueño suyo. Durante las dos semanas que me había llevado asimilar y copiar sus notas, él había ido mucho más allá de cuanto era razonable. Había comido y dormido tan poco que había adelgazado todavía más y tenía un aspecto más consumido que el día de mi llegada. De día y de noche, pasaba horas y horas recluido en el laboratorio. Durante esas semanas, muchas noches sólo éramos tres a la mesa:

 

Ambrose no había salido del laboratorio. Sus manos temblequeaban y sus labios también mostraban un movimiento involuntario, mientras que sus ojos ardían con el fuego del fanático para quien todo lo que no sea la meta de su fanatismo ha dejado de existir.

 

El laboratorio me estaba vedado. Aunque mi primo no tenía objeción en mostrármelo, exigía la más absoluta soledad cuando se hallaba sumergido en sus experimentos.

 

No conseguía que me indicara con exactitud qué drogas utilizaba. Yo tenía ciertas razones para suponer que se trataba de Cannabis indica, o cáñamo indio, comúnmente conocido por hachís, pero ésa no era más que una entre tantas otras drogas. Él las iba imponiendo a su cuerpo como latigazos para obligarlo a seguirle dócilmente en la búsqueda de los recuerdos de sus antepasados. Ésa era su locura, su sueño, el objetivo al que se entregaba día y noche, sin pausa ni descanso. Yo le veía cada vez menos, con excepción del largo rato que pasó conmigo cuando le entregué la recopilación de sus apuntes. Aquella noche estuvimos repasando juntos cada página y, a través de los recuerdos en ellas transcriptos, el curso entero de su vida. Hicimos pequeñas correcciones con objeto de mejorar la narración. Después de añadir ciertas cosas o suprimir algunos trozos aquí y allá, mi primo se mostró partidario de que volviese a mecanografiar todo el trabajo. En vista de eso ¿nunca iba a poder compartir sus experimentos?

 

Mi primo tenía otro montón de apuntes listos para cuando acabé de pasar los primeros. Esta vez las notas no eran de sus propios recuerdos, pues iban hacia atrás en el tiempo; eran recuerdos de sus padres, de sus abuelos, de los antepasados de éstos. No eran tan específicas como las de él mismo. Eran más generales, aunque lo suficientemente explícitas como para componer un increíble cuadro de la familia anterior a la época en que él había nacido. Eran recuerdos de cataclismos, de grandes acontecimientos de la historia, de la tierra en sus comienzos; eran recreaciones de tiempos pasados tales que parecía inimaginable que un hombre hubiese podido concebirlas y anotarlas. Pero aquí estaban, innegablemente, impresionantes e inolvidables: un auténtico logro. Yo estaba convencido de que se trataba de una inteligente elaboración, pero no me atrevía a juzgar a Ambrose, cuya convicción fanática no dejaba lugar a dudas. Copié todas esas notas tan cuidadosamente como había copiado las primeras y, algunos días después, le entregué los nuevos apuntes terminados.

 

-No debes dudar de mí, Henry -dijo sonriendo-. Leo tus ojos. ¿Qué ganaría con escribir una cosa falsa? No soy dado al autoengaño.

 

-No soy quién para juzgar, Ambrose. Quizá ni siquiera para creer o dejar de creer.

 

-Muy bien dicho -concedió mi primo.

 

Le presioné para que me dijese lo que tenía que hacer a continuación, pero me sugirió que esperase hasta que él me avisase y que dedicase mi tiempo a explorar los bosques de los alrededores y pasear por los campos en dirección a la carretera, hasta que él tuviese más trabajo preparado para mí. Decidí seguir su consejo y explorar los bosques, cosa que no pude hacer, pues se interpusieron otros acontecimientos.

 

Aquella misma noche se produjo un cambio que me iba a desviar de la rutina de transcribir las notas cada vez más difíciles de mi primo, pues Reed vino a despertarme para decirme que Ambrose quería verme en su laboratorio.

 

Me vestí y bajé en seguida.

 

Encontré a Ambrose echado sobre una mesa de operaciones, envuelto en la vieja bata color marrón que solía llevar. Se encontraba en un estado de abotagamiento, pero no tanto como para no poder reconocerme.

 

-Algo les ha pasado a mis manos -dijo con esfuerzo-. Me siento desfallecer.

 

¿Tomarás nota de cualquier cosa que yo diga?

 

-¿Qué les ocurre a tus manos? -pregunté.

 

-Un bloqueamiento momentáneo de los miembros, quizá. Un calambre muscular.

 

No lo sé. Estarán bien mañana.

 

-Muy bien -dije-. Anotaré todo lo que digas.

 

Cogí su libreta, su lápiz, y me senté a esperar.

 

La atmósfera del laboratorio, iluminado deficientemente con una luz roja cerca de la mesa de operaciones era impresionante. Mi primo parecía más un muerto que un hombre drogado. Además, en un rincón estaba funcionando un tocadiscos eléctrico, de modo que los bajos y discordantes acordes de La Consagración de la Primavera de Stravinsky fluían a través de la habitación y se apoderaban de ella.

 

Mi primo estaba muy quieto y durante algún tiempo no emitió ningún sonido; se había sumergido en el profundo sueño de drogas con el que llevaba a cabo su experimento, y me hubiera sido totalmente imposible despertarle. Transcurrió quizá una hora antes de que empezase a hablar, y lo hizo tan incongruentemente que me resultó difícil captar sus palabras.

 

-Bosque hundido en la tierra -dijo-. Seres gigantescos peleando, destrozando.

 

Corre, corre… -y otra vez-: Nuevos árboles por viejos. Huella de diez pies. Vivimos en cuevas, frío, humedad, fuego…

 

Tomé nota de todo lo que dijo, de lo que pude captar entre sus palabras murmuradas.

 

Increíblemente, sus sueños parecían referirse a la era de los saurios, dados los indicios de grandes bestias que cubrían la faz de la tierra y peleaban, destrozaban, caminando a través de los bosques como si fuesen de hierba, buscando y devorando a la humanidad, a los que vivían en cuevas y agujeros bajo la superficie de la tierra.

Pero tal retroceso en el curso del tiempo supuso un esfuerzo excesivo para mi primo Ambrose. Cuando finalmente recobró el conocimiento, se estremeció y me ordenó que quitase el tocadiscos. Después murmuró algo acerca de “degeneración de tejidos” curiosamente unido a “mis sueños-mis recuerdos”, y me comunicó que descansaría un rato antes de reanudar sus experimentos.

 

– CAPITULO 3 –

 Tal vez si mi primo hubiera llegado a convencerse de que lo mejor que podía hacer era cuidarse y dejar a un lado sus experimentos -ya suficientemente adelantados para dejar prever un éxito final-, habría podido evitar las consecuencias funestas que le acechaban desde el momento en que pretendía traspasar las fronteras impuestas a los mortales. Pero no lo hizo. Incluso desdeñaba mis sugerencias, y me recordaba que el doctor era él, y no yo. Mi réplica de que, como todos los médicos, se cuidaba menos de lo que cuidaría a cualquier paciente, caía en saco roto. Sin embargo, y aunque no podía prever lo que iba a ocurrir, por la vaga insinuación de Ambrose acerca de la “degeneración de tejidos” yo hubiera tenido que comprender el daño que se estaba haciendo a sí mismo abusando de las drogas que le habían convertido en su propia víctima.

 

Descansó durante una semana.

 

Luego reanudó sus experimentos, y yo empecé otra vez a mecanografiar sus apuntes. Pero esta vez, eran casi indescifrables, en parte porque su escritura seguía deteriorándose, y sobre todo porque el asunto de que se trataba era cada vez más arduo de desentrañar. De todos modos, resultaba evidente que Ambrose había llegado muy atrás en el tiempo. Existía, por supuesto, la posibilidad bastante fundada de que mi primo fuese víctima de un autohipnotismo y que, lejos de experimentar esos recuerdos, lo que estaba haciendo era reproducir el recuerdo de los libros que había leído, los aspectos más sobresalientes de las formas de vida en las cuevas y en los árboles. Pero había ciertos indicios preocupantes, de cuando en cuando, de que sus observaciones no estaban en ningún texto escrito ni venían del recuerdo de ningún libro, aunque tampoco tenía yo la posibilidad de comprobar si existían o no determinadas obras que pudieran haber servido de fuente a las extrañas crónicas de mi primo.

 

Veía a Ambrose cada vez menos, pero en las raras ocasiones en que le veía, no podía menos que darme cuenta del estado alarmante en que se encontraba por administrarse dosis cada vez mayores de drogas y cantidades cada vez menores de comida. Le desfiguraban aún más ciertos signos de degeneración que producían verdadera repugnancia. Babeaba y comía de una manera tan repugnante que la señora Reed se ausentó de la mesa en más de una ocasión. Menos mal que como a Ambrose no le gustaba abandonar su laboratorio, lo más frecuente era que sólo nos sentáramos tres a la mesa.

 

No recuerdo con exactitud cuándo se produjo la drástica alteración en las costumbres de Ambrose, pero creo que por entonces yo ya llevaba algo más de dos meses en la casa. Ahora que miro hacia atrás, me parece que el momento fue detectado por Ginger, el perro de mi primo, que empezó a demostrar una gran inquietud en su comportamiento. Siempre había sido un perro muy bien educado, pero ahora ladraba con frecuencia por las noches, y durante el día gemía y se movía alrededor de la casa y del patio como si estuviese asustado. La señora Reed dijo:”Ese perro olfatea u oye algo que no le gusta”. Quizá decía la verdad, aunque yo no le di mucha importancia.

 

Por esta época mi primo decidió quedarse en su laboratorio todo el tiempo, dándome instrucciones que le dejara la comida en la puerta. Me mostré contrario a aquella decisión, pero ni abría la puerta ni salía, y muchas veces dejaba la comida allí durante mucho tiempo antes de salir a buscarla, de modo que la señora Reed cada vez ponía menos interés en que la comida estuviese caliente, pues la mayoría de las veces ya estaba fría cuando la tomaba. Lo curioso era que ninguno de nosotros llegaba a ver a Ambrose cuando recogí su comida; la bandeja podía permanecer allí durante una hora, dos horas, incluso tres, y entonces, repentinamente, desaparecía, para ser reemplazada después por otra vacía.

 

Sus hábitos en la comida también habían cambiado: él, que había sido un buen bebedor de café, ahora lo rechazaba y devolvía la taza intacta. Lo hizo tantas veces que la señora Reed ya no se molestaba en servírselo. Parecía inclinarse cada vez más hacia las comidas simples -carne, patatas, lechuga, pan- y no le atraían las ensaladas o los cocidos. Algunas veces aparecían notas en las bandejas vacías, pero eran cada vez menos frecuentes y más espaciadas. Además, algunas de ellas me era imposible descifrarlas, ya que su letra ahora, al igual que el contenido de las notas, traslucían una penosa degradación. Parecía tener dificultades para agarrar el lápiz, y las líneas estaban garabateadas en grandes letras sobre las hojas de papel, sin orden ni concierto. La verdad es que esto no era de extrañar en un persona de bajo el efecto de fuertes dosis de droga.

 

La música que salía del laboratorio era aún más primitiva. Ambrose había conseguido algunos discos de música étnica -polinesia, india antigua y otras de ese estilo- y era ese tipo de música el que se oía ahora exclusivamente. Consistía en una serie de sonidos extraños y repetidos que resultaban muy interesantes en un principio, pero que, al final, cansaban con su monotonía insistente. Aquello duró aún una semana entera, día y noche, hasta que un día el tocadiscos empezó a manifestar síntomas de haberse gastado. De repente, se paró y desde entonces no volvió a oírse.

 

Aproximadamente al mismo tiempo se produjeron dos nuevos hechos aún más desconcertantes. Al perro, Ginger, le dio por ladrar frenéticamente durante las noches, a intervalos regulares, como si alguien estuviera invadiendo la propiedad.

 

Me levanté una o dos veces, y una de ellas creí ver un animal desagradablemente grande, que corría hacia el bosque; cuando salí fuera, había desaparecido. Pensé haberme equivocado, ya que, por muy salvaje que fuera esta parte de Vermont, no era una zona de osos, ni era de esperar encontrarse en los bosques algo mayor o más peligroso que un ciervo. El segundo hecho, sin embargo, era considerablemente más molesto. La señora Reed fue la primera en observarlo y me lo hizo notar: se trataba de un penetrante y altamente repelente miasma, un olor animal, que parecía emanar del laboratorio.

 

¿Podía haber metido mi primo un animal por la puerta del laboratorio que daba al bosque? Siempre existía la posibilidad, pero a decir verdad yo no conocía ningún animal que tuviese un olor tan fuerte. Los intentos de preguntárselo a Ambrose desde este lado de la puerta fueron inútiles. Él rehusaba contestar, e incluso no le inmutó la amenaza de que los Reed, incapaces de seguir trabajando en medio de ese hedor, acabarían por marcharse. Tres días después, los Reed empaquetaron sus cosas y se fueron. Yo me quedé solo a cargo de Ambrose y su perro.

 

Debido al shock que me produjo mi descubrimiento final, no conservo un recuerdo muy exacto de la forma en que sucedieron los últimos acontecimientos. Sí recuerdo que intenté una y otra vez ponerme en contacto con mi primo. Para lograrlo, recurrí a todos los medios posibles e imaginables, pero mis súplicas se quedaron sin respuesta. Para no tener que cuidar al perro, lo dejé libre y suelto de vagar por ahí. Tampoco intenté realizar las funciones que desempeñaban los Reed, pues pasaba mi tiempo en ir al laboratorio y venir del laboratorio. Me había dado por vencido en el intento de mirar dentro del laboratorio desde el exterior, ya que sus ventanas eran grandes rectángulos paralelos al techo y, de igual forma que la única ventana de la puerta, estaban tapadas; resultaba imposible ver el interior.

 

Aunque mis súplicas no habían tenido ningún efecto sobre Ambrose, sabía que en última instancia necesitaría comer y que, se le retiraba la comida, se vería finalmente forzado a salir del laboratorio. De modo que durante todo el día no deposité comida ante la puerta. Me senté de mala gana para esperar hasta que apareciera, a pesar del nauseabundo olor a animal que provenía del laboratorio e invadía toda la casa. Pero no apareció. Me decidí a continuar mi vigilancia delante de la puerta. No tuve que hacer grandes esfuerzos para luchar contra el sueño debido a que, en el silencio de la noche, unos movimientos peculiarmente extraños, dentro del laboratorio, me mantenían en vilo. Se trataba de unos ruidos desordenados, como si una inmensa criatura se arrastrase. A esos ruidos se sumaban los sonidos guturales que hubiera producido algún animal mudo en sus intentos de hablar. Llamé algunas veces y otras tantas intenté forzar la puerta del laboratorio, pero no lo conseguí: estaba no sólo cerrada, sino que parecía reforzada con algún objeto pesado.

 

Decidí que si mi primo no salía en busca de la comida a la que estaba acostumbrado, forzaría la puerta exterior al día siguiente de la forma que fuera. Estaba ahora sumamente alarmado. El persistente silencio de Ambrose no me parecía natural.

 

Apenas había tomado esta decisión, me di cuenta de la excitación del perro.

 

Como no estaba ya encadenado, no se limitaba a ladrar como otras noches, sino que corría de un lado a otro de la casa y después hacia el bosque. De pronto escuché el furioso gruñido que siempre acompaña a un ataque.

 

Olvidándome por un momento de mi primo, me dirigí a la puerta más cercana, cogí mi linterna y corrí fuera de la casa. Iba en dirección al bosque y ya había rodeado la casa cuando vi que la puerta del laboratorio estaba abierta. Me paré en seco.

 

Instintivamente me di la vuelta y corrí hacia el laboratorio. Todo estaba oscuro dentro. Llamé a mi primo. No hubo respuesta. Con la linterna encontré el interruptor y encendí la luz.

 

La escena que presenciaron mis ojos me espantó. La última vez que había entrado en el laboratorio todo estaba exageradamente limpio y cuidado. Sin embargo, ahora se encontraba en un estado alarmante. Los utensilios del experimento de mi primo estaban rotos y tirados por el suelo, junto con otros instrumentos y fragmentos de comestibles parcialmente podridos -algunos podían reconocerse que habían sido guisados, pero había también una increíble cantidad de carne cruda -restos de conejos, ardillas, mofetas y pájaros-. Sobre todo, el laboratorio tenía el repelente y nauseabundo aroma de la cueva de un animal salvaje. Los instrumentos esparcidos por el suelo dejaban constancia de un nivel de civilización, pero el olor y la apariencia del lugar reflejaban una vida totalmente subhumana.

 

No había ni rastro de mi primo Ambrose.

 

Recordé entonces el gran animal que había creído ver correr hacia el bosque y lo primero que se me ocurrió fue que la bestia había entrado en el laboratorio de alguna forma, se había llevado a Ambrose y que el perro había salido detrás de ellos. Actué según ese razonamiento y salí corriendo del laboratorio al lugar del bosque del que aún provenía el sonido gutural de una lucha a muerte. Pero cuando llegué al sitio el combate había acabado. Ginger se echó hacia atrás, jadeante y mi luz enfocó la víctima.

 

Ignoro cómo me las arreglé para volver a la casa, para llamar a las autoridades y aun para pensar coherentemente durante cinco minutos, tan grande fue el shock de mi descubrimiento. En ese momento comprendí todo lo que había ocurrido: sabía por qué el perro había ladrado tan desesperadamente en la noche, cuando “la cosa” se iba a alimentar, comprendí el misterio y el origen del fuerte olor animal.

 

Me di cuenta de que a mi primo le había sucedido lo inevitable.

 

Lo que yacía bajo las sangrientas fauces de Ginger era la caricatura subhumana de un hombre, la infernal parodia de la evolución primaria, con horribles deformaciones de cara y cuerpo, y de él emanaba un intenso y sepulcral olor, pero estaba vestido con los harapos de la bata color marrón de mi primo y llevaba en la muñeca el reloj de mi primo.

 

Por alguna ley primaria desconocida, al llevar sus recuerdos hacia la era prehumana, al pasado hereditario del hombre, Ambrose se había visto atrapado en ese período de evolución y su cuerpo dio marcha atrás hasta el nivel de la existencia prehumana en la tierra. Todas las noches iba al bosque en busca de su comida, enloqueciendo al ya alarmado perro; y de mi mano llegó a este horrible final, pues fui yo quien desató a Ginger y quien hizo posible que Ambrose encontrase la muerte en las garras de su propio perro.

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2 julio, 2010 - Posted by | HP Lovecraft | , , , ,

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