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1928 – La Maldición de Yig (colaboración con Zealia Bishop) “HP Lovecraft”


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En 1925 fui a Oklahoma buscando tradiciones sobre las serpientes, y salí con tal temor hacia ellas que me durará el resto de mi vida. Admito que es una tontería, ya que existe una explicación natural para todo cuanto vi y oí, pero eso no disminuye un ápice mi miedo. Si la vieja historia hubiera sido lo que parecía, no me hubiera impresionado con tanta fuerza, Mi trabajo como etnólogo de indios americanos me había endurecido ante toda suerte de mitologías extravagantes, y sabía que los sencillos blancos pueden ganar a los pieles rojas en su propio juego cuando empiezan a fantasear infundios. Pero no puedo olvidar lo que vi con mis propios ojos en el demencial asilo de Guthrie.

 

Fui a este asilo porque algunos de los viejos colonos me dijeron que podría encontrar algo importante allí. Ni los indios ni los blancos querían hablar sobre las leyendas acerca de un dios serpiente que estaba investigando. Los advenedizos del «boom» petrolífero, por supuesto, nada sabían de tales asuntos, y los hombres rojos y los pioneros se espantaban abiertamente cuando hablaba de eso. No más de seis o siete personas mencionaron el asilo, y aquellos que lo hicieron tuvieron buen cuidado de hablar en susurros. Pero los cuchicheos me revelaron que el doctor McNeill podría mostrarme una reliquia verdaderamente terrible y decirme cuanto deseaba saber. Podría explicarme por qué Yig, el semihumano padre de las serpientes, es algo rehuido y temido en Oklahoma central, y por qué los viejos colonos tiemblan ante las secretas orgías indias que convierten los días y las noches del otoño en algo odioso con el incesante batir de tambores en los lugares solitarios.

 

Así fue que, como un sabueso que sigue el rastro, acudí a Guthrie, ya que había empleado muchos años recopilando datos sobre la evolución del culto a las serpientes entre los indios. Siempre había sentido, por ciertos matices bien definidos de la leyenda y la arqueología, que el gran Quetzlcoatl — el benigno dios-serpiente de los mexicanos— había tenido un prototipo más oscuro y antiguo, y a lo largo de los últimos meses había estado muy cerca de probarlo con una serie de investigaciones que abarcaban desde Guatemala a las llanuras de Oklahoma. Pero todo esto era frustrante e incompleto, ya que los límites del culto a la serpiente estaban cercados por el miedo y el sigilo.

 

Ahora parecía que una nueva y copiosa fuente de datos estaba a punto de salir la luz y acudí al director del asilo con un ansia que no traté de ocultar. El doctor McNeill era un hombre pequeño y bien afeitado, de cierta edad, y vi enseguida, por su habla y maneras, que era un sabio de no menor erudición en otras muchas disciplinas al margen de su profesión. Grave y lleno de dudas cuando le di a conocer mis propósitos, su rostro fue volviéndose pensativo según estudiaba cuidadosamente mis credenciales, así como la carta de presentación que un amable y anciano ex agente indio me había dado.

 

— Entonces, ¿ha estado usted estudiando la leyenda de Yig, eh? — reflexionó sentenciosamente—. Sé que muchos de nuestros etnólogos de Oklahoma han intentado conectarlo con Quetzlcoatl, pero no sé de nadie que haya cubierto tan bien los pasos intermedios. Para alguien tan joven como parece ser usted, ha realizado un notable trabajo, y ciertamente merece todos los datos que yo pueda proporcionarle.

 

»No creo que el viejo mayor Moore, o cualquier otro, le haya hablado sobre lo que hay aquí. No les gusta comentarlo, y nadie lo hace. Es sumamente trágico y horrible, pero eso es todo. Me niego a considerarlo como algo antinatural. Es una historia que le contaré después de que lo vea… Una historia endemoniadamente triste, pero que uno no puede catalogar de mágica. Simplemente muestra el poder que esta creencia tiene sobre la gente. Admitiré que hubo momentos en los que sentí un escalofrío que es más que físico, pero a la luz del día achaco todo esto a los nervios. ¡Ay, ya no soy tan joven como antes!

 

»Al llegar a este punto, podría usted considerar al ser que hay aquí una víctima de la maldición de Yig… una víctima físicamente viva. No dejamos que las enfermeras normales lo vean, a pesar de que la mayoría sabe que está aquí. Hay sólo dos viejos y tranquilos compadres que le alimentan y limpian su habitación… solían ser tres, pero el viejo y buen Stevens falleció hace unos pocos años. Supongo que tendré que pensar en un nuevo grupo muy pronto, ya que el ser no parece envejecer o cambiar mucho, y nuestros viejos, sirvientes no pueden durar para siempre. Puede que los moralistas del futuro cerceno nos permitan darle un misericordioso descanso, pero es difícil de predecir.

 

» ¿Vio, al venir por el camino, la ventana a ras de suelo en el ala este? Allí está. Ahora iremos allí. No tiene que decir nada. Sólo mire por la tronera de la puerta y agradezca a Dios que la luz no sea muy fuerte. Luego le contaré la historia… o la parte que he sido capaz de hilvanar.

 

Bajamos silenciosamente, las escaleras y no hablamos mientras serpenteábamos por los sótanos aparentemente desiertos. El doctor McNeill destrabó una puerta de acero pintada, de gris, pero era tan sólo un mamparo que llevaba a un ulterior tramo de pasadizo. Por fin, nos detuvimos ante una puerta marcada como B 116, abrió una pequeña mirilla que sólo podía usar poniéndose de puntillas y golpeó varias veces en el pintado metal; como tratando de levantar a su ocupante, fuera lo que fuese.

 

Un débil hedor brotó de la tronera al abrirla el doctor y fantaseé con que su aporreo provocaba una especie de respuesta baja y siseante. Finalmente, me hizo un gesto para que lo reemplazara en la mirilla, y así lo hice, con un injustificado temblor que iba en aumento. La ventana barrada y a ras de suelo, cerrada al exterior, admitía tan sólo un débil e incierto resplandor y estuve observando la maloliente madriguera durante algunos segundos antes de ver lo que reptaba y se retorcía por el suelo cubierto de paja, emitiendo de vez en cuando un siseo débil y vacuo. Entonces, la silueta entre las sombras comenzó a perfilarse y capté que la contorsionada entidad poseía cierta y remota semejanza con una forma humana que se arrastrara sobre su vientre. Me aferré a la manilla de la puerta para sostenerme mientras trataba de no caer desvanecido.

 

Lo que se movía era de un tamaño casi humano y totalmente desprovisto de vestiduras. Carecía por completo de pelo, y su espalda de tonos leonados parecía algo escamosa bajo la luz tenue y gulesca. Los hombros parecían moteados y oscurecidos, y la cabeza era curiosamente plana. Mientras alzaba la cabeza para sisear en mi dirección, pude ver que los ojos, pequeños y negros como abalorios, eran condenadamente antropoides, pero no fui capaz de estudiarlos durante mucho tiempo. Me buscaron con horrible persistencia, hasta que cerré boqueando la mirilla y dejé a la criatura retorciéndose casi invisible sobre la enmarañada paja, entre los espectrales contraluces. Debí tambalearme un poco, porque vi al doctor tomándome gentilmente el brazo para guiarme fuera. Una y otra vez, tartamudeaba:

 

—P-pero por el amor de Dios, ¿qué es eso?

 

El doctor McNeill me contó la historia en su oficina privada, mientras yo me arrellanaba en una butaca frente a él. El oro y carmesí del tardío atardecer se tomó hacia el violeta del primer Ocaso, y todavía proseguí sentado, espantado e inmóvil. Me sobresaltaba con cada timbrazo del teléfono y cada, pitido del zumbador, y debo haber maldecido a las enfermeras y los internos cuyas llamadas, a cada instante, desplazaban al doctor a la oficina exterior durante breves intervalos. Llegó la noche y me sentí contento de que mi anfitrión encendiera todas las luces. Científico como era, mi afán de conocimiento estaba medio olvidado entre aquellos éxtasis de miedo que me dejaban sin aliento, tal como un niño pequeño puede sentirse cuando susurrados cuentos de brujas circulan junto a la chimenea.

 

Parecía ser que Yig, el dios-serpiente de las tribus de las llanuras centrales — presumiblemente el origen del más sureño Quetzlcoatl o Kukulcan—, era un extraño y semiantropormórfico demonio de naturaleza caprichosa y sumamente arbitraria. No era un verdadero diablo, y habitualmente estaba bien dispuesto hacia quienes guardaban el debido respeto por él y sus hijos, las serpientes; pero en otoño se convertía en anormalmente rapaz, y debía ser alejado mediante los ritos apropiados. Esto era por lo que los tam-tam en los condados de Pawnee, Wichita y Caddo retumbaban incesantemente, semana tras semana, durante agosto, septiembre y octubre, y por lo que los hombres-medicina hacían extraños ruidos con sonajeros y silbatos curiosamente emparentados con los de los aztecas y los mayas.

 

El rasgo preferente de Yig era el de una inexorable devoción hacia sus hijos… un amor tan grande que los pieles rojas casi temían protegerse de las venenosas serpientes de cascabel que infestaban la región. Espantosos y clandestinos cuentos insinuaban su venganza sobre los mortales que se mofaban de él o causaban daño a su serpentina progenie; su método preferido consistía en convertir a su víctima, tras apropiadas torturas, en una serpiente moteada.

 

En los viejos días del Territorio Indio, continuó el doctor, no había demasiado secreto sobre Yig. Las tribus de la llanura, menos reservadas que los nómadas del desierto y los pueblos, hablaron bastante libremente de sus leyendas y ceremonias otoñales con los primeros agentes indios y dejaron que muchas de sus tradiciones se propagaran a través de las vecinas regiones de colonos blancos. El gran miedo llegó en los turbulentos días del 89, cuando corrieron rumores sobre extraordinarios incidentes, y el rumor estaba fundado en lo que parecían pruebas odiosas y tangibles. Los indios decían que el nuevo hombre blanco no sabía cómo aplacar a Yig, y después los colonos comenzaron a sostener tal teoría. Ahora, ningún veterano, blanco o rojo, podía ser inducido a soltar prenda sobre el dios-serpiente, excepto en forma de vagas insinuaciones.

 

Pero después de todo, añadió el doctor con énfasis casi innecesario, el único y verdadero horror verificado había sido una tragedia que movía a piedad, más que un asunto de brujería. Era, en su totalidad, un suceso auténtico y cruel… incluso la última fase que tanta controversia había despertado.

 

El doctor McNeill se detuvo y aclaró su garganta antes de abordar esta historia tan peculiar, y sentí esa hormigueante sensación que notamos en el teatro cuando se alza el telón. Todo había comenzado cuando Walker Davis y su esposa Audrey dejaron Arkansas para establecerse en las recién abiertas tierras públicas, en la primavera de 1889, cuando acabaron llegando al país de los wichitas… al norte de Wichita River, en lo que ahora es el condado de Caddo.

 

Hay una pequeña ciudad allí llamada Binger, y el ferrocarril la cruza; pero, por otra parte, el lugar ha cambiado menos que otras partes de Oklahoma. Aún es un área de granjas y ranchos — bastante productivos en aquellos días—, y los grandes campos petrolíferos están bastante lejos.

 

Walker y Audrey llegaron del condado de Franklin, en los Ozarks, con un carromato, dos mulas, un viejo e inútil perro llamado «Lobo» y sus bienes muebles.

 

Eran los típicos montañeses, jóvenes y quizás algo menos ambiciosos que la mayoría, mirando hacia delante en busca de una tan abrigado como fuera posible, y Audrey persuadió a su esposo de ampararse en un risco que se alzaba inusitadamente alto sobre el lecho seco de un primitivo afluente del río Canadiense. A él no le gustó la escabrosidad del lugar, pero admitió en esa ocasión el ser contradicho y guió hoscarnente a los animales hacia la protectora ladera, ya que la naturaleza del suelo no permitía acercar el carromato.

 

Audrey, entretanto, examinando las rocas cercanas al carro, se percató de un singular olfateo por parte del débil y viejo perro. Empuñando un rifle, le siguió, y enseguida agradeció a las estrellas el haberse anticipado a Walker en el descubrimiento.

 

Ya que allí, cómodamente enroscadas en una brecha entre dos pedruscos, había una visión que no le hubiera reportado ningún bien. Visibles sólo como una masa entrelazada, pero quizás formada por tres o cuatro criaturas distintas, había una masa que se retorcía perezosamente y que no podía ser más que un nido de serpientes de cascabel recién nacidas.

 

Ansiosa de evitar a Walker el probable espanto, Audrey no titubeó en actuar, asiendo firmemente el arma por el cañón y descargando la culata una y otra vez sobre los seres que se contorsionaban. Su propia repugnancia era grande, pero no hasta el punto del verdadero miedo. Finalmente, vio que el trabajo estaba hecho y se volvió para limpiar la improvisada cachiporra en la arena roja y seca que abundaba en los alrededores. Debía, reflexionó, cubrir los restos antes de que Walker volviera de atar a las mulas. El viejo Lobo, tambaleante reliquia de un cruce de ovejero y coyote, se había desvanecido, y ella temió que hubiera ido a buscar a su amo.

 

En ese instante, el sonido de las pisadas le demostraron que su temor estaba bien fundado. Un segundo más, vida de mejores recompensas para su duro trabajo que las obtenidas en Arkansas. Ambos eran especímenes enjutos y huesudos; el hombre era alto, rubio y con ojos grises; la mujer baja y algo oscura, con un pelo negro y lacio que sugería vestigios de sangre india en sus venas.

 

En general, eran poco peculiares y, salvo por un detalle, su historia no hubiera diferido de la de aquellos otros centenares de pioneros que, en aquella época, cayeron en masa sobre el nuevo país. Ese detalle era el temor casi epiléptico de Walker hacia las serpientes, que algunos atribuían a una causa prenatal y otros a una oscura profecía sobre su muerte, augurada por una vieja india que había querido espantarle cuando era pequeño. Fuera cual fuese la causa, el efecto era sumamente marcado; a pesar de su general valentía, la simple mención cíe una serpiente le hacía palidecer y casi desmayar, mientras la vista del menor espécimen podía producirle un ataque que a veces rayaba con la convulsión.

 

Los Davis salieron al comenzar el año, esperando estar en la nueva tierra a tiempo de arar en la primavera. El viaje fue lento, ya que los caminos eran malos en Arkansas y en el Territorio había grandes extensiones de colinas rocosas y eriales de arena roja sin senderos de ningún tipo. Mientras el terreno iba llaneando, el cambio respecto de sus montañas nativas les deprimió más, quizás, de lo que suponían; pero encontraron a la gente de las agencias indias muy afables, mientras que muchos de los pobladores indios parecían amistosos y civilizados. De vez en cuando se topaban con otro pionero, con quien generalmente cambiaban rústicos cumplidos y expresiones de amigable rivalidad.

 

De acuerdo con la estación, no había demasiadas serpientes a la vista, por lo que Walker no sufrió de su especial debilidad temperamental. En los tempranos estadios de su viaje, tampoco toparon con leyendas indias de serpientes que le turbaran, ya que las desterradas tribus del suroeste no compartían las salvajes creencias de sus vecinos occidentales. Pero quiso el destino que friera un blanco de Ocmulgee, en el país de los creek, quien diera a los Davis el primer indicio sobre el culto a Yig; un esbozo que tuvo un curioso efecto de fascinación sobre Walker y le llevó, desde entonces, a preguntar sin reservas.

 

Poco después, la fascinación de Walker se había convertido en un serio caso de pánico. Tomaba las más extraordinarias precauciones en cada acampada nocturna, desbrozando siempre cualquier vegetación que encontrara y evitando los lugares rocosos cuanto podía. Cada masa de raquíticos arbustos y cada grieta en las grandes rocas laminadas le parecía ahora ocultar malévolas serpientes, mientras que cada figura humana diferente de los colonos o del flujo de emigrantes era un potencial dios-serpiente, hasta que la proximidad mostraba lo contrario. Afortunadamente, no hubo en esta etapa encuentros problemáticos que crisparan aun más sus nervios.

 

Mientras se aproximaban al país de los kickapoo, encontraron más y más difícil evitar acampar cerca de las rocas. Finalmente no fue posible, y el pobre Walker se vio reducido al pueril método de musitar algunos de los sortilegios contra las serpientes que aprendiera en su infancia, Dos o tres veces vislumbró realmente una serpiente, y esas visiones no ayudaron al doliente en sus esfuerzos de conservar la compostura.

 

En la vigésimo segunda tarde del viaje, un viento salvaje obligó, por bien de las mulas, a acampar en un lugar y Walker habría visto todo. Audrey hizo un movimiento para sujetarle si se desmayaba, pero él tan sólo se tambaleó. Luego, la mirada de puro espanto en aquel rostro del que había huido la sangre se convirtió lentamente en algo que parecía una mezcla de repulsión y rabia, y comenzó a recriminar a su esposa con voz trémula.

 

— Por Dios, Aud, ¿qué te habían hecho? ¿No has oído todo eso que dicen sobre el demonio-serpiente Yig? Debiste decírmelo, y nos hubiéramos trasladado.

 

¿No sabes que tienen un dios-diablo que acude si dañas a sus hijos? ¿Por qué piensas que los injuns bailan y tocan los tambores todos los días a la caída del sol? Esta tierra está maldita, te lo digo yo… y casi todas las almas con las que he hablado cuentan lo mismo. Aquí manda Yig, y cada ocaso vuelve para castigar a sus víctimas y convertirlas en serpientes. ¡Por eso, cruzando el Canayjin, ningún injun mata una serpiente, ni por gusto ni por dinero!

 

»Sabe Dios lo que hará contigo, chica, por haber destrozado toda una camada de hijos de Yig. Te castigará, seguro, antes o después, a no ser que compre un hechizo o algo así a los hombres-medicina de los injuns. Te castigará, Aud, tan seguro como que hay un Dios en los cielos… ¡vendrá por la noche y te convertirá en una serpiente reptante y moteada!

 

El resto del viaje lo salpicó Walker con espantados reproches y profecías. Cruzaron el Canadiense cerca de Newcastle, y poco más tarde se encontraron con el primero de los verdaderos indios de las llanuras que hubieran visto… una partida de wichitas envueltos en mantas, cuyo cabecilla habló francamente bajo el señuelo del güisqui que le ofrecieron, enseñando al pobre Walker un enrevesado hechizo protector contra Yig a cambio de un cuarto de botella del mismo y sugestivo fluido. Durante el fin de semana encontraron el sitio buscado en el país de los wichitas, y los Davis se apresuraron a delimitar sus posesiones, y a hacer la siembra de la primavera, aun antes de construirse una cabaña.

 

La región era llana, batida incesantemente por los vientos y de escasa vegetación; pero prometía fértiles cultivos. Ocasionales afloramientos de granito salpicaban un suelo de descompuesta arenisca roja, y aquí y allá había grandes rocas planas que se prolongaban bajo la superficie como una calzada construida por el hombre. Parecía haber muy pocas serpientes o posibles escondrijos para ellas, por lo que Audrey al fin convenció a Walker para construir la cabaña de una sola estancia sobre una amplia y plana laja de piedra al descubierto.

 

Con un suelo así, y una chimenea bien emplazada, podían desafiar al tiempo más húmedo… aunque pronto se evidenció que la humedad no era una característica sobresaliente en el distrito. Los troncos los acarrearon en el carromato desde las áreas boscosas más cercanas, a muchos kilómetros en dirección a las montañas Wichita.

 

Walker construyó su cabaña de amplia chimenea y su rústico granero con la ayuda de algunos otros colonos, aunque el más próximo estaba a más de un kilómetro. A cambio, ayudó a sus benefactores en similares construcciones de casa, por lo que los vínculos de hermandad brotaron entre los nuevos vecinos.

 

No había una verdadera ciudad antes de El Reno, junto al ferrocarril y a unos cuarenta kilómetros o más hacia el noreste, y, antes de que pasaran muchas semanas, la gentes del lugar habían estrechado lazos a pesar de su gran dispersión.

 

Los indios, de los que unos cuantos habían comenzado a establecerse en ranchos, eran en su mayor parte inofensivos, aunque algunos se tornaban pendencieros al inflamarse con los euforizantes líquidos que llegaban hasta ellos sorteando los bandos del gobierno.

 

Entre todos los vecinos, los Davis encontraron a Joe y Sally Compton, también procedentes de Arkansas, como los más amistosos y congeniables. Sally aún vive, ahora conocida como Abuela Compton, y su hijo Clyde, entonces un niño de pecho, se ha convertido en uno de los prohombres del estado. Sally y Audrey solían visitarse una a la otra a menudo, ya que sus cabañas distaban sólo tres kilómetros, y en las largas tardes de primavera y verano cambiaban múltiples historias sobre la vieja Arkansas y muchos rumores sobre el nuevo país.

 

Sally era sumamente comprensiva con el temor de Walker ante las serpientes, pero quizás hizo más por agravar que por curar el paralelo nerviosismo que Audrey iba adquiriendo por culpa de su incesante plañir y profetizar sobre la maldición de Yig. Sally estaba desazonadóramente versada en horripilantes historias de serpientes y produjo una fuerte y calamitosa impresión con su reconocida obra maestra: la historia de un hombre del condado Scott que fue picado por una horda entera de crótalos a la vez, y que se había hinchado tan monstruosamente por obra del veneno que acabó estallado con una explosión.

 

No hace falta decir que Audrey no repitió esta anécdota a su esposo, ni que rogó a los Compton que se abstuvieran de comentarla por los alrededores. De creer a Joe y Sally, respetaron su petición con la mayor fidelidad.

 

Walker realizó temprano su plantación de maíz, y a mediados de verano dedicó su tiempo a recolectar una buena cosecha de hierba nativa de la región. Con ayuda de Joe Compton, excavó un pozo que suministraba un moderado caudal de agua de excelente calidad, aunque planeaba abrir uno artesiano más tarde.

 

No tuvo sustos serios con las serpientes, e hizo sus tierras tan inhóspitas como pudo para los reptantes invasores. A cada instante, cabalgaba hasta el grupo de cabañas cónicas sustentadas por postes que formaban el poblado principal de los wichitas y hablaba largo y tendido con los ancianos y chamanes sobre el dios-serpiente, así como sobre la forma de apaciguar su cólera. Siempre había hechizos listos para ser cambiados por güisqui, pero la mayor parte de la información estaba lejos de tranquilizarle.

 

Yig era un gran dios. Tenía mala medicina. Él no olvidaba. En otoño sus hijos estaban hambrientos y salvajes, y Yig estaba iracundo y salvaje también. Todas las tribus hacían medicina contra Yig al llegar la cosecha de maíz. Le brindaban maíz y danzaban el rito apropiado al son de silbatos, cascabeles y tambores.

 

Mantenían retumbando los tambores para rechazar Yig, e imploraban la ayuda de Tiráwa, cuyos hijos son los hombres, tal como las serpientes son los hijos de Yig. Era malo que la mujer de Davis matara a los retoños de Yig. Davis debía recitar los hechizos muchas veces cuando llegara la cosecha de maíz.

 

Yig es un gran dios.

 

Cuando llegó el momento de la recolección del maíz, Walker había colocado a su mujer en un deplorable estado nervioso. Sus plegarias y prestados encantamientos llegaban a ser una tortura, y, cuando comenzaron los ritos otoñales de los indios, había siempre un rumor distante de tambores empujado por el viento que creaba un trasfondo siniestro. Era enloquecedor el amortiguado atronar, siempre arrastrándose sobre las anchas llanuras rojas. ¿Por qué no se detenían nunca? Día y noche, semana tras semana, siempre lanzando su incansable mensaje, tan persistentes como el rojo y polvoriento viento que lo transportaba. Audrey se espantaba más que su marido, porque él tenía un compensador elemento de protección. Fue con este sentimiento de poseer un poderoso e intangible baluarte contra la maldad como hizo su cosecha de maíz y preparó cabaña y establo para el cercano invierno.

 

El otoño fue insólitamente cálido, y, excepto para sus primitivos guisos, los Davis encontraron poco uso para el hogar de piedra que Walker había construido con tanto esmero. Algo relacionado con las cálidas y antinaturales nubes de polvo crispaba los nervios de todos los colonos, pero entre los que más estaban Audrey y Walker. La sugerencia de una maldición ofídica cerniéndose sobre ellos, y el salvaje e interminable batir de los distantes tambores indios eran una mala combinación a la que la adición de cualquier nuevo elemento extraño amenazaba con volver totalmente insufrible.

 

A pesar de esta tensión, algunas fiestas tuvieron lugar en una u otra de las cabañas tras la siega, conservando así, en el presente, cándidamente vivos aquellos curiosos ritos de la cosecha que son tan viejos como la misma agricultura humana. Lafayette Smith, llegado desde el sur de Missouri, y que tenía una cabaña a unos cuatro kilómetros al este de los Walker, era un pasable violinista, y sus melodías hicieron mucho para hacer olvidar a los concelebrantes el monótono batir de los tam-tam. Luego, la Noche de Todos los Santos, se acercó, y los colonos planearon otra distracción… este momento, debieran haberlo sabido, era de una estirpe más vieja que la misma agricultura: el temible Sabbath de las Brujas de los primitivos prearios, conservado a través de eras en la oscuridad de la medianoche en bosques secretos, y aún insinuado con vagos terrores bajo su postrer máscara de comedia y ligereza. Todos los Santos caería en jueves, y los vecinos acordaron reunirse para celebrarlo en la cabaña de Davis.

 

Fue el 31 de octubre cuando se quebró el hechizo de calidez. La mañana fue gris y plomiza, y, a mediodía, el incesante viento se había tornado de abrasador a gélido. La gente tembló porque no estaba preparada para el frío, y el viejo perro de Walker Davis, Lobo, se arrastró cansinamente hasta el interior, hacia un lugar cercano al hogar. Aunque los distantes tambores aún retumbaban, no por eso los blancos se sintieron menos inclinados a proseguir sus elegidos ritos. A una hora tan temprana como eran las cuatro de la tarde, los carros comenzaron a llegar a la cabaña de Walker, y, por la tarde, tras una memorable barbacoa, el violín de Lafayette Smith inspiró a una buena compañía de bailarines a grandes proezas y brincos grotescos en la amplia pero abarrotada estancia. La gente más joven se entregó a las indulgentes necedades propias de la estación y, en todo momento, el viejo Lobo aulló con lúgubre y estremecedora amenaza ante algún graznido especialmente espectral del chirriante violín de Lafayette… artilugio que nunca antes escuchara. Principalmente, sin embargo, este curtido veterano dormía alegremente, ya que había pasado la edad del interés activo y vivía principalmente de sus sueños. Tom y Jennie Rigby habían llevado su perro Zeke, pero los animales no confraternizaron.

 

Zeke parecía extrañamente nervioso por algo, y olfateó intrigado a su alrededor durante toda la tarde.

 

Audrey y Walker hicieron una buena pareja en la danza, y Abuela Compton aún gusta de recordar su impresión sobre ese baile aquella noche. Sus preocupaciones parecían olvidadas en aquellos momentos, y Walker estaba afeitado y arreglado con sorprendente grado de pulcritud. Hacia las diez, todas las parejas estaban saludablemente cansadas, y los invitados comenzaron a marcharse familia tras familia con muchos aspavientos y exageradas loas acerca del excelente rato que todos habían pasado. Tom y Jennie pensaban que los aullidos temerosos de Zeke mientras seguía hacia su carro eran anhelos de volver y estar en casa, aunque Audrey lo achacó a los lejanos tam-tam, los que le crispaban, ya que el distante retumbar era seguramente bastante espantoso tras el regocijo del interior.

 

La noche era secamente fría y, por primera vez, Walker echó un gran tronco en la chimenea, protegiéndolo con ceniza para guardar los rescoldos hasta la mañana.

 

El viejo Lobo se arrastró hasta el rojizo fulgor para caer en su sopor acostumbrado. Audrey y Walker, demasiado cansados para pensar en hechizos o maldiciones, se desplomaron en la tosca cama de pino y estuvieron dormidos antes de que el despertador barato de la repisa mar cara tres minutos. Y desde muy lejos, el rítmico batir de aquellos tam-tam infernales aún pulsaban en la fría noche ventosa.

 

El doctor McNeill se detuvo aquí y se quitó las gafas, como si emborronar el mundo objetivo pudiera añadir nitidez a la visión del pasado.

 

Pronto descubrirá — dijo— que tuve grandes dificultades para reconstruir lo que sucedió cuando se marcharon los invitados. Había veces, empero, al principio, que era capaz de lograrlo. — Tras un instante de silencio, prosiguió con su relato.

 

Audrey tuvo terribles sueños sobre Yig, que se le apareció con aspecto de Satanás, tal como lo pintaban los grabados baratos que había visto. Fue, en efecto, un éxtasis total de pesadilla del que se despertó sobresaltada para descubrir a Walker también despierto y sentado en la cama. Parecía escuchar atentamente algo, y la acalló con un susurro cuando ella comenzó a preguntar qué le había levantado.

 

— ¡Escucha, Aud! — dijo sofocadamente—. ¿No escuchas algo que suba, zumba y se arrastra? ¿Crees que pueden ser los grillos?

 

Verdaderamente, había un ruido audible en el interior de la cabaña, tal como el que él había descrito. Audrey intentó analizarlo, y le pareció dotado de algún elemento, a la vez horrible y familiar, que revoloteaba justo al borde de su memoria.

 

Y sobre todo esto, despertando espantosos pensamientos, el monótono batir de los distantes tam-tam llegaba incansable a través de las llanuras negras, sobre las que se cernía una media luna nublada.

 

— Walker… ¿será… la… la… maldición de Yig?

 

Ella pudo sentirle temblar.

 

—No, chica, no creo que se presente así. Él tiene la apariencia de un hombre, a no ser que se le mire de cerca. Eso fue lo que dijo el Jefe Águila Gris. Serán bichos que han entrado escapando del frío… no grillos, creo, pero sí algo parecido.

 

Voy a levantarme y echarlos antes de que sigan o se cuelen en la despensa.

 

Se incorporó, buscando la linterna que pendía al alcance de la mano, y agitó la pequeña caja de fósforos situada en el muro junto a ella. Audrey se sentó en la cama y observó el fulgor de la cerilla convertirse en el tranquilo resplandor de la linterna. Entonces, mientras sus ojos comenzaban a vislumbrar toda la estancia, las rústicas vigas retumbaron con el terror de sus gritos simultáneos. Ya que el plano y rocoso suelo, mostrado por la recién nacida luz, era una hirviente masa, moteada de pardo por las ondulantes serpientes de cascabel que se retorcían cerca del fuego, girando después sus espantosas cabezas para amenazar al portador de la linterna, que estaba paralizado de terror.

 

Audrey las vio durante un instante. Los reptiles eran de todos los tamaños, en número incontable y aparentemente de todas las variedades, y, mientras miraba, dos o tres echaron atrás las cabezas, como dispuestas picar a Walker. Ella no se desmayó… fue el choque de Walker contra el suelo lo que apagó la linterna y la sumió en la oscuridad: Él no había gritado por segunda vez… Y el espanto lo había paralizado y cayó como golpeado por una silenciosa flecha lanzada por un arco fantasma. El mundo entero pareció girar espantosamente ante Audrey, entremezclándose con la pesadilla de la que se había visto arrancada.

 

Los movimientos voluntarios de cualquier clase eran imposibles, ya que el sentido de la realidad la había abandonado. Cayó inerte en la almohada, deseando despertar pronto. Ninguna noción de lo que había sucedido entró en su mente por algún tiempo. Luego, poco a poco, la sospecha de estar realmente despierta comenzó a imponerse y se convulsionó con una creciente mezcla de pánico y pena que la hizo gritar a pesar del hechizo inhibidor que la mantenía muda.

 

Walker había desaparecido, y ella no era capaz de ayudarle. Había muerto presa de las serpientes, tal como la vieja bruja había profetizado cuando era un niño. El pobre Lobo tampoco era capaz de asistirle… probablemente no había llegado a despertar de su estupor senil. Y ahora los reptantes seres debían estar acercándose a ella, arrastrándose más y más cerca a cada momento en la oscuridad, quizás deslizándose en ese preciso instante por las patas de la cama y escurriéndose por las bastas sábanas de lana. Inconscientemente, se acurrucó bajo las ropas y tembló.

 

Debía de ser la maldición de Yig. Había enviado a sus monstruosos hijos en la noche de Todos los Santos, y habían cogido primero a Walker. ¿Por qué… acaso no era él inocente? ¿Por qué no iban derechos hacia ella… acaso no había matado a los pequeños crótalos ella sola? Entonces pensó en la forma que tomaba la maldición tal y como la relataban los indios. Ella no moriría… sólo se convertiría en una serpiente moteada. ¡Puf! Entonces sería como esos seres que había contemplado en el suelo… ¡esos seres que Yig había enviado para cogerla y enrolaría entre sus filas! Trató de murmurar un hechizo que Walker le había enseñado, pero no pudo proferir un solo sonido.

 

El ruidoso tic-tac del despertador sonaba sobre el enloquecedor batir de los distantes tam-tam. Las serpientes estaban tomándose su tiempo… ¿se retrasaban a propósito para crisparle los nervios? A cada momento creía sentir una tranquila e insidiosa presión sobre las ropas de cama, pero cada vez resultaba ser tan sólo las involuntarias sacudidas de sus sobreexcitados nervios. El reloj sonaba en la oscuridad, y sus pensamientos fueron cambiando lentamente.

 

¡Aquellas serpientes no podían haber tardado tanto! No podían ser los mensajeros de Yig después de todo, sino crótalos normales que se cobijaban bajo la roca y que habían acudido atraídas por el fuego. Quizás no estaban interesadas en ella… quizás se habían saciado en el pobre Walker. ¿Dónde estarían ahora? ¿Se habrían ido? ¿Muertas por el fuego? ¿Aún reptando sobre el postrado cadáver de su víctima? El reloj sonaba, y los distantes tambores atronaban.

 

Ante el pensamiento del cuerpo de su esposo yaciendo allí en la oscuridad como la pez, un escalofrío de puro horror físico sumió a Audrey. ¡Aquella historia de Sally Compton sobre aquel hombre, allá en el condado Scott! Él también había sido picado por todo un grupo de serpientes de cascabel, ¿y qué le había ocurrido? El veneno había podrido la carne e hinchado todo el cuerpo, hasta que por fin la inflada cosa había estallado de forma horrible… un horrible estallido con un detestable sonido de taponazo ¿Qué estaba sucediendo con Walker en el suelo de piedra? Instintivamente, sintió que había comenzado a escuchar algo demasiado terrible Incluso para insinuárselo a sí misma.

 

El reloj seguía sonando como un burlón y sardónico compás para los lejanos tamborileos que el viento nocturno acarreaba; Deseó que fuera un reloj de esfera luminosa para poder saber cuánto duraba ya aquella espantosa vigilia.

 

Maldijo su propia entereza, que le impedía desvanecerse, y se preguntó qué clase de alivio traería el alba, después de todo. Quizás algún vecino podría pasar… sin duda alguien llamaría… ¿La encontrarían aún cuerda? ¿Estaba aún cuerda?

 

Escuchando morbosamente, Audrey se percató repentinamente de algo que tuvo que verificar con mucho esfuerzo de su voluntad antes de creer en ello y una vez que se cercioró, no supo si darle la bienvenida o espantarse. El distante batir de los tam-tam indios había cesado. Siempre le habían enloquecido…

 

¿Pero, no los veía Walker como una salvaguardia contra la maldad indescriptible del universo exterior? ¿Qué era aquello que repetía en susurros tras hablar con Águila Gris y los hombres-medicina de los wichitas?

 

¡Después de todo, no debía alegrarse de este nuevo y repentino silencio! Había algo siniestro en ese hecho. El ruidoso sonido del despertador parecía anormal en este nuevo silencio. Capaz por fin de movimientos conscientes, apartó las sábanas de su rostro y miró, en la oscuridad, hacia la ventana. Debía haber clareado tras la salida de la luna, porque distinguió la abertura rectangular perfilada contra el telón de las estrellas.

 

Entonces, sin previo aviso, llegó el impactante, enloquecedor sonido… ¡Puaf!… ese opaco, pútrido plof de piel rasgada y veneno fluyendo en la oscuridad.

 

¡Dios!… la historia de Sally… ese obsceno hedor, ¡y ese silencio que la crispaba y laceraba! Fue demasiado. Las cadenas del mutismo cedieron y la noche negra retumbó, reverberando con los gritos de puro terror desatado de Audrey.

 

La consciencia no desapareció con el impacto. ¡Cuán misericordioso hubiera sido! Entre los ecos de sus alaridos, Audrey aún vio el rectángulo salpicado de estrellas de la ventana de enfrente y escuchó el estremecedor sonido de aquel espantoso reloj. ¿Oía alguna otra cosa? ¿Era el hueco de la ventana un rectángulo perfecto? No estaba en condiciones de sopesar la evidencia de sus sentidos o distinguir los hechos de las alucinaciones.

 

No… Aquella ventana no era un rectángulo perfecto. Algo parecía invadir el borde inferior. El tic-tac del reloj no era el único sonido en la habitación. Había, más allá de cualquier duda, una pesada respiración aparte de la suya o la del pobre Lobo. Lobo dormía muy silenciosamente, y su jadeo de vigilia era inconfundible.

 

Entonces, Audrey distinguió contra las estrellas la negra, demoníaca silueta de algo antropoide… el ondulante bulto de una gigantesca cabeza y espalda inclinándose lentamente hacia ella.

 

— ¡Yaaaah! ¡Yaaaaah! ¡Vete! ¡Vete! ¡Márchate, diablo serpiente! ¡Vete, Yig! No quería matarlos… tenía miedo de que le asustaran. ¡No, Yig, no! No volveré a hacer daño a tus hijos… no te acerques… ¡No me conviertas en una serpiente moteada!

 

Pero los deformes, cabeza y hombros, tan sólo se aproximaron a la cama, muy silenciosamente.

 

Todo se rompió de repente en la cabeza de Audrey y, en un instante, la chica acobardada se convirtió en una demente enfurecida. Sabía dónde estaba el hacha… colgada del muro en su asidero, cerca de la linterna. Estaba dentro de su alcance y pudo encontrarla en la oscuridad. Antes de percatarse de nada más, ésta estaba en sus manos y ella se arrastraba hacia los pies de la cama… hacia la monstruosa cabeza y hombros que a cada momento estaban más cerca.

 

De haber habido alguna luz, la expresión de su rostro no hubiera sido muy agradable de contemplar.

 

¡Toma esto! ¡Y esto y esto y esto!

 

Ahora ella estaba riendo estridentemente, y sus cacareos subían de tono mientras veía que la luz de las estrellas más allá de la ventana estaba difuminándose en la tenue palidez que anunciaba la próxima aurora.

 

El doctor McNeill enjugó el sudor de su frente y volvió a colocarse las gafas.

 

Aguardé a que continuara y, como guardaba silencio, hablé suavemente;

 

— ¿Sobrevivió? ¿Fue encontrada? ¿Se explicó alguna vez?

 

El doctor aclaró su garganta.

 

— Sí… sobrevivió de alguna forma. Y todo quedó explicado. Le digo que no fue cosa de brujas… sólo un cruel horror, digno de piedad material.

 

Fue Sally Compton quien hizo el descubrimiento. Acudió a la cabaña de los Davis la tarde siguiente para hablar sobre la fiesta con Audrey, y no vio humo en la chimenea. Aquello era extraño. Volvía a hacer calor, pero Audrey normalmente estaba cocinando a esa hora Las mulas estaban haciendo ruidos hambrientos en el establo, y no había señal del viejo Lobo tomando el sol en su acostumbrado sitio de la pueda.

 

En conjunto, a Sally no le gustó el lugar, por lo que sólo tímida y vacilantemente descabalgó y llamó a la puerta. No obtuvo respuesta, pero aguardo algún tiempo antes de empujar las rústicas puertas de agrietados troncos. El cerrojo, según parece, estaba destrabado, y lentas mente empujó. Entonces, descubriendo lo que había allí, retrocedió tambaleándose, boqueó y se asió a la jamba en busca de equilibrio.

 

Un terrible hedor surgió cuando abrió la puerta, pero eso no fue lo que la anonadó.

 

Ya que en el interior de la ensombrecida cabaña habían ocurrido sucesos monstruosos y tres estremecedores objetos yacían en el suelo para espanto y desconcierto de la observadora.

 

Cerca del apagado hogar estaba el gran perro… decadencia púrpura de la piel desnudada por la sarna y la vejez, con el pellejo entero reventado por efecto del veneno de serpiente de cascabel. Debía haber sido picado por una verdadera legión de reptiles.

 

A la derecha de la puerta estaban los restos descuartizados a hachazos de lo que friera un hombre… vestido con un camisón y con el quebrado armazón de una linterna en la mano. Carecía por completo de picaduras de serpiente. Cerca de él estaba la ensangrentada hacha, dejada caer descuidadamente.

 

Y, retorciéndose en el suelo, había un ser espantoso de ojos vacíos que una vez fuera una mujer, pero que ya sólo era una muda y enloquecida caricatura.

 

Todo lo que este ser hacía era silbar, silbar y silbar.

 

Tanto el doctor como yo nos enjugamos gotas frías de nuestras frentes en este momento. Sirvió algo de un frasco que había en su escritorio, dio un trago y me tendió otro vaso. Tan sólo pude sugerir temblorosa y estúpidamente:

 

—Así pues, Walker sólo se había desmayado al principio… los gritos le revivieron, ¿y el hacha hizo el resto?

 

— Si — la voz del doctor McNeill era baja—. Pero encontró de todos modos la muerte por culpa de las serpientes. Fue su propio miedo trabajando de dos formas… le hizo desmayarse, y le hizo colmar a su mujer con las salvajes historias que la enloquecieron cuando pensó estar viendo al demonio-serpiente.

 

Reflexioné durante un instante.

 

— Y Audrey… ¿no es extraño como parece haber obrado sobre ella la maldición de Yig? Supongo que la impresión de serpientes sibilantes ha calado muy hondo en ella.

 

— Sí. Pronunciaba palabras lúcidas al principio, pero se hicieron progresivamente más escasas. Su pelo se volvió blanco hasta las raíces, y más tarde lo perdió. La piel se fue llenando de motas y cuando murió…

 

Le interrumpí sobresaltado.

 

— ¿Muerta? Entonces, ¿qué era esa… esa cosa de abajo?

 

McNeill habló gravemente.

 

— Eso es lo que nació nueve meses después. Había tres más, dos eran aún peores, pero éste es el único que ha sobrevivido.

1 julio, 2010 Posted by | HP Lovecraft | , , , , , | Comentarios desactivados en 1928 – La Maldición de Yig (colaboración con Zealia Bishop) “HP Lovecraft”