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1964 – La sombra del desván “A. Derleth” (con Lovecraft)


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I

Mi tío abuelo Uriah Garrison no era hombre a quien conviniera contrariar. Moreno, de cejas enmarañadas y revuelto cabello negro, cuando yo era niño su cara me aterrorizaba en sueños. Sólo tuve trato con él durante mi infancia. Mi padre se peleó con él y murió en cir­cunstancias extrañas, asfixiado en la cama, a unas cien millas de Arkham, que es donde vivía mi tío abuelo. Mi tía Sofía le maldijo, y también murió al poco tiempo, como si algo invisible la hubiera empujado por unas escaleras. ¿Cuántos casos más habrá habido como éstos? ¿Quién sabe? Nadie se atrevía a hablar, sino en voz baja y temerosa, de los poderes tenebrosos que obedecían a Uriah Garrison.

Tampoco podría nadie determinar qué proporción de cotilleo supersticioso, infundado y malévolo había en lo que se contaba de él. No le volvimos a ver desde que mu­rió mi padre, pues mi madre odiaba a su tío y le siguió odiando hasta la muerte, lo que demuestra que jamás se llegó a olvidar de él. Tampoco yo me olvidé ni de él ni de su casa, que tenía un tejado picudo y estaba en Ayles­bury Street, en una zona de las afueras de Arkham que se extiende al sur del río Miskatonic, no lejos de la Co­lina del Ahorcado, coronada por un frondoso cementerio. Por cierto que el Arroyo del Ahorcado cruzaba las tierras de la finca, que también estaban cubiertas de espeso ar­bolado, como el cementerio de la colina. Nunca olvidaré la sombría mansión donde vivía él solo — si exceptuamos a alguien que iba por la noche a arreglarle la casa—, ni sus estancias de techos altísimos, ni el desván solitario y oscuro que todos rehuían incluso de día y donde estaba terminantemente prohibido entrar con una linter­na u otra luz cualquiera—, ni sus ventanas emplomadas que miraban a un panorama de árboles y matorrales, ni las puertas de montante semicircular. Era el tipo de casa que nunca deja de ejercer un sombrío hechizo sobre las mentes juveniles e impresionables. A mí me provocaba siniestras fantasías y a veces sueños terroríficos de los que despertaba violentamente para correr a refugiarme junto a mi madre. Una noche inolvidable me equivoqué de camino y me topé con el extraño rostro inexpresivo y lejano de la mujer que venia a cuidar la casa. Nos mira­mos durante un instante, como a través de insondables abismos espaciales, y yo salí huyendo, espoleado por un terror nuevo que se superponía a los que ya me había provocado la pesadilla.

De mayor nunca se me ocurrió volver por allí. No ha­bía quedado amor entre nosotros, ni más relación que las breves felicitaciones que yo le mandaba por su cum­pleaños o en Navidad, a las cuales jamás respondió, lo que me parecía perfecto.

Por, eso me sorprendió tanto que al morir me legara la finca y una pequeña subvención con tal de que yo habitara la casa durante los meses del verano siguiente

a su fallecimiento. Sin duda había tenido en cuenta que mis obligaciones docentes me impedían ocuparla durante el resto del año.

No era pedir demasiado. Yo no tenía intención de con­servar la finca. Por entonces, Arkham había empezado ya a extenderse por la zona de Aylesbury Pike y la ciudad, que antes quedaba tan lejos de la casa de mi tío abuelo, ahora amenazaba con rodearía en breve, por lo que sin duda la finca no sería difícil de vender. Arkham no tenía ningún atractivo especial para mí, aunque me fascinaban sus leyendas, sus apiñados tejados puntiagudos y su or­namentación arquitectónica del siglo XVIII. Esta fascina­ción, sin embargo, no era verdaderamente profunda y no me atraía la idea de fijar mi residencia definitiva en Arkham. Pero para vender la casa de Uriah Garrison tenía primero que habitarla, según lo dispuesto en su testamento.

En junio de 1928, pese a las protestas de mi madre y a sus sombrías insinuaciones de que Uriah Garrison había sido un hombre especialmente malvado y aborre­cido, me trasladé a la casa de Aylesbury Street. No me resultó muy difícil instalarme, pues la habían conserva­do perfectamente amueblada tras la muerte de mi tío abuelo, acaecida en marzo del mismo año, y era evidente que alguien se había encargado de mantenerla limpia y en condiciones de habitabilidad, según comprobé nada más llegar, procedente de Brattleboro. Sin duda la mu­jer que atendía a mi tío abuelo había recibido órdenes de seguir prestando sus servicios en la casa, por lo me­nos hasta que yo me instalara en ella.

Pero el abogado de mi tío abuelo —un sujeto anticuado que iba todavía de alto cuello duro y solemne traje negro— ignoraba que se hubiera tomado medida alguna en tal sentido, según me dijo cuando fui a visitarle para averiguar las cláusulas del testamento.

— No he estado nunca en la casa, Mr. Duncan —di­jo- . Si su tío abuelo dejó dispuesto que la mantuvie­ran limpia, debe existir otra llave. Como usted sabe, yo le he entregado la única que tenía. Que yo sepa, no existe otra.

En cuanto a lo que disponía el testamento de mi tío abuelo, era escueto y sencillo. Yo sólo tenía que habitar la casa durante los meses de junio, julio y agosto, o du­rante noventa días, a partir de mi llegada, en caso de que mis obligaciones docentes me impidieran ocuparla desde el primero de junio. No se me imponía ninguna otra condición, ni siquiera prohibición alguna relativa al desván, como yo había supuesto.

—Al principio es posible que los vecinos le parezcan poco amistosos —replicó Mr. Saltonstall—.. Su tío abue­lo era hombre de costumbres raras y les hizo muchos desaires. Supongo que le molestaba que se fuera insta­lando tanta gente en los alrededores de su propiedad, y a los vecinos, por su parte, también les debía molestar la altivez e insolidaridad de su tío abuelo, del cual co­mentaban que prefería la compañía de los muertos a la de los vivos, a juzgar por sus frecuentes paseos por el cementerio de la Colina del Ahorcado.

Al preguntarle qué aspecto había tenido el anciano durante sus últimos años, Mr. Saltonstall repuso:

—Era un viejo robusto y vigoroso, realmente duro. Pero, como tantas veces sucede, en cuanto empezó a decaer se desmoronó rápidamente: al cabo de una se­mana estaba muerto. De vejez, según el médico.

— ¿Y su estado mental? —pregunté.

Mr. Saltonstall sonrió gélidamente.

—Bueno, Mr. Duncan, usted ya sabrá que el estado mental de su tío abuelo fue siempre un poco raro. Te­nía ideas muy extrañas que resultan verdaderamente ar­caicas. Me refiero, por ejemplo, a sus investigaciones so­bre la brujería. Se gastó mucho dinero en estudiar los procesos de Salem. Pero encontrará usted su biblioteca intacta, y está llena de libros sobre el tema. Aparte su interés obsesivo en esta única cuestión, era un hombre fríamente racional. Esto le describe bien. Insociable y altivo.

Así, pues, el tío abuelo Uriah Garrison no había cam­biado en los años transcurridos desde mi niñez, ahora que me acercaba a la treintena. Y la casa tampoco había cambiado. Todavía conservaba aquella atmósfera de es­pera vigilante, como una persona acurrucada para pro­tegerse del frío mientras espera la llegada de la diligen­cia. No valdría una metáfora más moderna, pues la casa tenía doscientos años y, aunque estaba muy bien cuidada, no le hablan instalado luz eléctrica y su fontanería era viejísima. Exceptuando su contenido y algunos arte­sonados, la casa en sí carecía de valor. Pero en cambio el terreno valía mucho, debido, como he dicho, al cre­cimiento de Arkham por aquellas partes.

El mobiliario era de cerezo, caoba y -nogal negro, y sospeché que si lo viera Rhoda —mi novia— querría conservarlo para cuando tuviéramos casa propia. Yo pensaba que con el dinero que nos procurara la venta de la finca y el mobiliario podríamos construirnos una casa para nosotros y mantenerla con mi sueldo de auxiliar del departamento de inglés y el suyo de profesora de Filo­logía y Arqueología.

Tres meses no era demasiado tiempo para vivir sin luz eléctrica y también podría soportar su deficiente fon­tanería durante esas semanas, pero en el acto decidí que no estaba dispuesto a prescindir del teléfono. Así que cogí el coche y me acerqué a Arkham para encargar que me lo instalaran sin demora. Ya que estaba en el centro de la ciudad, me detuve en la oficina de telégrafos de Church Street y envié sendos telegramas a mi madre y a Rhoda, comunicándoles mi llegada e invitando a Rhoda a que viniera cuando quisiera para inspeccionar mi recién adquirida propiedad. También aproveché para hacer una buena comida en uno de los restaurantes y comprar unas pocas provisiones necesarias para mis desayunos, a pesar de que no me apetecía nada tener que encender el viejo fogón de la cocina. Por fin regresé fortalecido contra el hambre para el resto del día.


Me había llevado conmigo varios libros y documentos que me hacían falta para la tesis doctoral en que estaba trabajando, y sabía que la biblioteca de la Universidad del Miskatonic, que quedaba a menos de una milla de mi casa, me ofrecería toda ayuda adicional que pudiera ne­cesitar. Thomas Hardy y el condado de Wessex no cons­tituía un tema tan abstruso como para tener que recu­rrir a la Widener o a otra de las grandes bibliotecas uni­versitarias. Así, pues, me dediqué a mi tesis hasta el anochecer de mi primer día de estancia en el viejo case­rón de Uriah Garrison. A esa hora, fatigado, me acosté en la habitación que había sido de mi tío abuelo, en el segundo piso de la casa, en vez de hacerlo en el cuarto de los huéspedes, que estaba en la planta baja.

II

A última hora del día siguiente me sorprendió una visita de Rhoda. Llegó sin avisar, al volante de su Ralster. Rhoda Prentiss era un nombre demasiado cursi para una joven tan airosa, tan llena de vitalidad y energía. No oí llegar el coche y sólo supe de su presencia cuando abrió la puerta delantera de la casa y me llamó:

¡Adam! ¿Estás en casa?

De un salto salí del despacho donde, estaba trabajan­do — a la luz, de una lámpara, pues el. día era oscuro y tormentoso— – y allí me la vi, con el largo cabello rubio goteando lluvia, los labios entreabiertos y los limpios ojos azules tornando nota, con viva curiosidad, de todo lo’ que se hallaba a su alcance.

Pero cuando la tuve entre mis brazos, un leve estre­mecimiento recorrió su cuerpo…

— ¿Cómo vas a soportar tres meses en esta casa?—exclamo. ’’

——Está hecha aposta para tesis doctorales — respon­dí—.. Aquí no hay nada que me perturbe.


— Pues a mí me perturbaría toda la casa, Adam ——re­plicó con una seriedad insólita—. ¿No notas en ella algo maligno?

—lo maligno que había ya se ha muerto: mi tío abue­lo. Pero te confieso que cuando vivía la casa entera tra­sudaba malignidad.

—Y la trasuda.

—Eso si crees en residuos psíquicos.

Parecía como si Rhoda fuera a añadir algo, pero yo cambié de conversación.

—Llegas justo a tiempo de que nos vayamos a Arkham a cenar. Al pie de French Hill hay un restaurante fran­cés antiguo muy interesante.

No contestó nada, pero mantuvo un ligero ceno du­rante un rato, como si se hubiera quedado con algo den­tro. Sin embargo, durante el transcurso de la cena volvió a recuperar su humor habitual; habló de su trabajo, de nuestros planes, de nosotros dos; y pasamos más de dos horas en el restaurante. Luego regresamos a casa. Era natural que se quedara a pasar la noche en el cuarto de los huéspedes, que además estaba debajo del mío y podía avisarme, dando golpes en el techo, sí necesitaba algo o si —como dije yo— «te perturba el residuo psíquico».

Pese, sin embargo, a bromear, me había dado cuenta de que en la casa, al llegar mi novia, se había producido como un aumento del nivel de vigilancia. Era como si la casa hubiera arrojado de si toda indolencia, como si de pronto se hubiera tenido que poner alerta, como sí hus­meara algún peligro o presintiera de algún modo mi in­tención de venderla a quien la iba a derribar sin piedad. Esta sensación fue en aumento durante toda la velada y me provocó, corno respuesta, un inexplicable, pero in­confundible sentimiento de compasión. En realidad, tam­poco tenía por qué extrañarme tanto, pues las casas van adquiriendo poco a poco una atmósfera, y una casa de más de dos siglos tiene más atmósfera que otra más moderna. Precisamente son estas casas, que tanto abundan en Arkham, las que dan a la ciudad su peculiar distin­ción; y no me refiero sólo a los tesoros arquitectónicos, sino también al ambiente de las casas, al saber acumulado y a los ecos legendarios de las vidas humanas nacidas y consumidas dentro de los limites relativamente pequeños de la ciudad.

Y desde aquel momento también empecé a darme cuen­ta de otra cosa, asimismo relacionada con la casa, pero perteneciente a un plano distinto. No es que se me hu­biera contagiado la reacción instintiva de Rhoda, sino sencillamente que su llegada aceleró los acontecimientos, el primero de los cuales sucedió aquella misma noche. Después he pensado que la aparición de Rhoda precipitó unos hechos que de todas maneras iban a haber ocurrido, pero que, en el curso normal de las circunstancias, se ha­brían producido de modo más insidioso.

Aquella noche nos acostamos tarde. Yo caí dormido al instante, pues la casa estaba alejada del tráfico de la ciudad y en ella tampoco había los crujidos o chasquidos tan frecuentes en los caserones antiguos. En el piso de abajo, Rhoda se movía inquieta por la habitación y toda­vía estaba levantada cuando yo me dejé caer en el sueño.

Era después de medianoche cuando algo me despertó. Durante unos segundos permanecí inmóvil, hasta despabilarme del todo. ¿Qué es lo que me había arrancado del sueño? ¿El sonido de una respiración que no era la mía? ¿Una presencia muy próxima? ¿Algo que había en la cama? ¿O las tres cosas a la vez?

Tanteé con la mano ¡y palpé el inconfundible pecho desnudo de una mujer! Al mismo tiempo percibí su aliento ardiente, férvido. – Pero al instante siguiente se habla ido, ya no estaba en la cama, y la sentí, más que la vi, deslizarse hacia la puerta de la habitación.

Plenamente despierto ya, me quité la sábana ligera que me cubría, pues la noche era húmeda y sofocante, y salté del lecho. Encendí la lámpara con mano un tanto trémula y me quedé ahí de pie sin saber qué hacer. Sólo llevaba puestos unos calzones cortos y lo sucedido me habla al­terado más de lo que hubiera querido reconocer.

Me avergüenza admitir que durante un instante creí que habla sido Rhoda, lo cual sólo demuestra que el in­cidente me habla provocado bastante confusión mental, pues Rhoda era incapaz de una acción semejante. De ha­ber deseado pasar la noche en mi cama, lo habría dicho como otras veces. Además, el pecho que yo habla tocado no era, el de Rhoda, que tenía unos senos firmes y bella­mente redondeados, mientras que los de la mujer que había estado tendida a mi lado eran fláccidos, viejos, de enormes pezones. A diferencia de los de Rhoda, me ha­bían producido un estremecimiento de horror.

Cogí la lámpara y salí de la habitación, dispuesto a registrar la casa. Pero al desembocar en el vestíbulo oí, como si procedieran de un punto situado fuera de la casa y muy por encima de ella, unos tenues, lejanos so­llozos de mujer. Era la voz de una mujer que estaba siendo castigada, y me llegaba como desde una distancia desolada, como un fantasma de sonido que no tardó en perderse del todo. No habría durado más de treinta se­gundos, pero a su modo había resultado tan inconfundi­ble como lo que había palpado en el lecho.

Me quedé parado un rato, agitado interiormente, y por fin me retiré a la cama, donde permanecí insomne du­rante una hora larga, atento por si pasaba algo.

Nada ocurrió, y cuando por fin volví a dormirme, ya había empezado a preguntarme si no habría confundido algún sueño con la realidad.

Pero a la mañana siguiente, el nublado rostro de Rho­da me dijo que algo iba mal. Se habla levantado a pre­parar el desayuno y la encontré en la cocina. Se volvió hacía mí, sin saludarme, y dijo:

— ¡Anoche había una mujer en la casa!-

– ¡Entonces no era un sueño! —exclamé yo.

— ¿Quién era? — preguntó.

Moví la cabeza negativamente.

—Me gustaría podértelo decir.

—Me parece extraordinario que venga la mujer de la limpieza en mitad de la noche —prosiguió.

— ¿La viste?

—Si la vi, ¿por qué?

— ¿Cómo era?

—Parecía joven, pero me dio la extraña sensación de que no lo era ni mucho menos. Tenía una cara inexpre­siva, inmóvil. Sólo tenía vivos los ojos.

— ¿Y ella te vio a ti?

—No creo.

¡Es la mujer que venia a atender a mi tío! -excla­mé—. Tiene que ser ella. Al llegar me encontré la casa completamente limpia. Mira qué limpia está. Mi tío abuelo no debió decirle que no volviera y ella ha seguido viniendo. Recuerdo que de niño la vi una vez. Mi tío abuelo la hacia venir siempre de noche.

– ¡Qué cosa más absolutamente cretina! Uriah Gar­rison murió en marzo, hace ya tres meses, y esa mujer tendría que ser idiota para no haberse enterado a estas alturas. ¿Quién le paga?

— ¿Y yo qué sé? No te puedo contestar.

Además, tal como estaban las cosas, no me atreví a contar a Rhoda mi experiencia nocturna. Sólo pude ase­gurarle, sin mentir, que no había visto a mujer alguna en aquella casa desde una noche de mis primeros años en que sorprendí casual y fugazmente a la que hacía la limpieza. –

—Recuerdo que a mi también me dio la misma im­presión —dije—. Tenía una cara completamente inex­presiva.

— Adam, eso pasó hace veinte años o más —señaló Rhoda—. No puede ser la misma mujer.

— No sé qué decirte. Sin embargo, imposible no es, supongo. Y diga lo que diga Mr. Saltonstall, tiene que tener llave de la casa. –

— Eso no tiene ningún sentido. Y tú prácticamente no has tenido tiempo de contratar a nadie desde que estás aquí.

—No he contratado a nadie.

—Lo creo. No moverías un dedo para limpiar aunque te estuvieras ahogando en polvo — se encogió de hom­bros— .Tendrás que averiguar quién es y poner punto final al asunto. No me gusta que la gente murmure, ya sabes.

Con este ánimo nos sentamos a desayunar. Yo sabía que Rhoda pretendía partir a continuación. Pero notaba que seguía preocupada. Habló muy poco mientras comía, respondiendo a mis comentarios con breves monosílabos, hasta que por fin estalló.

— ¡Pero, Adam! ¿Cómo es posible que no lo sientas?

— ¿Que no sienta qué?

— En esta casa hay algo que te busca, Adam. Yo lo noto. A quien busca la casa es a ti.

Tras mi estupefacción inicial, hice constar con toda frialdad que la casa era un objeto inanimado, que yo no sabía de ninguna otra criatura que viviera en ella sino de mí, salvo qué hubiera ratones y no me hubiera dado cuenta, y que una casa no puede querer ni dejar de que­rer nada ni a nadie.

No se quedó convencida. Al cabo de una hora, cuan­do ya estaba dispuesta para marcharse, dijo impulsivamente:

—Adam, vente conmigo. —Ahora mismo.

—Sería una locura perder una propiedad tan valiosa, a la que tú y yo podemos dar tan buen uso, sólo por un capricho – contesté.

— Es algo más que un capricho. Ten cuidado, Adam.

En este tono nos separamos. Rhoda prometió volver cuando estuviera más entrado el verano y me obligó a prometerle que le escribiría puntualmente.

III

Lo sucedido en aquella segunda noche que pasaba en la casa removió mis recuerdos y volví a sentir de nuevo la lúgubre melancolía que durante mi infancia había ema­nado del lugar, pero especialmente de la terrible pre­sencia de mi tío abuelo Uriah y del cerrado desván donde nadie se atrevía a entrar pese a la frecuencia con que lo hacía el dueño de la casa. Debe ser normal que al fin decidiera recoger el desafío que para mí suponía la exis­tencia de ese desván.

La lluvia del día anterior había dado paso a un sol in­tenso que- se derramaba, desde las ventanas apropiadas, por toda la casa, dándole un aire gallardo y gentil que nada tenía de siniestro. Era uno de esos días en que todo lo sombrío y ominoso parece lejano. No vacilé en encender una lámpara que dispersara las tinieblas del desván —que no tenía ventanas— y me lancé hacia las alturas de la casa provisto de todas las llaves que me habla facilitado Mr. Saltonstall.

No hizo falta ninguna. La puerta estaba abierta.

Y el desván vacío, pensé al entrar. Pero no lo estaba del todo. En el centro de aquel tabuco abuhardillado había una sola silla y, encima de ella, varias prendas vul­gares y otra que no lo era tanto: diversas ropas de mu­jer y una máscara de goma de ésas que se ajustan a las facciones de quienes la llevan puesta. Avancé hasta la silla, asombrado, y dejé la lámpara en el suelo pata me­jor examinar lo que había encima.

Lo que había era lo que había visto en el primer vis­tazo: un vestido corriente de algodón estampado con un dibujo anticuadísimo de cuadritos en distintos tonos de gris, un delantal, un par de guantes de goma de los que se pegan a la piel, medias elásticas, zapatillas de andar por casa y la máscara. Esta última, luego de examinada, resultó ser bastante común, a excepción de que iba pro­vista de cabellos. Los vestidos bien podrían haber perte­necido a la mujer de la limpieza de mi tío abuelo Uriah. Habría sido muy propio de él no permitirle cambiarse de ropa en el desván. Pero esta hipótesis no sonaba muy convincente, desde luego, teniendo en cuenta sobre todo el cuidado que siempre había tenido en que nadie más que él entrara en aquella buhardilla.

La careta era más difícil de explicar. No estaba seca y agrietada, como lo habría estado de llevar varios años sin usar. Al contrario, estaba suave y flexible, lo que resultaba aún más intrigante. Además, igual que el resto de la casa, el desván estaba impecablemente limpio.

Sin tocar la ropa, volví a tomar la lámpara y la man­tuve alzada. Entonces vi la sombra que se extendía, más allá de la mía, por la pared y el techo abuhardillado. Era una superficie monstruosa, deforme, ennegrecida, como si una inmensa llamarada hubiera grabado esa ima­gen en las tablas del desván. La estuve contemplando durante un rato antes de darme cuenta de que, aun gro­tescamente contrahecha, guardaba cierta semejanza con una figura humana. La cabeza, sin embargo — pues la cosa poseía una especie de excrecencia informe en el sitio de la cabeza—, no se parecía a nada y resultaba horrible.

Me acerqué para verla en detalle, pero al aproximarme sus contornos se difuminaron. Sin embargo, tenía toda la superficie de haber sido como cauterizada en la ma­dera por un chorro de fuego abrasador. Retrocedí de nuevo hasta la silla y un poco más. La sombra parecía haberse producido como consecuencia de una llamarada que hubiese brotado a nivel del suelo. Tenía una angulación extraña e inexplicable. Me di la vuelta entonces y traté de localizar el punto de donde pudiera haber sur­gido lo que había provocado aquella alteración en el te­cho y la pared.

Al darme la vuelta, la lámpara iluminó el lado opues­to del desván y puso de manifiesto, en el punto donde yo buscaba, la existencia de una abertura entre el techo y el suelo, pues en ese lado del desván no había pared. El agujero no era mayor que el que necesitaría un ratón, y al momento supuse que, en efecto, no era más que una ratonera. No habría retenido mi atención durante más de un segundo de no haber sido por lo que había pintado, con tiza u óleo de color rojo vivo, a su alrededor: una secuencia de curiosas líneas anguladas que me parecieron completamente distintas de cualquier diseño geométrico conocido y que estaban dispuestas de tal modo que el agujero del ratón quedaba en el centro de las mismas. Inmediatamente pensé en el gran interés que siempre había manifestado mi tío abuelo por la magia. Pero no: éstos no eran los habituales pentáculos, tetraedros y círcu­los de la brujería, sino más bien todo lo contrario.

Acerqué la lámpara a las líneas y las examiné. De cerca sólo eran rayas, sin más. Pero vistas desde el centro del desván, componían una especie de diseño desconocido que sugería otras dimensiones, según se me ocurrió pen­sar. Era imposible determinar cuánto tiempo llevaban allí, pero no parecía haber sido trazadas recientemente, es decir, durante los tres últimos decenios. También era posible que tuvieran un siglo.

Mientras reflexionaba sobre el significado de la extra­ña sombra y del diseño pintado enfrente de ella, empe­cé a adquirir conciencia de que en el desván se había ido produciendo como una especie de tensión. Era algo verdaderamente indescriptible, pero lo que yo sentía — qué raro hace ponerlo en palabras— es como si el desván estuviera conteniendo la respiración.

Empecé a inquietarme cada vez más, como si no fuera el desván, sino yo el que estaba siendo examinado. La llama de la mecha osciló y empezó a echar humo y la habitación entera pareció oscurecerse. Durante un momen­to fue como si la tierra, de pronto, se hubiera puesto a girar al revés, o algo así, y yo hubiera quedado sus­pendido durante un instante en el espacio exterior, antes de precipitarme en una órbita propia. Pero esta impre­sión fue fugaz. La tierra reanudó la regularidad de su giro, y la habitación se iluminó, la llama de la lámpara se serenó.

Salí del desván a toda prisa, casi indignamente, per­seguido por todas las habladurías de mi infancia, súbi­tamente escapadas ahora del almacén de la memoria. Me sequé las gotitas de sudor que se me habían formado en las sienes, apagué la lámpara de un soplido e inicié, considerablemente agitado, el descenso de la escarpada escalera. Para cuando llegué a la planta baja había recuperado mi compostura. Pero ya no me resultó tan fácil dar de lado las aprensiones de mi novia con respecto a la casa en que había acordado pasar el verano.

Me enorgullezco de ser un hombre metódico. En sus momentos frívolos, Rhoda me llama «pedante», pero sólo refiriéndose, naturalmente, a mi interés por libros, escritores y cuanto en general se relaciona con la litera­tura. Da igual. El caso es que la verdad, dígase como se diga, no es por ello menos verdad. Una vez recobrado de la breve, aunque terrorífica experiencia sufrida en el des­ván, que además había venido a agregarse a los sucesos de la noche anterior, decidí llegar hasta el fondo del asunto y descubrir alguna explicación verosímil para lo ocurrido en ambas ocasiones. ¿Acaso me habla hallado las dos veces en estado alucinatorio? ¿O no?

Evidentemente había que empezar la investigación por la mujer de la limpieza.

Telefoneé inmediatamente a Mr. Saltonstall, pero se limitó a confirmarme lo que ya me había dicho. El no sabía de ninguna mujer de la limpieza. No tenía conoci­miento de que mi tío abuelo hubiera tenido ama de llaves o asistenta de cualquier tipo. Y, que él supiera, no existí a ninguna otra llave de la casa.

—Usted comprenderá, Mr. Duncan —terminó Mr. Saltonstall—, que su tío abuelo era un hombre retraído y solitario, reservado al máximo. Lo que quería que no se supiera, no se sabía. Pero si me permite una suge­rencia, ¿por qué no investiga entre los vecinos? Yo sólo he estado una o dos veces en la casa, pero ellos la han tenido durante años en observación. No hay muchas cosas que los vecinos no puedan descubrir.

Le di las gracias y colgué.

 Pero abordar a los vecinos equivalía a un ataque frontal y además la mayoría de las casas estaban bastante lejos de la de mi tío abuelo. La más próxima estaba a dos parcelas de distancia según se salía del viejo caserón a la izquierda. No había observado en ella muchos signos de vida, pero me asomé a la ventana para verla mejor y divisé en el porche a una persona tomando el sol en una mecedora.

Reflexioné durante unos minutos sobre la mejor forma de abordarla, pero no se me ocurrió nada mejor que ir directamente al grano. Conque salí de casa y bajé por el camino que conducía a la del vecino más cercano. Al cruzar la valía vi que el ocupante de la mecedora era un viejo.

—Buenos días, caballero —le saludé—… Vengo a ver si puede usted ayudarme en un asunto.

El viejo cambió de postura.

—— ¿Quién es usted?

Me identifiqué, lo cual despertó inmediatamente su interés.

—— ¿Conque Duncan, eh? Nunca le of al viejo hablar de usted. Pero tampoco hablé con él más de diez o doce veces. ¿En qué puedo servirle?

—-Querría ver cómo me puedo poner en contacto con la mujer que venía a arreglar la casa de mi tío abuelo.

Me lanzó una mirada penetrante a través de párpados súbitamente encogido.

—Joven, eso también me gustaría saberlo yo, sólo por pura curiosidad —dijo—. Nunca se la ha visto en ningún otro sitio.  

— ¿La ha visto usted entrar alguna vez?

—Nunca. Sólo la he visto de noche y dentro de la casa, por las ventanas.

Y salir ¿la ha visto usted salir?

—Nunca la he visto ni entrar ni salir. Ni yo ni nadie. Tampoco la he visto nunca de día. Quizá el viejo la tenía viviendo allí, pero no le sé decir dónde.

Me quedé desconcertado. Pensé durante un momento que el viejo me ocultaba algo, pero no: su sinceridad era evidente por sí misma. No supe qué decir.

——Pero eso no es todo —añadió —. ¿Ya ha visto us­ted la luz azul?

–No.

— ¿Y ha oído usted algo que no se pueda explicar?

Titubeé.

El viejo lanzó una risita.

—Ya me parecía a mí. El viejo Garrison se traía algo entre manos. Y no me extrañaría que se lo siguiera tra­yendo.

– Mi tío abuelo falleció el pasado marzo —le recordé.

—No me lo puede demostrar —dijo—. Sí, yo vi una capa de muerto que la sacaban de la casa y la llevaban al cementerio de la Colina del Ahorcado, pero no sé más. No sé quién o qué iba dentro.

El -anciano siguió hablando en este tono, hasta que no me cupo duda de que, aunque sospechaba muchas cosas, en realidad no sabía nada. Me proporcionó, eso sí, toda clase de insinuaciones y sugerencias, pero nada tangible, y la suma de todo cuanto me dijo apenas añadía nada a lo que yo ya sabía: que mi tío abuelo no veía a nadie, que estaba metido en algún «asunto diabólico» y que mejor estaba muerto que vivo, si es que realmente lo estaba. También había llegado a la conclusión de que algo marchaba mal en casa de mi tío abuelo. Admitió que, si le dejaban solo, él de por sí no molestaba a los vecinos. Y absolutamente solo le habían dejado desde que la vieja Mrs. Barton fuera un día a su casa para re­convenirle por tener a una mujer escondida y al día si­guiente la encontraran muerta en la cama, de un ataque cardiaco: «de terror, según dijeron».

Era evidente que no había modo de conseguir más información sobre mi tío abuelo. A diferencia del tema de mi tesis doctoral, a éste no hacían referencia las bibliotecas, salvo la suya propia, a la que me trasladé al momento para encontrarme allí con un bloque casi macizo de libros antiguos y modernos sobre magia, bru­jería y supersticiones afines: por ejemplo, el Malleus Maleficarurn y tomos viejísimos de autores como Olaus Mag­nus, Eunapius, De Rochas y otros. Aquellos títulos no tenían significado para mí: De natura daemonum, de Anania; Quaestio de lamiis, de De Vignate; Fuga Satanae de Stampa… Jamás había oído hablar de ellos.

No cabía duda de que mi tío abuelo se había leído sus libros, porque los tenía llenos de señales, anotacio­nes y llamadas. No eran difíciles de leer, a pesar de su arcaica impresión, pero todos trataban de temas pareci­dos. Los que interesaban a mi tío abuelo no se limitaban a las prácticas habituales en la magia y la demonología, sino que denotaban una persistente fascinación por los succubi y por la retención de – la «esencia» de una exis­tencia a otra, sin olvidar la reencarnación, los demonios familiares, las venganzas mediante brujería, los encanta­mientos y demás. –

Yo no tenía intención de estudiarme los libros. Pero me molesté en seguir el hilo de algunas de sus referen­cias bibliográficas sobre la «esencia» y de pronto me encontré saltando de un libro a otro en pos de una ar­gumentación que se iniciaba en la definición de la «esen­cia», «alma» o «fuerza vital» —según la llamaban en los distintos libros—, seguía luego por capítulos sobre transmigración y posesión y conducía por fin al modo de ocupar un cuerpo nuevo tras vaciarlo de su fuerza vital interior y sustituirla por la esencia de uno: la clásica teoría a que se puede aferrar un anciano que está al bor­de de la muerte.

Todavía estaba enfrascado en los libros cuando llamó Rhoda desde Boston.

¡Boston! — Exclamé, sorprendido-—-. No te has ido muy lejos.

—-No —contestó—. Es que me puse a pensar en tu tío abuelo y me paré aquí, en la Biblioteca Widener, para echar una ojeada a algunos libros raros.

—-¿De brujería? —pregunté al azar.

— Sí. Adam, creo que debes irte de esa casa.

 -¿Y tirar a la basura una bonita herencia? Ni lo pienses.

— Por favor, no seas testarudo. He estado haciendo algunas averiguaciones. Ya sé que eres un cabezota, pero créeme —dijo con gran seriedad-, tu tío no pensaba en nada bueno cuando dejó esa disposición en el testa­mento. Quiere que estés ahí por alguna razón. ¿Te en­cuentras bien, Adam?

——Perfectamente.

—— ¿Ha ocurrido algo?

Le conté en detalle lo que había ocurrido.              

Me escuchó en silencio. Cuando terminé, repitió:

—Creo que debes marcharte, -Adam.

Me di cuenta de que estaba empezando a irritar su posesibidad, el derecho que se atribuía a decirme lo que yo debía hacer o no, su convicción de saber mejor que yo lo que me convenía.

—- Me voy a quedar, Rhoda —contesté

—No te das cuenta, Adam. Esa sombra del desván. Por el agujero entró una cosa monstruosa y dejó esa sombra quemada ahí —dijo.

Me temo que solté una carcajada.

——Siempre he sostenido que las mujeres no son ani­males racionales.

—Adam, esto no es cosa de mujeres u hombres. Es­toy asustada.

—Vuelve —dije— Yo te protegeré.

Resignada, colgó el teléfono.

IV

Aquella noche resultó memorable por algo que, de momento, decidí considerar pura alucinación. Todo empezó, literalmente, con un paso en la escalera. Yo me había acostado hacía poco y agucé el oído por si lo volvía a oír. Luego me bajé de la cama, caminé a ciegas hasta la puerta y la abrí lo suficiente para mirar al exterior.

La mujer de la limpieza acababa de pasar por delante de mi puerta y se dirigía al piso de abajo. Retrocedí inmediatamente hacia el interior de mi cuarto, busqué a tientas mi bata, que estaba todavía en la maleta porque hasta entonces no había tenido ocasión de ponérmela, y salí de la habitación dispuesto a enfrentarme a la mujer durante su trabajo.

Fui bajando la escalera en silencio y a oscuras, aunque las tinieblas no eran totales, ya que por las ventanas penetraba del exterior cierta iridiscencia lunar. Apenas habla llegado a la mitad cuando volví a sentir aquella curiosa sensación, que ya había tenido antes, de ser vigilado.

Me di la vuelta.

Allí, detrás y por encima de mí, como en un pozo de resplandeciente tiniebla, flotaba la apariencia espectral del tío abuelo Uriah Garrison, más tenue que el aire. Durante un instante vi el rostro pesado y barbudo —ligeramente distorsionado por la claridad engañosa de la luna—, los ojos febriles, las greñas despeinadas, los altos pómulos y la piel tirante de las mejillas inconfundible. Pero al mo­mento se desvaneció, como un globo pinchado por un alfiler, y se convirtió en una especie de culebrilla tenue o voluta espiral de alguna sustancia oscura que flotaba y se retorcía en el aire, escaleras abajo, hacia donde yo me encontraba. Por fin desapareció como un jirón de humo.

Permanecí helado de horror hasta que la razón volvió a recuperar el control de la mente. Me dije que acababa de sufrir una alucinación, lo cual no era de extrañar habida cuenta de que me había pasado el día dándole vueltas a mi tío abuelo y a sus extrañas aficiones. En realidad debería haber pensado que, en tal caso, lo nor­mal habría sido verlo en sueños y no despierto. Pero en aquel momento estaba incluso dispuesto a poner en duda que me hallaba despierto. Tuve que pensar qué hacía yo allí en la escalera y recordé a la mujer de la limpieza.

Sentí el impulso de refugiarme en mi cuarto y meterme en la cama, pero lo reprimí y seguí adelante.

En la cocina había luz. A juzgar por el resplandor, debía ser un quinqué puesto al mínimo. Avancé en si­lencio hasta la puerta y me quedé inmóvil en un punto desde donde podía ver el interior.

Allí estaba la mujer, limpiando, como siempre. Ahora era el momento de abordarla directamente y rogarle que explicara su presencia.

Pero algo me lo impidió. En aquella mujer había algo que me repelía. Se agitó el fondo de mi memoria y re­cordé a aquella otra mujer que había visto allí en mis años infantiles. Poco a poco, pero con certeza, me fui dando cuenta de que las dos eran la misma. Su faz impasible e inexpresiva no había cambiado en más de vein­te años, sus movimientos seguían siendo mecánicos ¡y hasta parecía que llevaba el mismo vestido!

¡Además, sabía intuitivamente que su cuerpo era el que había sentido junto a ml la noche antes!

Cada vez me disgustaba más le idea de abordarla. Pero me obligué a entrar en la habitación, crucé el umbral de la puerta y me detuve, a punto de pedirle explicaciones.

Las palabras no llegaron a salir de mis labios. La mu­jer se volvió. Durante unos instantes nuestras miradas se cruzaron y en sus ojos vi sendos pozos de fuego ar­diente que no eran ojos, sino mucho más: epítome de la pasión y la avidez, cumbre de malignidad, encarnación de lo desconocido. Por lo demás, esta nueva confronta­ción no difirió de la acaecida en años pasados: la mujer no se movió, su rostro — salvo los ojos— permaneció completamente desprovisto de expresión. Bajé la mirada, incapaz de soportar la suya por más tiempo y retrocedí hacia las tinieblas del pasillo.

Y corrí escaleras arriba a mi habitación, donde perma­necí tembloroso, con la espalda apoyada en la puerta y la mente completamente confusa. Me daba cuenta de que aquel ser era algo más que una mujer, pero no sabía qué: una criatura fantasmal al servicio de mi tío abuelo, obligada a retornar noche tras noche para ejecutar esos ritos. De donde venía era un misterio.

Mientras yo seguía en la misma posición, volví a oírla. Sus pasos comenzaban a subir la escalera. Durante unos instantes creí que venía a mi habitación — como la noche anterior— y me sentí helado de terror. Pero pasó de largo y subió por la escalera que conducía al desván.

A medida que se apagaba el ruido de sus pasos me fue volviendo el valor y me atreví a abrir la puerta y mirar.

Todo estaba a oscuras. Pero no: en lo alto de la esca­lera, por debajo de la puerta del desván, se filtraba un resplandor azul.

Cuando empecé a subir las escaleras, observé que el res­plandor azul disminuía en intensidad.

Cada vez más envalentonado, abrí enérgicamente la puerta.

No había señal alguna de la mujer. Pero allí al fondo, en el ángulo que formaban el techo y el suelo, la luz azul que había visto filtrándose por debajo de la puerta ¡des­aparecía como si fuera agua por el agujero del ratón! Y las líneas pintadas a su alrededor resplandecían como con luz propia que se fue apagando mientras la observaba.

Encendí una cerilla y la mantuve alzada.

Las ropas que llevaba la mujer estaban, como antes, encima de la silla. Y la careta.

Avancé hasta la silla y toqué la máscara.

Estaba caliente.

La cerilla me quemó los dedos y se apagó.

Todo quedó negro como la pez. –Pero sentí que de la ratonera emanaba un poder que me arrastraba hacia ella. Era como una pulsación consciente y maligna, de tal intensidad que, si no huía inmediatamente de allí, me obli­garía a ponerme de rodillas e intentar seguir a la luz azul. De nuevo la tierra pareció detener su giro, el tiempo dio como up bandazo y me envolvió una nube de espanto que me paralizó.

Permanecí en pie, como una estatua.

Entonces, de la ratonera empezó a emanar una espira de luz azul, como una voluta de humo luminoso flotando en la oscuridad, ramificándose, fundiéndose consigo mis­ma, amenazando con invadir todo el desván. Esta visión rompió el hechizo que me tenía petrificado. Corrí agachado hasta la puerta y me precipité escaleras abajo hacia mi habitación, mirando atrás como si temiera que una cosa horrible se me fuera a abalanzar por la espalda.

Nada vi sino negrura, nada sino oscuridad.

Entré en mi dormitorio y me dejé caer vestido en la cama. Allí permanecí tendido, en espera angustiosa de lo que pudiera suceder. Sabía que Rhoda tenía razón y que debía irme, – pero al mismo tiempo sentía una extraña re­pugnancia a dejar la casa de Aylesbury Street, y no ya por la herencia, sino por una especie de vínculo espan­toso, casi como un parentesco, que me mantenía atado a ella.

En vano esperé a que ni aun el fantasma de un sonido alterase el silencio. Nada captaron mis oídos sino los ruidos naturales de la casa y el viento —pues se había levantado viento— y, de – vez en cuando, el extraño maullido de un búho por la parte de la Colina del Ahor­cado.

Por fin me dormí, completamente vestido como estaba. Y soñé. Soñé que la luz azul crecía y se multiplicaba como hongos e invadía el desván. Luego se deslizaba escaleras abajo y penetraba en mi habitación. De la ra­tonera situada en el vértice del ángulo que formaban el techo y el suelo del desván salieron, se hincharon y cre­cieron las figuras de la mujer de la limpieza —ya vestida y enmascarada, ya espantosa de vejez, ya joven, bella y desnuda— y de mi tío abuelo Uriah Garrison, que in­vadieron la casa, mi cuarto y, por fin, a mí. Me desperté bañado en sudor al filo del alba, que se introducía páli­damente en la habitación antes de dejar paso a los tonos rosados del cielo matutino.

 Estaba agotado. Me habría vuelto a dormir si no hu­biera sido por los fuertes golpes que sonaron en la puer­ta principal. Conseguí ponerme en pie y llegar hasta la puerta.

— ¡Adam! —Gritó—. Tienes un aspecto horrible.

—Vete —contesté—. No te necesitamos.

Durante un instante quedé espantado por mis propias palabras, pero – en seguida las asumí y me di cuenta de que había dicho lo que quería decir. Estaba harto de Rhoda y de sus constantes intervenciones. Parecía como si me considerase incapaz de cuidar de mí mismo.

—Así, pues, ya es demasiado tarde —dijo.

—Vete —repetí-. Déjanos solos.

Me apartó a un lado y entró en la casa. Yo la seguí. Se dirigió al despacho y, una vez allí, ordenó mis libros, mis anotaciones y lo que tenía escrito de la tesis sobre Hardy, lo recogió todo y lo puso delante de mí.

—Ya no necesitas esto, ¿verdad? —preguntó.

——Llévatelo —dije—. Llévatelo todo.

Rhoda cogió los papeles.

—Adiós, Adam —dijo.

——Adiós, Rhoda — contesté.

Apenas podía dar crédito a mis ojos: Rhoda se mar­chó mansa como un corderito. Y, aunque todavía seguía alterado por los acontecimientos, me di cuenta de que el rumbo que iban tomando me producía una secreta sa­tisfacción.

V

Pasé casi todo el día descansando y, en cierto modo, esperando los acontecimientos que traería la noche con­sigo. Ahora me es imposible describir el – estado de ánimo en que me encontraba. Todo terror me había abandonado. Me consumía una viva curiosidad no exenta incluso de cierta avidez.

El día fue transcurriendo. Pasé durmiendo varias ho­ras. Comí muy poco. El apetito que yo sentía entonces no es de los que se calman comiendo y no me inquietaba lo más mínimo reconocerlo así.

Por fin llegaron la noche y las tinieblas y, con emo­ción anticipada, me senté a esperar a cualquier visitante que viniera del desván. Al principio me había instalado en el piso de abajo, pero llegué a la conclusión de que era en la habitación de arriba —en el viejo dormitorio de mi tío abuelo Uriah— donde debía aguardar a que se produjeran los sucesos nocturnos de la casa. Así, pues, subí al dormitorio y aguarde en la oscuridad.

Fueron pasando horas. El viejo reloj del piso bajo dio las campanadas de las nueve, las diez, las once. Esperaba oír de un momento a otro las pisadas de la mujer en la escalera —de la mujer llamada Lilith—, pero el primer fenómeno que se produjo fue la aparición de la luz azul deslizándose por debajo de la puerta, como en el sueño.

Pero ahora ni estaba dormido ni soñando.

La luz azul siguió entrando hasta llenar la habitación y permitirme distinguir la forma desnuda de la mujer y la figura, fluida y a medio formar, de mi tío abuelo Uriah, que crecía de tamaño y proyectaba como un ten­táculo de humo hacia donde estaba yo…

Y en ese momento percibí otro caso más, que me llenó de un súbito terror. Olla a quemado… y el crepitar de las llamas.

Del exterior me llegó la voz de Rhoda, llamándome.

– ¡Adam! ¡Adam!

La visión se desvaneció. Lo último que vi fue una ex­presión de terrible furor deformando la faz espectral de mi tío abuelo y la rabia de la mujer, que parecía joven y bella en aquella vaga luminosidad, pero que de pronto se transformó en una bruja horrible. A continuación me abalancé a la ventana y la abrí.

— ¡Rhoda! —grité.

No había descuidado ningún detalle. En el antepecho de la ventana habla apoyada una escala de madera.

La casa ardió hasta los cimientos y con ella todo cuan­to contenía.

El incendio no afectó a la herencia de mi tío abuelo.

Como dijo Mr. Saltonstall, yo estaba cumpliendo, las condiciones impuestas cuando circunstancias ajenas a mi vo­luntad me habían impedido continuar. Así, pues, heredé la finca, la vendí y Rhoda y yo nos casamos.

Pese a sus manías insistentemente femeninas.

—Yo fui la que le prendió fuego — dijo. Cuando se marchó con mis papeles y mis libros, se pasó un día ente­ro en la Universidad del Miskatonic estudiando algunos de los libros de arcanos y brujería que dan justa fama a su biblioteca. Por fin había llegado a la conclusión de que el espíritu que animaba la casa y producía los he­chos que en ella tenían lugar era el del tío abuelo Uriah Garrison, y de que la única razón de haberme llevado a vivir allí había sido la de tenerme a su alcance para usur­par – mi fuerza vital y tomar posesión de mi cuerpo. La mujer era un súcubo, acaso su amante. La ratonera co­municaba evidentemente con otra dimensión.

Las mujeres son únicas para construir edificios román­ticos con los materiales más extraños. ¡Súcubos!

Sin embargo, hay veces, incluso ahora, en que sus ideas se me contagian. En ocasiones me siento inseguro de mi propia identidad. ¿Soy Adam Duncan o Uriah Garrison? Es preferible no hablar de ello con Rhoda. Una vez mencioné el asunto y lo único que contestó fue:

—Parece que te sienta bien.

Las mujeres son criaturas fundamentalmente no racio­nales. Jamás nadie podrá quitarle de la cabeza sus ideas sobre la casa de Aylesbury Street. A milo que me morti­fica es yerme incapaz de ofrecer una explicación más racional que la suya, una explicación que dé plena res­puesta a todas las preguntas que me hago cuando me siento a pensar en aquellos hechos en que tan pequeño —pero importante— papel desempeñé.

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2 julio, 2010 Posted by | HP Lovecraft | , , , , , | Comentarios desactivados en 1964 – La sombra del desván “A. Derleth” (con Lovecraft)